Rumbo a la ¿Asamblea del PRI?

Soy parte de una generación que tiene la convicción en darle una nueva época al partido que guió el siglo XX mexicano. Una época que antes de la victoria del PRI en el 2012, muchos de mi generación durante dos sexenios luchó para imprimirle contenido y discusión al priismo, más allá de ganar elecciones estatales y regresar al gobierno con el actual mandatario (que no es motivo de orgullo el lucro político con los desposeídos o que el partido simplemente no exista en los grupos de la sociedad más preparada). El resultado, en la antesala de la elección del 2018; un partido como archipiélago, sin alma ideológica, contaminado por la peligrosa conexión de política con el poder, aquella perversión que criticaba Reyes Heroles, un partido que perdió la brújula y es huérfano de responder ¿para que queremos el poder?. Un partido que abandonó a miles de cuadros jóvenes profesionales en diversas temáticas para sostener una alta burocracia proveniente de las antípodas del priismo con lealtades al PAN. En ese laberinto, fallaron los exponentes de la “renovación generacional” que por automático tuvieron altos cargos en el Congreso Federal o en gobiernos estatales. Al escándalo y al oprobio de la corrupción e impunidad, el PRI secuestrado por la facción en el poder, cerró la inclusión y en una frase parroquiana del café, uno de los suyos, confunde disciplina con complacencia, debate constructivo con un dardo envenenado al grupúsculo de la dirigencia o  el silencio con un mandato ciego de unidad.

Como todo partido grande, en el PRI hay batallas interiores que son muestra de que es un organismo vivo e incluyente, más no puede soportar una unidad ficticia de la mano de incongruencias ideológicas o de búsqueda de impunidades de algunos. Los priistas jóvenes no somos hijos de la derrota, velamos por más que una elección, velamos por la reconquista profesional de la política, del valor de lo público, del freno a los poderes fácticos, de reconquistar un rumbo con genes de Estado y no de momentos coyunturales, de tener una ética pública como movilizador y norma, no como anhelo o excepción, de reconstruir una política exterior no como residuo histórico sino como plataforma para ser más libres, genuinos actores en la globalización y más en momentos de definiciones históricas frente al fascismo que representa quien comanda el gobierno en el vecino del norte. El PRI se juega más que el 2018, se juega su futuro y la capacidad de ser el partido del siglo XXI, por ello, que el debate cobre cauce en esta oportunidad que puede ser la última para miles de priistas. Los futuros están a prueba y si la simulación gana, sin cortapisas, se dirá: adiós al partido, nunca a la revolución.

Juan-Pablo Calderón Patiño