La Biblia y la preeminencia del amor

Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. 1 Corintios 13:1

El amor, podemos considerarlo así, es una especie de motor que mueve a los hombres, sino tenemos tan bella y sublime cualidad, simplemente estamos vacíos.

En sí mismo, las ordenanzas del Señor son un acto de amor y la mejor y excelsa forma en que nos lo ha demostrado, es que mandó a su hijo unigénito, Jesucristo, a ser sacrificado en la cruz, para redimir a los hombres del pecado que inició con la desobediencia de Adán.

Sobre este maravilloso punto, Mateo 20:28 nos da una magnifica  explicación: “como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”.

¿Podemos encontrar una mayor demostración de amor por parte de Jehová para con nosotros sus hijos?

Así pues, el ejemplo del Todopoderoso es irrefutable y la manera en que podemos alabarlo, es buscar todos los días aplicar sus Leyes, las cuales están plasmadas en las Sagradas Escrituras, que no debemos olvidar, son palabra de Dios.

En este contexto, ya que la tradición terrenal indica que el 14 de Febrero se celebra el día del Amor y la Amistad, me permito someter a la consideración de quienes tengan a bien leer esta humilde reflexión, parte de lo que nos refiere 1 Corintios 13 sobre tan trascendente tema.

La intención, es que vayamos más allá de mandar a las amistades una cadena por las redes sociales con una bella imagen o que nos quedemos en el simple hecho, de invitar a nuestra amada mujer a degustar una opípara comida en algún comedero de moda.

Nos dice el mencionado capítulo 1 Corintios 13  en sus versículos 1-8:

“Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.

Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.

Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;

No hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;

No se goza de la injusticia, más se goza de la verdad.

Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará”.

Aunque he tenido la oportunidad de leer estas palabras divinas en repetidas ocasiones, no deja de conmoverme su profundidad, su vigencia a pesar de haber sido reveladas hace varios cientos de años. Su ritmo es perfecto, sus conceptos irrebatibles, son una sinfonía literaria que nos produce emoción ilimitada.

Hermanos míos, Dios es amor y para que no duden jamás de esta aseveración, ponderen lo que nos dice 1 Juan 4:7-8: “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor”.

Creo que la enseñanza es más que clara, dejemos los aspectos frívolos del regalo y la felicitación superficial, busquemos aplicar en nuestra cotidianeidad, el ejemplo portentoso del Padre Celestial.

Me despido como siempre, sugiriéndoles con respeto, que estudien La Biblia. Gracias.