El esplín, la triste realidad priísta

El esplín, la triste realidad priísta

La triste realidad se les vino encima a priístas. De frente a una elección sin recursos y desde la oposición, de pronto se dieron cuenta que jamás supieron cómo es que ganaban.

Un añejo político me confió que los operadores electorales estaban incrustados en Palacio, que a los Secretarios se les encargaban varios distritos; a los Subsecretarios, algunos municipios; a los Directores Generales un municipio; a los Directores de Área varios seccionales; y así, para abajo, hasta que en el desmenuzamiento un empleado de medio pelo era el responsable directo de sacar adelante una casilla.

Los candidatos priístas en muchas ocasiones no eran conocidos y se dedicaban solamente a acudir a los eventos que los operadores políticos les armaban. Al final ganaban y hasta se sorprendían.

Hace algunos años, me contó el político entrevistado, cierto candidato del Norte tenía perdida la elección y una noche antes se sentó en el porche de su casa a beberse una botella entera de tequila para rumiar su suerte. Al otro día en las casillas comenzaron a fluir los votos y él ganó. Asombrado y todavía crudo le dijo al operador político enviado de Palacio: ¡Caray! ¡Jamás pensé que fuera yo tan popular!

Ese candidato no supo ni cómo ganó. Detrás de su triunfo estaba toda la maquinaria gubernamental.

Así ganaron durante décadas los priistas, asoleándose unos días, dándose baños de pueblo y sonriendo para las fotos, pensando en su inmensa mayoría que eran fantásticos y la solución del esplín del pueblo.

Me afirma el político entrado en años que durante el sexenio de Javier Duarte, dicha operación política se aceitó al grado de tener control no solo sobre cada uno de los seccionales, sino que había responsables hasta por cada cuadra, por cada calle y por cada rancho… todos, obviamente, enviados desde Palacio.

Me asegura también que en todas las elecciones Javier Duarte aplicó la Operación “Sumamos 10”, en todas menos en la última, acaso la más importante, la del 2016.

“Sumamos 10” me lo describe de la siguiente forma: los operadores políticos eran enviados a cada seccional. Allí dicho operador reclutaba a tres promotores del voto quienes eran los más beneficiados de los apoyos bajados del gobierno. Cada operador tenía que sumar a otros diez, y esos diez a otros diez. Una pirámide bien localizada, facilita y obvia si le pensamos tantitos, pero bien aceitada y que era movilizada el día de la elección retribuyendo en cuando menos trescientos votos (casi la mitad de los votos probables de una casilla).
Pero ahora, los candidatos a diputados federales y locales, no saben por dónde empezar. Salvo uno que otro con experiencia previa y con natural simpatía, la mayoría está perdido.
No hay ya el apoyo gubernamental. No hay ya los operadores políticos que los llevaban al triunfo. La realidad, la triste realidad, se les ha venido encima. No son ni fotogénicos, ni chispas, ni están destinados a sacar de la frustración y el esplín al pueblo. Son, muchos de ellos, simples ovejas enviadas al matadero en una campaña sin ánimo y sin esperanzas.
Pepe Yunes los levanta, los cobija bajo su manto y los empuja con su energía. Son momentos que ellos esperan para brillar aunque sea por un día.

Pepe Yunes recorre los municipios veracruzanos y levanta multitudes, las últimas fotografías de sus eventos así lo demuestran. Pepe, el más preparado para gobernar; Pepe, al que no se le achaca nada salvo culpas ajenas; Pepe, el caballero de la política que se ha echado a cuestas la elección; Pepe, quien sí sabe cómo se ganan las elecciones en el nuevo milenio, con propuestas, con trayectoria, con sinceridad.

El PRI y sus candidatos jamás le entendieron. La inmensa mayoría llegó a una curul o a un puesto porque el gobernante en turno así lo quería. Y la inmensa mayoría se mareó y pensó que una brillante luz emanaba de ellos mismos. No son ahora más que rocas inertes y opacas.

Jamás le entendieron, y muchos siguen sin entenderle. Ahora se sientan a llorar en las banquetas en sus recorridos marcados con su propio esplín: la melancolía de aquellos buenos tiempos.

@atticuss1910
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