Cañaveral

encuentro entre las nubes viajeras del Golfo y las faldas de la sierra agreste y desaante. A veces nos detenemos en los caminos y hacemos una pausa desde un punto que creemos es jo para que nuestra mirada devore hasta el último suspiro del horizonte. Otras veces el juego se interrumpe y en el cielo aparece una multitud de siluetas carbonizadas que caen en la antípoda de una nevada del Norte, parece que el sol deja caer sus achicharrados rayos sobre nosotros. Están quemando caña, el cañaveral que parece eterno nos puede nublar la vista o en temporada de or de caña, como el ron de la patria nicaragüense, deleita descifrar el beso del viento con el roce de la oración. Así crecimos muchos, entre cañaverales y sus ingenios, entre cafetales y sus benecios, entre el platanar, naranjal y piñal y sus empacadoras. Entre la tierra que regala parte de los postres de la vida, pero que también aporta su vistas de encanto, el enorme cañaveral y sus quemas, tiene un nudo de laberintos que con improvisados trenecitos y hombres y mujeres machete en mano en plena zafra, tienen una singular impronta. No es el jardín aristócrata inglés en el que en sus vericuetos se esconden los juegos. El cañaveral es dual, es dulce, pero agreste, bárbaro, pero también se convierte en bálsamo, tal su elixir de destilado puro. Que cada quien descifre el cañaveral, pero nadie negará esa belleza frente al paisaje del trópico. En el fondo, tal cual nave humeante, el ingenio es más que una unidad de producción, para muchos es la vida misma y para otros es la vida donde se agota entre el incandescente sol y el feudo que busca esconder “la rebelión contra los abusos”. Es pues, su otro lado, el macabro, el de la azúcar amarga que esconde las miles de varas de caña, explotación colonial y juego caciquil para un puñado. Mientras, preero quedarme con la esencia de ese paisaje rme y elocuente y más el de las tierras veracruzanas donde se funden los verdes más preciados, como esmeraldas en or permanente y como el cubo de mascabado que en periplo transcontinental aterriza en las tierras del viejo continente en vajilla de plata. Un cubano artista del pincel. Tomás Sanchéz, me descubrió en óleo el trópico antillano, pero la mano del veracruzano Gerardo Vargas Frías, el “vinagrillo Nigromante”, nos redescubre otro cañaveral de profunda onda poética y de un trazo navegante que sabe hacer arte. En ese mérito, en el de sus reales artistas, Veracruz puede decir al mundo: ¡presente!