Trópico
En el trópico la melancolía, humedal del alma en fiesta, es casi perpetua y ajena a la solemnidad que persiguen cosechar los que en visitan latitudes frías que sin convencerse que su aventura es un frágil caparazón terminan a la larga entonando un son.
Ya en el río caudaloso cercano al océano, venturosa brisa de salina próxima, se navega siempre flanqueado entre el desfile de aves que pintan el cielo con plumas de colores vivos. En correspondencia con ese vuelo, aparecen en el río cardúmenes que navegan sin aparente rumbo, pero al final, ave y pez, recuerdan que la soledad no puede existir en el trópico. Animado concierto de sonidos de la fauna que se desliza en liana o vuela en formación exacta, las notas del Balajú riman sin encontrar desvarío.
Así es el trópico que amerita la guayabera en la plaza junto a un ron que es capaz de reventar el desánimo ya enclaustrado en el pasado porque en latitud tropical, residencia de aromas que se trasladan en suspiros por doquier, es el único lugar donde se danza con el corazón en sudor.
