A las doce en punto mi alma es libre,
Y me devuelves a casa, donde te emerges silenciosa,
Donde la noche, las estrellas, el sueño y la luna,
Son para nosotros el pretexto necesario para hacernos el amor.
El día pasa y no me abandonas,
El recuerdo de la perfecta sinfonía que es tu cuerpo,
Se dibuja en mi mente y me obliga a callar el silencio de mi cama.
Entonces ya no paso a ser yo, si no el instinto en mi,
El más básico de ellos, el que ansia dominar, poseer,
El que suplicaba que dieran las doce en punto para amarte.
Tengo presente aquella iglesia abandonada,
Aquella donde quedaron los vestigios de neutro primer encuentro,
Donde nos miramos con una pasión capaz de hacernos olvidar todo alrededor,
Donde nos supimos enamorados eternamente.
Te amo, todo el tiempo te amo, eres una necesidad imperiosa,
Lo se porque no eres un recuerdo en mi mente o una marca en mi piel,
Lo se porque no es algo, es todo. Son los besos, los abrazos,
Nuestros cuerpos juntos, las palabras, incluso
Las noches vacías por tu ausencia.
Estoy cansado, quiero mirar tu hermosura una vez más,
Quiero leerte por las mañanas,
Decirte que jamás había experimentado un amor tan dulce,
Y que en estos últimos días es lo que me ha mantenido fuerte.
El reloj avanza y se que pronto llegará la hora,
Una calma absoluta se apodera del lugar,
Ven a mi, amada mía. Ven a mi, mi amor eterno,
Cuanto te echado de menos, déjame abandonarme en tu calor.
Déjame abandonarme en ti, que todo va acabar justo a las doce en punto.
Sobre el Autor:
Adrián Celis
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