Democracia y elecciones

El cuerpo ya no palidece, la ausencia del color que marca la salud desapareció. La temperatura mínima que lo conservaría con signos vitales está en intervalos, pero el estertor continua, es prolongado y desafina cualquier porvenir encareciendo esa transición que parece diabólica. Antonio Gramsci identificaba desde su celda, otro congelador del alma,  ese interregno en el que no existe peor momento porque no muere lo que debe de morir y no nace aún lo que debe nacer. En ese trance viene el oxígeno en caravana electoral, sus operadores salen de sus trincheras a tapizar cualquier paisaje invadiéndolo de consignas huecas y de sonrisas forzadas, casi todas, trabajadas con dosis de paciencia por fotógrafos y maquillistas. Irónicamente los presentadores de rostros se quedan cortos ante quienes los contrataron y maquillan a diario la invención griega de la democracia. No se maquilla el rostro de una estrella ni de la soprano que interpretará Madame Butterfly, en el fondo la suma de tóxicos se condensa en una metástasis hasta llegar a darle buen rostro, al menos presentable después del crimen, a la democracia cadáver que ilustra Luciano Canfora.

La democracia tiene una crisis tan grande que se perdió la frontera entre ser camino o destino. Parece que las células cancerígenas empujan al camino autoritario, a la democracia disfrazada. Emularla de dientes para fuera es de enorme congruencia para los que la proclaman sin distinción entre gobernados ni gobernantes. En ese trance la democracia sin demócratas como recordaba Aguilar Camín, tiene un abismo, un hoyo negro, una laberinto sin salida y un grito que aturde esa pieza hija del Leviatán que nombran gobernabilidad, a secas.

Es tal la crisis y el abuso de las formas democráticas que una pésima muestra lo representa la vida interna de los congresos, la estructura democrática representativa y depositaria de lo que debería ser pluralidad y no carnaval de mal llamadas ideologías o visiones de nación. Concediendo un espacio de razón a Daniel Bell que habló en las antípodas de la Guerra Fría que llegaría el fin de las ideologías… ni siquiera las ofertas de los intermediarios por naturaleza entre ciudadanía y poder, los partidos políticos,  pueden articular un mínimo programa de trabajo que tenga tres virtudes: la primera, que juegue en el territorio del juego democrático reconociendo reglas, faltas y oportunidades; la segunda, un programa incluyente, con sentido realista para despejar ortodoxias y dogmas, pero sobretodo para no encasillar las obligaciones del gobierno democrático como oferta de campaña y la tercera: la virtud de saber diferenciar como opción política del otro.

Muchos hablan de que el problema de la alicaída confianza en el parlamento se resuelven con formas gerenciales como esa expresión que no dice nada pero pretende resolverlo todo; la reingeniería institucional… Antes de ponerle más ventanas, escaleras y fachada agradable a la casa parlamentaria, se debe revisar los cimientos que descansan en que figuras mandan los partidos a la curul. De otra manera se alejará la convicción weberiana de contar con políticos de vocación y no de ocasión, abuso enmarcado por el exceso de pragmatismo, una de esas células cancerígenas del tejido democrático.

La democracia como ruta ha perdido una de sus mayores virtudes que es la de ser caja de resonancia y procesamiento de las demandas, reclamos y hasta sueños del mosaico que es una sociedad. El input y output que ilustra David Easton en su radiografía teórica de un sistema político cojea en el caso mexicano y sin temor la perversa capa de la simulación hace como que hace algo para que al final no pase nada. Para muestra se necesita ver la gaceta parlamentaria y su elenco de enumeraciones de instrumentos parlamentarios casi confesionales y nada más. Las declaraciones y volúmenes de cientos de hojas al vacío que hace el Ejecutivo, otra muestra de la bitácora de acciones que no se entienden que las inspira, fundamenta o que dirección mantienen.

La incapacidad política para resolver y procesar demandas y la terrible muestra de pretender arreglar todo por decreto, exhiben la orfandad para articular causas y programas. En ese camino sinuoso encontramos un confeti provinciano de causas pérdidas, difusas y clientelares de las muchas naciones, regiones y pseudo repúblicas que habitamos.

La peligrosa militarización de la seguridad pública, donde el General Secretario otorga la venia al alcalde o gobernador para nombrar secretarios de seguridad pública ante el desgaste de la policía; el valor derruido de la meritocracia para privilegiar la dinastía de apellidos, control territorial,  partidario y de casta; hasta la poca capacidad de la estructura gubernamental para procesar casos de corrupción que debieran de señalarse en el país y no desde los tribunales o periódicos del exterior, están en coma y aceleran la metástasis democrática.

Robert Dahl, uno de los pocos politólogos en toda la expresión, señalaba que el control de esas variantes eran condiciones esenciales para la democracia. Sin el control del poder militar y de la policía por parte de cargos electos civiles, sin la afirmación de los valores democráticos y cultura política junto a la inexistencia de un control exterior hostil a la democracia, no habría oportunidad de hablar de democracia. Si sumamos que el mismo estudioso del poder establecía que una moderna economía de mercado, una sociedad moderna y el débil pluralismo subcultural, son condiciones favorables para la democracia, no podremos ser optimistas en el corto y mediano plazo del futuro mexicano. El tan mentado “capitalismo de cuates” y la política de baja escala compuesta por un sin fin de facciones en un debilitado sistema de partidos no incluyente, son los emblemas de la metástasis democrática que corroe y demuestra que es imposible seguir maquillando al cadáver. El nuevo cuerpo democrático, de todos y de los que vienen, tampoco ha llegado… urge construirlo para retomar confianza e inclusión de todos los que buscan ser congruentes como demócratas.

 

Juan-Pablo Calderón Patiño