La Confusión de la Izquierda

La izquierda de partidos en México –y creo que podría extenderlo a gran parte de América Latina–, está siendo víctima de su propia confusión, de no avanzar en los términos en los que el mundo se mueve y pasa por un caos ideológico que, irónicamente, la ha vuelto antidemocrática (los ejemplos de Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y los intentos de una perpetuidad a plazos tanto en Argentina como en Nicaragua, dan muestras de ello).

No pocos fuimos los que testificamos y celebramos in situ el derrocamiento de una dictadura en Nicaragua y azorados (y claro, desilusionados), vemos como algunos líderes de ese movimiento ahora buscan la perennidad que combatieron. Pareciera que es mayor la tentación a perpetuarse que a aplicar los cambios prometidos.

En México, hay una enorme confusión provocada por quienes, desde la política, se han autoproclamado de izquierda creando paradigmas completamente erróneos, me explico:

La formación cívica en nuestro país (emanada de un extraño concepto de “Revolución” –la mexicana–), ha sido propuesta no con una ideología de izquierda sino con un llamado “nacionalismo revolucionario”, que podría eventualmente conectarse con una percepción de izquierda pero que –definitivamente y yendo más al fondo de esa idea–, alienta una cultura terriblemente conservadora y en muchos sentidos reaccionaria.

Sería contradictorio asociar cualquier discurso nacionalista con una tradición de izquierda (aquí es inevitable pensar en Mussolini y Hitler). Ahora, con respecto al discurso revolucionario, que sí tendría una obvia afinidad, éste se encuentra varado por las diferentes formas de ver esta ideología que nada tienen que ver con el ritmo de los tiempos aunque esto dé pauta para decir una obviedad: hay tantas autodenominadas izquierdas en nuestro país que lo que podría juzgarse es cuál de ellas puede insertarse en el mundo actual. Esa realidad no permite romanticismos inviables ni nostalgias de lo absurdo.

La izquierda –por definición también–, debe buscar la veracidad sobre toda realidad y no tratar de engañar prometiendo paraísos que nunca fueron posibles y que se han ido cayendo llevando consigo miseria, represión y haciendo evidentes los peores lastres sociales. Parte de incentivar la justicia social que persigue esta ideología es precisamente fomentar nuevas ideas para alcanzarla.

Sin embargo y en buena medida debido a tanta infiltración de tránsfugas del sistema madre de la política mexicana, la izquierda en nuestro país (en términos muy generales), está atrapada en una cultura y una ideología que conjuga elementos del autoritarismo con argumentos octogenarios que no acaba de resolver.

Por un lado, la izquierda (de ahí su falta de revisión y autocrítica), se sigue viendo a sí misma como orgullosa oposición, cuando también es gobierno desde hace 18 años. Nunca la izquierda mexicana había tenido tanta presencia en los poderes de la República como el día de hoy. La izquierda (cuando menos la indefinida, la de partidos) está en las instituciones del Estado pero se sigue diciendo a sí misma que el Estado es el Ejecutivo, y que mientras no consiga la presidencia sigue creyendo que no tiene nada. Eso no sólo la paraliza sino que termina por paralizar al país completo. Sigue culpando de crímenes al Estado, cuando forma parte innegable del mismo.

Su obsesión por identificarse con los más añejos símbolos de la historia oficial raya en lo absurdo pues las decisiones más importantes, aquellas que pueden definir el futuro de generaciones, las siguen sustentando en decisiones que respondieron a contextos muy particulares que ya nada tienen que ver con la época que nos está tocando vivir. Por eso es que la izquierda de partidos resulta una fuerza política que se ancla para oponerse al cambio creyendo que la negativa a todo lo que venga del gobierno es una alternativa real de transformación.

En ese sentido, debe reivindicar una práctica que nadie mejor que la izquierda puede reclamar como propia: el ejercicio de la razón y de la deliberación. Desde la izquierda es necesario recuperar también el sustento y la construcción de la democracia liberal y un imprescindible anhelo de modernización. Algo con lo que sus cabezas visibles parecen estar peleadas.

La izquierda que por tradición ha tenido ideólogos, hoy no tiene intelectuales que le den sustento al debate sobre el rumbo que debe tomar. López Obrador (por hablar sólo de una personificación que acumula un número importante de votos), vuelve explícita la desnudez cultural y la inmadurez civil de esa izquierda que no deja de ser clientelar.

Por su parte, si el PRD se dice izquierda debe aprender a vivir en el presente y el presente necesita ser interpretado. Debe definirle a la ciudadanía cuál es su concepto de izquierda (de así serlo), y si este se ajusta a las necesidades de un país que necesita premiar la productividad, no castigarla. Los intelectuales sirven (al menos desde mi perspectiva) para reconocer dónde están los problemas, a revisar los errores del pasado con verdadero sentido autocrítico y a proponer opciones. La actividad intelectual no ensalza, cuestiona.

En México, López Obrador junto con gran parte de la izquierda partidista –sin reflexión de por medio y sin rubor–, ha hecho suyas las ideas de un populismo conservador y siempre ha enarbolado las banderas del más añejo nacionalismo priísta. No sorprende que venga ahora desde el mismo PRI la alerta sobre él, como quien alerta sobre las actividades de un hijo adolescente.

López Obrador ha logrado lo que el PRI nunca logró: desbaratar a la izquierda de partidos, polarizar a la sociedad y nunca llegar a ser una oposición inteligente. Es el turno del PRD de recomponerlo todo.

Nos leemos la próxima semana.

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Manuel Moreno. @ManuelMR Periodista, comunicólogo, conferencista. Escribe la columna "Didascalia" para la versión impresa de Merca2.0 memorabilia-mmoreno.blogspot.mx