Freud utilizaba –dentro de ese contexto–, el concepto de “verdad histórica” para referirse a la existencia de un acontecimientos traumático, un “suceso” (así lo escribe), que tiende a ser desplazado por un deseo opuesto –antitético–, tal como sucede con algunas leyendas nacionales, cuyo objetivo es camuflar las miserias inconfesables de las grandes familias, de los pueblos, las naciones y de todos sus líderes. Sigmund Freud empleaba ya, desde entonces, la “verdad histórica” para referirse tanto a lo individual como a lo colectivo.
Tiempo después, este concepto aparece nuevamente en “El Porvenir de una Ilusión” (1927), donde aparece situado en el extremo opuesto de una construcción racional. Freud introduce allí la temática de la “verdad histórica” con relación al fenómeno de las creencias religiosas, apuntando que los dogmas de fe nos transmiten la verdad histórica de los preceptos culturales aunque deformada y disfrazada a conveniencia.
Sin embargo es hasta el ensayo de “Moisés y la Religión Monoteísta” (1938), donde se introduce de manera más precisa el concepto aludido. Ahí nos explica que la verdad histórica no debe confundirse ni con las verdades materiales ni con las verdades eternas: es un proceso de interrogación que supone “la apertura de una herida en el cuerpo imaginario de la certeza”.
Siendo el planteamiento general de Freud –con respecto a este concepto–, un análisis del sacrificio de la figura paterna en torno toda la simbología de la religión judeocristiana (y de todas las leyes –religiosas y laicas– que de ella devienen), no resulta extraño relacionarlo con esa repetición en la figura que hace del padre el propio psicoanálisis, al referirse al gobierno (Tótem y Tabú, 1913).
En esta última, Freud explica que el padre primario (de haber una clara concepción de lo que es esto), puede entenderse mediante el mito de aquel padre violento y egoísta que guardaba para sí a todas las mujeres y que desterraba de sus dominios a sus hijos, a medida que estos crecían y comenzaban a representar un peligro para el poder que ejercía.
Estos hijos eran subordinados a un mandato que no admitía cuestionamientos y que sometía a todos en forma individual pero que colectivamente, unidos y solidarizados, podrían formar una fuerza que iría en contra del sojuzgamiento del progenitor. El padre teme a la unión de los hijos. Hasta aquí Freud.
En todos nuestros gobiernos (ni el portavoz ni la época importan, en el caso que ocupa tocó en casualidad hacerlo a Murillo Karam como procurador), hay muchas verdades históricas. Me explico:
Son esa búsqueda incesante por encontrarle el mejor disfraz a esas miserias –la gran mayoría inconfesables–, que como sociedad padecemos y que, provocadas por el propio gobierno o no, nos tienen por lo menos en zozobra. A todos nuestros gobiernos (de cualquier color) les encanta asumir posturas, pero no les gusta asumir consecuencias. Como los padres, nos ocultan la verdad para justificarse y en mucho menor medida, para lo que suponen un aislamiento.
George F. Kennan, embajador de Estados Unidos ante varios países del Este de Europa en plena Guerra Fría, desarrolló el concepto de “Mentira Necesaria” como un instrumento indispensable de las relaciones de Estados Unidos en la postguerra. Kennan justificaba la utilización de cualquier tipo de discurso (sin importar la cantidad de imprecisiones que tuviera), con tal de conseguir una ventaja diplomática para la unión americana.
En política interior, la frase insignia de Nicolás Maquiavelo le da un guiño a la mentira para formar parte de los medios que justifiquen los fines.
Las verdades históricas pueden ser inicuas e inocuas. Pueden ser indignantes y francamente descaradas. Pueden denotar ambición o cobardía. Todas tienen, irremediablemente, tintes de verdad para buscar esa credibilidad que siempre se les niega. Todas buscan, no obstante, justificación y supervivencia.
No hay gobierno que no oculte una gran mentira. Desde los abiertamente antidemocráticos de derecha o izquierda hasta los que creen que la democracia es la que los purifica, pasando por aquellos que están aprendiendo a ajustar la voluntad popular a como mejor convenga a las tradiciones políticas –todos–, lo hacen. Eso no justifica su vileza.
Bien les viene la frase de San Agustín que dice que quienes no quieren ser vencidos por la verdad, al final son vencidos por el error. La historia los termina por juzgar.
Cuestionarlo todo, todo el tiempo, siempre será una buena posibilidad de vacuna.
Nos leemos la próxima semana.
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