El prestigio tiene ahora un significado positivo pues describe una determinada estima y una reputación obligadamente sólida. Algunas instituciones, empresas e incluso, algunos acontecimientos podrían ser descritos como prestigiosos, en cuyo caso vale la pena ser asociado con estos.
En las últimas semanas, queridos lectores, hemos visto un número importante de encuestas que, rumbo a la presidencia en 2018 (preferencias de momento, intenciones sobre lo que hay), nos señalan quienes son los personajes por quienes la gente votaría. Más allá de qué candidato vaya ganando –algo que desde luego nos debería importar a todos y a quienes deberíamos mantener muy bien vigilados–, habrá que observar el desempeño que a lo largo de estos seis meses (sobre todo), han tenido las casas encuestadoras que, ya sea pagadas por un medio o (algunas) pagadas por los contendientes, hacen un trabajo de demoscopia política que pretende medir las preferencias de los hipotéticos votantes. Nadie se juega su prestigio tan constantemente como estas empresas.
Cada (tres y) seis años ocurre lo mismo y después de cada cascada de encuestas –afortunadamente para los encuestadores–, al tiempo ya vamos olvidando quién o quiénes fueron los más acertados en pronosticar (finalmente la demoscopia se fundamenta en opiniones y aficiones y estas pueden o no cambiar constantemente) el resultado final de una elección intermedia o una elección presidencial. Nuestra memoria se vuelca más sobre los ganadores y perdedores de una elección que sobre quién pronosticó su triunfo o fracaso.
Independientemente de que el trabajo de una casa encuestadora radica en el estudio de las opiniones, aficiones y comportamiento humanos mediante encuestas y sondeos de opinión, es un hecho sabido que no todas trabajan con la misma metodología ni con el mismo universo (número y tipo de personas a encuestar); y tampoco importa mucho si todas estas empresas se ponen de acuerdo en ello o no, finalmente lo que importa es que su resultado tenga una utilidad: tanto en el caso de una encuesta para una marca o producto como para un partido político o candidato, que los estudios proporcionados con base en sus pronósticos lleven a tomar las decisiones adecuadas.
Por ello es que a lo largo de estos meses, encontramos resultados tan disímbolos en las encuestas de los futuros contendientes. Periódicos como Reforma, El Universal, Excélsior y Milenio, contratan a sus casas encuestadoras de confianza para darle a sus lectores un panorama que, a su parecer, es sólo informativo aunque en realidad se vuelven encuestas más compatibles con la tendencia editorial de dichos diarios; por otra parte tenemos empresas como Consulta Mitofsky, Demotecnia (de la entrañable y muy recordada María de las Heras), que privilegian la metodología por encima del contrato; otras como Covarrubias, BGC e Ipsos Bimsa, que igual aciertan en una elección y a la siguiente se desmoronan; y otras como ARCOP o Gabinete de Comunicación Estratégica que trabajan directamente con partidos políticos y asesoran en estrategias electorales.
Un fenómeno de percepción muy curioso es el efecto de transferencia de reputación que sufren estas encuestadoras dependiendo del candidato a quien favorezcan (voluntaria o involuntariamente), con sus resultados. Me explico:
Los detractores de Peña Nieto –de acuerdo con su percepción– vieron, durante la última elección presidencial, cómo “los priístas cuchareaban las encuestas” para beneficiar a su candidato y sólo hacían válidas aquellas encuestas que favorecieran a López Obrador o a Josefina Vázquez Mota, dependiendo de quién estuviera más cerca de su corazón (siempre he pensado que, al menos en nuestro país, las opiniones políticas de la mayoría de la gente son poco informadas y responden más a una cuestión visceral que razonada).
Por otra parte, aquellos que siempre estuvieron a favor del candidato del PRI, defendieron “a capa y espada” el gran prestigio de las casas encuestadoras que, como Mitofsky, se mantuvo dando más de diez puntos de ventaja a su candidato, aduciendo (aun sin saber algo al respecto) la seriedad de la metodología utilizada por estas casas, haciéndolo con un entusiasmo tal, que realmente parecía que sabían de lo que estaban hablando.
En la segunda parte del capítulo X de su Quijote, Cervantes nos vuelve a dar una lección entrañable (como todas las plagadas en el libro): “Dime con quién andas y decirte he quién eres” que después, la prosapia popular, cambió al refrán que ya conocemos y que bien aplica en la percepción de la gente con respecto a las encuestadoras.
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Nos leemos la próxima semana.
