La ideología de oídas

Más allá de que el cinismo sea su forma de honestidad (robándome la frase de Emile Cioran) y de no ser moralmente elegible para poner el dedo en “esa” llaga, Beltrones Rivera lo hizo. Cuando Beltrones insinuaba la flexibilidad ideológica de Acción Nacional y del PRD, seguramente se estaba mordiendo la lengua: esa indefinición es de todos y el PRI ha sido padre de esas posiciones pendulares que hicieron más de una debacle.

El problema no es la posibilidad de una alianza entre la democracia cristiana y la socialdemocracia (casos que parecen ser los del PAN y el PRD, en una definición sólo por tratar de clasificarlos), estas alianzas dan gobernabilidad a Alemania y la dieron a Italia y Chile en su momento –sólo por citar tres ejemplos–.
La crisis del Estado de Bienestar en prácticamente toda Europa, así como la necesidad de un relanzamiento del crecimiento económico, modernización y competitividad, la desigualdad, una inequidad manifiesta en todos los indicadores y una realidad de pobreza generalizada que golpea todos los días a Latinoamérica, han hecho necesarias alianzas que den posibilidades de expresión política a mayorías y minorías por igual.
Contrario a lo que se piensa, la Democracia Cristiana tiene un carácter más civil que religioso tanto en Europa como en América Latina –lo que facilitaría su encuentro con la Social Democracia–, y ello ayudaría a explicar el surgimiento de este nuevo tipo de coaliciones políticas; esto aunado a que existe un menor radicalismo ideológico entre estas corrientes, a la dinámica misma de la competencia electoral y a la existencia de ciertas coyunturas favorables como seguramente lo veremos en las próximas semanas en España para frenar el populismo de PODEMOS.

Beltrones no es tonto. Sabe que lo que se va a dar en Durango y Zacatecas en 2016 –con una nueva dirigencia perredista que ha estudiado mejor que él estos procesos–, y los que vendrán para 2017, podrían representar esa plataforma que –con hechos–, demostrara que sería totalmente posible ver una alianza entre esas dos corrientes ideológicas (llamarlas izquierda y derecha sólo por desdeñarlas, es sólo una manera simplista e ignorante de encasillarlas), para contender en 2018 con mucho éxito.

Si el votante promedio (aquellos que no podemos definir como clientela) ejerce su derecho más por lo que oye que se promete en campaña que por la definición ideológica del partido político de sus preferencias, una alianza de esta naturaleza podría darle la vuelta tanto al radicalismo como al individualismo mesiánico de todos tan temidos y podría quitarle al PRI y sus aliados por convención (Verde y Nueva Alianza), gobierno y representatividad.

No obstante, el verdadero problema de esta posible alianza sería la percepción que se fabricaría de ella y que de suya ya tienen las clientelas que sólo saben encasillar como izquierda o derecha al PRD y al PAN. Por ignorancia (siempre será más fácil seguir el cliché que ayudarse a pensar un poco), unos creerán que aliarse con Acción Nacional reducirá el avance que sobre derechos civiles e individuales se han logrado como el aborto, los matrimonios del mismo sexo o el debate sobre la marihuana (sólo por mencionar algunos); por su parte, los otros estarán seguros que coaligarse con el PRD traerán consigo re-nacionalizaciones, contrarreformas y un caos económico similar al de los doce años de gobierno de Echeverría y López Portillo.

Nada más lejos. Lo que estas alianzas han hecho en otros países demuestran lo opuesto a ese tipo de percepciones. De entrada, el cuidado y la disciplina con los indicadores macroeconómicos seguirían intactos pero con variaciones en el gasto destinado a políticas públicas de mayor proyección social. Podríamos ver una mayor inversión pública en sectores productivos no petrolizados y una tasa impositiva posiblemente más alta para algunos sectores, pero más equilibrada en lo general. Hay otro indicador que se ha dado en otros países que –aunque dudo–, espero se pudieran dar en este país con una alianza semejante: una vigilancia más estrecha a posibles actos de corrupción. Eso habría que esperarlo como un milagro pues en el ADN de nuestros partidos políticos, existe más la posibilidad de connivencia que de abierta inconformidad.

El rechazo que dice tener Beltrones al miedo que le provoca una alianza entre las dos fuerzas políticas más importantes del país (después del PRI, por supuesto), es de dientes para fuera –si no fuera así, ni siquiera lo hubiera mencionado¬–.

El cambio de dirigencias tanto en el PAN como en el PRD han abierto una puerta que hace más interesante la posibilidad de aliarse para contender por la presidencia en 2018, incluido el deber que tienen por afinar sus posiciones ideológicas sobre las bases fundacionales de sus respectivos partidos.

“De lo que tengo miedo es de tu miedo”, le dirían sus correligionarios (y Shakespeare prestando otra frase), a Manlio Fabio Beltrones.

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Nos leemos la próxima semana.