Receta para un Desastre

Sin embargo, el problema de Javier Duarte de Ochoa no sólo se circunscribe a su prácticamente nulo respeto por los derechos de terceros (especialmente si los terceros son críticos de su gestión como gobernador de Veracruz), su problema consiste en varios frentes que involucran perceptibles actos de corrupción –cuando menos de algunos miembros de su gabinete–, estancamiento económico del Estado y un endeudamiento público más escandaloso que los vistos en Coahuila, Estado de México o Jalisco.

Sólo para tener una idea, en 1993 Veracruz tenía una deuda prácticamente superior a los 348 millones de pesos. Diez años después, esa deuda pasó a casi tres mil millones y, hasta el año pasado, la cifra llegaba a más de 44 mil millones de pesos, que representaban aproximadamente la mitad de su presupuesto anual. Pero no acaba ahí. En octubre pasado, con la aprobación por parte de los legisladores del PRI, el Verde, Nueva Alianza y uno del PRD de un nuevo paquete de deuda pública por 21 mil 740 millones de pesos, el endeudamiento crecerá a 66 mil millones de pesos (Duarte recibió la entidad con una deuda de 17 mil 900 millones –la ha más que triplicado–).

Ya para terminar su sexenio, los deudores comienzan a reclamar justamente sus pagos: empresas de la construcción (que reclaman casi 900 millones); los acreedores relacionados con los Juegos Centroamericanos (el ADO quien rentó una flotilla de camiones y no se le ha pagado), y trabajadores y ex trabajadores que no cobraron sus quincenas son sólo unos de los muchos proveedores a los que se les solicitó un servicio y tienen meses y años de retraso en su pago.

Las deudas que Duarte va dejando en el camino son grandes e inexplicables. A la Universidad Veracruzana, por ejemplo, le adeuda más de dos mil millones de pesos de los cuales más de 400 millones son subsidios federales que el gobierno de Veracruz, simplemente, no le ha transferido a la Universidad.
Sólo por dar un parámetro, el endeudamiento que dejó Humberto Moreira en Coahuila representa menos de la mitad de lo que está dejando Duarte en Veracruz.

En ese sentido, Moreira alegaría un desconocimiento del área financiera como una boba explicación del por qué de su endeudamiento. Duarte no tendría esa excusa. Su antecesor, Fidel Herrera, lo llamaba JPMorgan por su conocimiento del área. De todos los gobernadores, al menos académicamente, sería el mejor preparado en la materia. Algo debe indicar eso y no precisamente algo muy bueno.

Ahora bien, ¿se tradujo esa deuda en productividad? No es así. Veracruz sólo ha podido crecer abajo del 1% ocupando el lugar 24 de entre todos los estados, incluido el Distrito Federal (próximamente Ciudad de México); de su meta de generar más de 18 mil empleos formales por trimestre, sólo ha generado 4 mil; los empleos informales crecieron en lugar de decrecer como era el objetivo; aumentaron los empleos en el sector público cuando lo que se pretendía era exactamente disminuirlos; y la desigualdad en el ingreso es prácticamente la misma.

Por su parte, los indicadores políticos medibles como son el estado de Derecho; los derechos políticos y libertades civiles; la libertad de prensa; la percepción de corrupción; la seguridad pública; la participación electoral y la satisfacción con el régimen, tampoco salen bien librados. Hay un visible descontento que permea a todos los sectores de la población.

Quien gane la elección el próximo mes de junio (en cualquier caso será un priísta –embozado o no–), tendrá muchos asuntos por resolver y pocos recursos para hacerlo. De entrada, deberá destinar más de 5,100 millones de pesos anuales para el pago de intereses y capital del endeudamiento y no tendrá la posibilidad de nuevos endeudamientos pues Duarte se encargó de reestructurar cuatro veces y generar fuertes pasivos y malos antecedentes con los acreedores.

Los problemas políticos que heredará quien gobierne serán sólo la cereza en ese pastel de lodo que deja Duarte. La receta para el desastre del Estado de Veracruz la siguió el actual gobernador al pie de la letra.

Sólo nos resta ver si la frase de Víctor Hugo sigue vigente: “Entre un gobierno que lo hace mal y un pueblo que lo consiente, hay cierta complicidad vergonzosa”. Veremos.

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Nos leemos la próxima semana.