No es un secreto que la Iglesia Católica mexicana ha fallado. Ha permanecido en un estado de confort que se ha reflejado en la poca atención pastoral que ha tenido con la población; se ha hecho evidente también con el gran divorcio entre una dinámica social que día a día construye una realidad diferente y cada vez más compleja, y un mensaje eclesiástico que se niega a abandonar un conservadurismo inútil. Los feligreses han encontrado en otras iglesias la percepción de que hay una mejor respuesta hacia su fe.
La llegada de Francisco a México responde en gran parte a eso. A poner orden, matizar el discurso y ponerse (aunque sea ligeramente) del lado de la gente en lo que a reclamo social sobre diferentes temas –los más elocuentes–, se refiere.
Los mensajes de Francisco en nuestro país han ido desde la reiteración a dejar la corrupción como una forma de vida, hasta decir que la juventud resulta el principal activo de México. En el Centro de Estudios Superiores de Ecatepec, el pasado domingo, criticó las tres tentaciones del católico: la Riqueza basada en el trabajo del otro; la Vanidad basada en el desprestigio de los que no son como uno; y el Orgullo, basado en cualquier tipo de superioridad.
Ayer en Chiapas expuso algo que muy pocos pueden reconocer porque un gran sector de la población prefiere llevarlo al terreno de la polémica antes que aceptarlo: la pobreza no sólo amenaza el estómago, sino que nos puede llevar por caminos de aparente solución que nada soluciona (léase: delinquir).
En Palacio Nacional, un día después de su llegada, fue claro: "La experiencia nos demuestra que cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos (…) la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo".
A los políticos ahí reunidos con sus familias (presuntamente católicos todos –de otro modo no se explicaría la petición de bendición que a coro le exigían–), les espetó: “A los dirigentes de la vida social, cultural y política les corresponde de modo especial trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino (…) ayudándolos a un acceso efectivo a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva, un ambiente sano y de paz”. No proponía igualdad en su discurso; proponía equidad.
El cristianismo podría ser algo bueno si se practicara, dijo en alguna ocasión George Bernard Shaw.
Educado por sus padres en el peronismo –el original, el que surge a partir de la Revolución del 43–, y profeso jesuita, Francisco ve a la justicia social como una aspiración cristiana; a final de cuentas, la Iglesia Católica abreva de la filosofía griega y el derecho romano para la conformación de sus preceptos más importantes. Sin embargo, lejos de ser un Papa progresista –de hecho, sólo lo parece–, es un Pontífice que busca la conciliación entre las diferentes posiciones de la Iglesia Católica. Por un lado busca revalorar la teología de la liberación pero únicamente para buscar unificar a la institución. Castiga y fustiga la pederastia dentro de la Iglesia, pero sólo trata de generar la percepción de que está castigando a los Legionarios de Cristo (se niega a hablar con las víctimas de violación), a sabiendas de que es difícil hacerlo por la cantidad de recursos económicos que proveen al Vaticano. No es que sea un simulador, lejos de eso. Parece hacerlo todo muy planeado, buscando en una primera etapa unificar para después restablecer un orden diferente en toda la Iglesia. Sin embargo, son tantos los intereses que es una tarea que probablemente no termine.
Parte de esa búsqueda por la unificación es la apertura. Los resultados como Pontífice le ayudarán a establecer esa gran reforma en una Iglesia que, pese a sus esfuerzos, no termina por quitarse la sombra de la corrupción. Esa apertura lo ha llevado, por ejemplo, a no seguir condenando a la comunidad homosexual, la que históricamente ha sido la más vulnerable y golpeada por la Iglesia Católica.
Hemingway decía que todo hombre racional es ateo. Ahora, de acuerdo con Francisco, también los ateos podemos ser buenos.
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Nos leemos la próxima semana.
