En los días soleados la iguana
se orea sobre la piedra.
En la rama verde hamaquea su cuerpo
como una ola y come las hojas
con devoción como si no quisiera
morirse de hambre.
La iguana camina elegantemente,
se contonea con su corona de espinas
sobre la espalda, atenta a los ruidos
que la rodean y si una sombra la espanta
corre a esconderse a su cueva.
En los días de lluvia la iguana
no sale de su escondite,
su sangre fría la hace temblar en la intemperie.
Dios bendijo a la iguana con una cola,
por eso siempre está sola.
Sobre el Autor:
Luis Gustavo Mendoza Villarreal.Facebook: Luis G. Mendoza Twitter: @luisgmendoza72
