(De la serie de entrevistas: Como mejor actor de reparto)
Mi ciudad está llena de vida, una vida que le rinde culto a la muerte todos los días, más aún en estos días de los Fieles Difuntos que acaban de pasar; por eso a propósito de esto me permitiré ofrecerles una entrevista que le hice un día a un enterrador.
Su rostro es como una máscara serena, su cuerpo correoso y curtido por muchos soles completan su cara de sacerdote prehispánico, su ropa es humilde, su voz pausada, cuesta trabajo adivinar su edad y su oficio es algo que no me gustaría hacer.
Antes de iniciar la entrevista estuve mucho rato observando su labor; con una parsimonia casi ritual limpió una pequeña área de terreno, le quitó la hierba, echó a un lado algunas piedras y empezó a cavar una tumba. Contrariamente a su compañero, que joven y poco discreto revoloteaba tierra silbando una tonadilla pegajosa, Don Rosendo López acusaba un gesto de sobria reflexión, como si entendiera que dentro de poco tiempo ese hoyo que abre en la tierra, será ocupado por alguien que asistirá a la última ceremonia formal de su paso por este mundo: su sepelio.
Tío “Chendo”, como le llaman sus compañeros, tiene casi 60 años. Mientras hace una pausa para tomar un respiro aprovecho para abordarlo y pedirle que me conceda unos minutos de su tiempo; me mira extrañado y después de volverle a explicar de qué se trata se aparta de su labor. Nos acomodamos en el quicio de una capilla llena de flores de plástico descoloridas y que parece un Partenón chiquito y comienza a contarme su vida.
Llegó muy joven a esta ciudad, con la misma historia bajo el brazo con la que viene la gente del campo que se aventura buscando una mejor vida. Igual que tantos que la han protagonizado, se ha tenido que ganar la vida como albañil, velador, estibador y hasta fue policía municipal alguna vez. En las vueltas que la ruleta de la vida da don Rosendo no supo ni cómo terminó haciendo lo que hace. Laboraba, hasta hace poco, para el Municipio, estuvo en varias administraciones haciendo casi de todo, intendencia, jardinería, alumbrado público, etcétera. “Ahora entierro gente.” Me dice como si ni él lo creyera.
“Al fin y al cabo es chamba.” Me expresa, mientras en su cara se dibuja algo que parece una sonrisa. “Pero cuesta trabajo acostumbrarse, al principio sentía bien feo, nomás la chilladera cuando empieza uno a aventar la tierra”; como si se esforzara por recordar, sus ojos buscan algo en la barda que rodea el panteón. “Luego hasta le piden a uno que no siga echando paladas, y es de entenderse, el dolor es canijo”; me mira como si buscara aprobación para sus palabras, yo asiento con la cabeza.
Al tiempo que nuestra plática continúa don Rosendo me va refiriendo anécdotas y vivencias, casi todas con un común denominador, el dolor por la pérdida de un ser querido. Sin que él me lo diga adivino que se ha ido acostumbrando a lo que le toca presenciar, y se me vienen a la memoria las enfermeras, que a fuerza de ver dolor se van cubriendo con una capa de indiferencia que parece insensibilidad, pero que al final solo resulta ser un escudo protector para no ir por la vida cargando con dolores ajenos.
Su familia la integran: su mujer, que por cierto no le cae nada en gracia que todos los días llegue oliendo a flores de panteón, y dos hijos ya casados que, como dice él “ahí la llevan”. Su vida es sencilla, no bebe licor, fuma con regularidad, dice que no le gusta mucho pero que ya se acostumbró; a fuerza de no llevar “malos aires” a su casa todos los días fuma dos o tres cigarrillos. Esto por una costumbre popular que dice que cuando se asiste a un funeral, para no llevarse los humores del panteón con uno, hay que fumarse un cigarro. Parece ser que el humo tiene cierto efecto protector contra las malas vibraciones. —Tal vez el único efecto benéfico que le conozco al tabaco—.
De repente Don Rosendo se incorpora, miro hacia donde él ve y me doy cuenta que un cortejo fúnebre acaba de entrar al panteón; comprendo que es hora de retirarme, me despido agradeciéndole su tiempo, casi sin hacerme caso me da la mano y lo veo acomodar las cuerdas que bajaran el féretro.
Comienzo a caminar por uno de los senderos que llevan a la salida; a un lado de la entrada, ya en las escalinatas que están cerca de la puerta me volteo para dar una mirada y descubro, con admiración, que los panteones tienen una fría y serena belleza.
Alejandro Hernández y Hernández
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