Leyes sobaqueadas

Leyes sobaqueadas



Mi ciudad, con todo y lo culta que es no parece una ciudad en donde la ley se cumpla, todo mundo, ley grande o chiquita, la violenta.
Cuando estaba en el cuarto año de primaria, el maestro Vargas —así le decían todos y no me acuerdo ya cómo se llamaba—, nos dijo que la Constitución mexicana era una de las más avanzadas de todo el mundo. A mis diez años eso me pareció una cosa fabulosa, aun y cuando no tenía bien claro lo que eso quería decir. A medida que fui creciendo pude entender lo que era una constitución y comprobar, orgulloso, que lo que decía el maestro Vargas era verdad, la mexicana era un non plus ultra en el mundo de las constituciones. Con la madurez, desafortunadamente, a ese orgullo se lo fue cargando patas de cabra, me di cuenta de que de nada servía tener unas leyes excepcionales si nadie las cumplía, o si todos íbamos por la vida viendo la manera de violarlas. Entendí que en México no vivimos con la ley en la mano, lo hacemos con la ley en el sobaco —es decir: la traemos, además de sobajada, sobaqueada—.

Dejemos por un momento, para no meternos en honduras, nuestra carta magna a un lado y escojamos otro grupo de leyes, llamémosles menores, para ejemplificar esto que les expongo porque, como dice el refrán, en lo poco se ve lo mucho. Ahí les voy.

Todas los estados —y los municipios— tienen, por lineamientos contemplados dentro de la propia Constitución, códigos, reglamentos, bandos de gobierno, etcétera; éstos permiten que el desarrollo social y económico se dé equitativamente. Hasta ahí vamos bien, sin embargo, el problema empieza cuando todo lo que en ellos está escrito se incumple. Ejemplifiquemos con lo que tengo a mano: mi ciudad y lo que pasa en ella. Xalapa tiene un Bando de Policía y Buen Gobierno, un Reglamento de Tránsito y Vialidad, uno de Desarrollo Urbano, otro de Desarrollo Económico, otro más de Protección Civil, etcétera, y el estado tiene otras tantas decenas de ordenanzas. Con tantas leyes y reglamentos que nos rigen, la sociedad debería ser un relojito que marchara perfectamente; lamentablemente no es así.

Alguna vez alguien dijo que la cultura de los habitantes de una ciudad se ve en sus banquetas, las nuestras, salvo en algunas cuantas calles, son un muestrario de los gustos de cada uno de los que aquí vivimos y de la manera en que, cada uno también, se puede pasar por el arco del triunfo la ley de Desarrollo Urbano —por ende, cultura se nos ve muy poca—. Aquí cada quien hace la rampa de su garaje con el desnivel que se le antoja y, si el coche no cabe, le hace una extensión a la cochera y saca a media acera la reja; si la puerta de entrada quedó alta se construyen escaleras que no dejan pasar a los peatones y, no es mentira, se los juro, he visto hasta escaleras de caracol que dan acceso a segundos pisos ocupando completamente la banqueta. Y qué me dicen del Reglamento de Tránsito, aquí el deporte local consiste en ver quién viola más de sus artículos sin que le levanten una infracción. Por eso vemos, enfrente de las escuelas a la hora de salida o entrada, autos estacionados en doble o triple fila, y da igual pararlos encima de las banquetas o apartarles lugar poniendo piedras y huacales en la calle; por eso los automovilistas violan los límites de velocidad, los peatones se cruzan en medio de las calles y no por las esquinas, y los agentes de tránsito coaccionan a quien pueden y no vigilan lo que deben vigilar. El Bando de Policía y Buen Gobierno es otro reglamento, violado, pisoteado y vilipendiado hasta el hartazgo; muchos no saben qué dice, es más, ni siquiera saben que existe. Por esa razón todo mundo tira basura en las calles, saca a pasear a su perro y no recoge sus desechos, hace fiestas ruidosas a cada rato, desvelando a sus vecinos, o realiza manifestaciones y cierra las calles arbitrariamente. El de Desarrollo Económico, así mismo, es letra muerta, los vendedores ambulantes violan hasta el diccionario porque no deambulan, están fijos y hasta locales sobre las banquetas tienen; otros ocupan los parques y áreas públicas y nadie los sanciona, antes al contrario, se les solapa y se les procura como botín político para cuando haya elecciones.

Mientras los que integramos la sociedad y los que nos gobiernan no entendamos que el acatamiento de las leyes y su aplicación, son esenciales en una sociedad civilizada, seguiremos viviendo en el caos —iba a poner desmadre pero me arrepentí—. ¿Exageré?, claro que no, vaya al parque Juárez un domingo y admire el mercado en el que se ha convertido; vea cómo los ambulantes se dan el lujo de instalarse en el meritito palacio municipal, disfrute a cualquier hora y en cualquier día de un embotellamiento gracias a una manifestación y, si le place, regocíjese leyendo en los periódicos cómo nuestros políticos y gobernantes, con la más fresca y solapada de las impunidades, nos roban y saquean. Qué bonito, ¿no?     

Alejandro Hernández y Hernández
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