Contar borregos

Contar borregos

 

Mi ciudad ve despertarse todos los días a miles de xalapeños con cara de no haber dormido bien. El estrés del tránsito caótico en nuestras vialidades, la preocupación por ver quién vaya a quedar de alcalde —que a lo mejor nos sale más malo que la que tenemos, que ya es decir— y un  sinnúmero de cosas más, no dejan dormir a muchos. Yo, afortunadamente, tengo la inmensa fortuna de que casi nunca, mero ni en los peores momentos de mi vida, se me han quitado ni el hambre ni el sueño. O debería de decir “se me habían”, porque últimamente el sueño me ha dado tremendos descolones a la hora de llegarse la cita acordada de nuestro nocturno encuentro. Este horario que hoy parece desquiciado y extraviado; no se había trasgredido desde aquella vez que, habiendo circulado tremendos rumores de que el fin del mundo -místico o, cuando menos, informático- llegaría a la par del año 2000, parientes y amigos decidimos recibirlo como Dios manda; es decir: hasta la… progenitora de briagos y despiertos hasta pasadas ya las once de la mañana, del primer día del milenio recién estrenado.

Después de eso yo, decepcionado de que ni catástrofes planetarias ni debacles tipo película apocalíptica se sucedieran, tal como lo habían predicho Nostradamus, el apóstol Juan y Tito Gueixpal Ceba, brujo mayor de Catemaco —siempre más confiable que el propio Michel de Notre Dame—; decidí dormir a mis horas, incluso en las fiestas decembrinas subsecuentes (aunque siempre me concedo unas dos o tres horas extras), para no desequilibrar mi delicado ritmo circadiano.

Pero como decía, últimamente mis horas de sueño se reducen porque mi día se acrecenta por las labores cotidianas y mis noches, se acortan por un madrugador insomnio pendenciero, que ni tomándome mi lechita tibia con hierbabuena parece apaciguarse.

Con esto he podido comprobar lo que los doctores afirman: que la falta de sueño influye de forma negativa en el organismo provocando dolores de espalda, insomnio crónico, somnolencia diurna, gastroenteritis, hipertensión y cardiopatías; todas ellas con nefastas consecuencias. Y aunque a mí, de la lista aún me faltan varias —la gastroenteritis y… ¡Ah chingaos!... no, pues nomás esa— de todos modos me puse a investigar qué hacer para dormir bien.

Como alguna vez oí decir a alguien “gracias a Dios y a los remedios caseros… esto o aquello”, empecé preguntándole a mis cercanos familiares y amigos qué hacían ellos cuando no podían dormir —cercano, en este caso, es un sustantivo de disponibilidad, no de distancia, pues uno de ellos me mandó una receta desde bien lejos, por cierto escueta: “Nomás cierra los ojos, buey”—.

Algún chistoso contestó “Pues estar despierto”; claro que eso ya lo sabía, sin embargo, hubo también quienes me dijeron cosas muy interesantes. Que hay que acostarse invariablemente boca arriba (aunque otro me dijo que era mejor hacerlo boca abajo); que ocupara la recamara sólo para dormir y tener sexo; pero ¿En qué orden? Si me duermo no podré tener sexo, por lo que seguramente tendré que tenerlo antes; pero si tengo sexo no podré dormir a una hora fija como algún otro me sugirió, también, como un remedio efectivo para el insomnio. Entonces, ¿qué demonios hago primero?

El colmo fue cuando uno me recomendó levantarme temprano; ¿perdón?, si temprano ya me levanto porque no puedo dormir; ¿o cómo, más temprano? Eso sería como a las tres de la madrugada… Y luego qué fregados hago, ¿despierto a todos para estar iguales, o qué?

Harto ya de amateurs decidí preguntarle a un amigo que es médico. No sirvió de nada.

Y es que primero me hizo un parangón de lo que, científicamente, es el insomnio —como si no lo supiera— y hasta clasificaciones me dijo que existen; a saber: insomnio de conciliación que, obvio, es cuando se tienen dificultades para empezar a dormir. Insomnio de mantenimiento: que no precisamente es el que ocurre cuando la cama rechina, sino cuando no se puede mantener el estado de sueño. Y por último, el insomnio terminal, que no es el que experimentan los que no pueden dormir porque ya se les va a llegar, sino que es el que sufren aquellos que, sin causa aparente, se despiertan como zombis a media noche y así se quedan… hasta que amanece.

Luego me dijo que, dependiendo las causas, yo tendría que acudir con un psicólogo, o si la cosa era muy grave con un neurólogo. ¿Qué de grave? No me lo dijo claramente, por lo que yo sólo estoy esperando oír voces dentro de mi cabeza para salir corriendo a ver a uno.

Acabó diciéndome que hiciera una infusión de valeriana y se fue; no me dijo si me la tenía que tomar, hacer buches, untármela, ponérmela con chiqueadores de algodón en las sienes o bañarme con ella ¡Maldita sea! ¿Qué no se supone que esta es la era de las comunicaciones?

Así que, ya instalado en estas cuestiones del sueño —de la falta de él, mejor dicho— y de mi propia inspiración, les puedo recomendar, si alguno padece de lo mismo que yo,  algunas cosas: cazar cucarachas, son rapidísimas, inteligentes y cualquiera queda rendido por andar correteando insectos tan ágiles; levántese a componer la llave que gotea en la cocina, a lo mejor y eso sea lo que no lo deja dormir; vuélvase voyeur, miles de ventanas con vecinas apetitosas detrás de ellas, se abren generosas a los ojos de cualquiera que esté dispuesto a observar. Aunque esto no le quitará el insomnio, sí es más divertido que chutarse los “infomerciales” del Bodysigner, de las extensiones para el pelo, anunciadas por un par de “raritos” vestidos como el principito, o el de un pomito que trae, según la locutora, baba de caracol adentro y que sirve para todo, hasta para quitarle lo baboso, a fuerza de desengaños, a algunos ingenuos que lo compran. Aunque, concluyendo, lo más sencillo es lo más efectivo y para no errarle en estas últimas noches me he puesto a contar borregos.

Funciona muy bien mientras los muy desgraciados no empiezan, cuando ya llevo como trescientos, a balar todos al unísono como si los estuvieran ahorcando.

Alejandro Hernández y Hernández
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