“ ‘Si alguien se opone a esta boda,
que hable ahora o que calle para siempre…’
—¡Yo!
— ¡Mamá! Cállate por Dios.”
Oído en una boda
Mi ciudad debe ser las Vegas de este país. Aquí todas las semanas hay bodas; los viernes, los sábados y los domingos la gente se casa con singular alegría. Los salones de recepciones siempre están ocupados y, en los meses que siguen, no tendrán ni una fecha desocupada. Así es el amor en Xalapa.Pero, ¿por qué se casa la gente? El leif motiv más legítimo para casarse sería: estar enamorado; aunque eso no justifica el hacerlo ni tampoco garantiza la felicidad perpetua. Los científicos han concluido que el enamoramiento no dura más de cuatro años, así que si este sentimiento es la base de un matrimonio estará difícil que dure. En pocas palabras, se puede vivir enamorado, y tan tranquilo, sin casarse.
Por otro lado, hay quienes, en el colmo de la inconsciencia, se casan nomás porque eso significa hacer una pachanga monumental. Entre estos polos opuestos están muchos otros motivos.
Hay quienes se casan por tradición. Unir sus vidas a la de otra persona es una acto repetido generación tras generación y “bien visto” por la sociedad, lo cual es una fuerte motivación para ayuntarse con alguien y vivir “como Dios manda”. A veces estos matrimonios resultan duraderos y estables, pues cumplen con la función social de convivencia en pareja, otras no tanto.
Algunos, en este caso algunas, se casan por el anacrónico motivo llamado “se le está yendo el último tren”; la presión social hacia las mujeres es tanta, en una sociedad machista como la nuestra, que éstas terminan aceptando casarse con cualquiera, y como éste quiera y en donde quiera. No garantizo que estos matrimonios sean duraderos, ni felices. En algunas zonas rurales, y en otras, dominadas por usos y costumbres anacrónicos, es común que la mujer sea dada en matrimonio sin que medie su consentimiento, lo cual me parece una completa salvajada. La literatura romántica, las tradiciones y la historia social también han dado al matrimonio valores falsos, que han impulsado tanto al hombre como a la mujer a aceptarlos como verdaderos. Tanto hombres como mujeres entran al matrimonio esperando que el gozo vaya a ser ininterrumpido. Juran amarse toda la vida, incluso en la adversidad, aunque nunca piensan que la adversidad vaya a llegar alguna vez. Ilusamente, los cónyuges piensan que su amor (que ni siquiera pueden definir adecuadamente) les va a resolver todos sus problemas. No existe, lamentablemente, el “y vivieron felices por siempre”.
Los motivos son tantos: por compromiso, por costumbre, por soledad, por presión social, por embarazo, por ignorancia, por precocidad, por necedad, por negocio o, como se dice por ahí, por pen…, sin embargo, quitando las causas que pudiéramos llamar de “a fuercitas”, creo que la gente se casa por esa necesidad que todos sienten de tener testigos de lo que se hace en la vida. Es una condición humana universal; que otros atestigüen lo que hacemos le da validez y notoriedad, nos hace tener un sentido de pertenencia con la sociedad y eleva el nivel de compromiso.
Los matrimonios, creo yo, durarían más si la gente dejará de pensar que la clave de la felicidad está en otros. Uno es “culpable” de su propia felicidad, los demás pueden ser “cómplices”, pero si uno no está reconciliado consigo mismo nada de lo que hagan los demás nos satisfacerá. Respeto, comunicación, amor verdadero y adaptación, luego del enamoramiento sólo eso puede mantener una relación duradera. Y un consejo, hay que ser siempre novios, porque dicen que los detalles con la otra persona es lo primero que se pierde en un matrimonio que fracasa. ¡Échenle ganas!
Alejandro Hernández y Hernández
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