Mi ciudad, como todas las que se fundaron en la época de la Colonia, precisó de servicios diversos para satisfacer las necesidades de sus pobladores. Iglesias, escuelas, hospitales y mercados fueron, entonces, construidos en la antigua Xalapa. De todos ellos los mercados, a pesar de la innovación con la que otros servicios han evolucionado, parecen continuar igual que en tiempos pasados, o peor.
Antes de la llegada de los españoles había mercados ambulatorios, que funcionaban como centros de intercambio; en ellos un agricultor podía llevar maíz y cambiarlo por gallinas, con la misma relativa facilidad con que el criador de gallinas podía cambiarlas por jitomates. La Primera Feria de Xalapa, decretada por cédula real, se llevó a cabo en 1720, por lo que los singulares métodos comerciales antiguos cedieron su lugar a operaciones mercantiles más formales. Éstas se llevaron a cabo en algunos barrios de la ciudad: San Francisco, San José y el de Santiago, los cuales se ubicaban en lo que ahora es el centro histórico.
Entre los años 1835 y 1845 Xalapa ocupó el tercer lugar entre los centros textileros del país, lo cual aumentó la población y sus necesidades. A estas circunstancias de progreso le siguieron muchísimas más —desde la construcción de la catedral, pasando por la del primer teatro (hecho de madera), hasta la introducción de la red eléctrica, el telégrafo y el teléfono—, sin embargo, la venta de mercaderías se siguió dando en tianguis, a donde acudía la clase popular y en algunos almacenes, frecuentados por las clases más acomodadas.
En 1940 se inaugura el primer mercado moderno con el nombre de: Alcalde y García, en honor a dos tenientes destacados durante la invasión norteamericana. En 1953 y 1959 respectivamente, se inauguran los mercados Jáuregui y Los Sauces. Gracias a los gobiernos de izquierda que imperaban en el país, fueron construidos de acuerdo a la modernidad y pujanza de ese entonces, siendo considerados, incluso, como centros culturales, ya que algunos fueron dotados de obras artísticas de la escuela mural mexicana. El mercado Hermenegildo Galeana, el Adolfo Ruiz Cortines, más conocido como la Rotonda, el Luis G. Rendón y algunos más fueron edificados tiempo después, sin embargo, para los requerimientos modernos de la población y gracias a los vicios propios de su naturaleza ya resultan obsoletos.
No cumplen ya con la función básica de distribuir mercancía de calidad y a precios accesibles para la población; resultan una carga económica para el municipio por el mantenimiento que representan y las cuotas tan bajas que se les cobran a los locatarios; sus instalaciones de agua, drenaje y energía eléctrica datan, en algunos casos, de la época en que fueron inaugurados y requieren ya de una renovación integral. Las estrategias mercantiles de los locatarios son inadecuadas, por lo que sus ganancias son escasas y constantemente pierden clientes, seducidos por tiendas departamentales y supermercados.
Empero, el problema más grave que enfrentan —que tarde o temprano los llevará a su extinción— es que las organizaciones de locatarios se han convertido en verdaderas mafias que controlan la tenencia de los locales, siendo cosa común que haya acaparamiento y subarrendamiento ilegales de los mismos.
La salvación de éstos, ahora casi elefantes blancos es, primero, regularizarlos en los que respecta a su infraestructura, tenencia o concesión —en un esquema en donde forzosamente los locatarios se hagan cargo totalmente de su manutención—, y luego convertirlos en lugares destinados al turismo, en donde se expendan artesanías y en los que se pueda encontrar la riqueza gastronómica de la ciudad; o en su defecto apostar por negocios modernos con eficientes formas de comercialización. Por supuesto que la piratería y el contrabando —una constante en otras plazas construidas por administraciones municipales pasadas— no pueden considerarse, nunca, como una opción.
Alejandro Hernández y Hernández
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