Protestando y maltratando a los demás

Protestando y maltratando a los demás

Mi ciudad es la capital mundial de los bloqueos de calles. Ahora por esto, mañana por aquello, siempre hay un grupo de manifestantes dispuestos a cerrar una avenida, una calle o, como sucedió el pasado sábado, una carretera.

El leif motiv de las protestas callejeras es un asunto que casi nunca puede entrar en la categorización de si es justo o no, siempre lo es. En un país en donde la justicia social no ha alcanzado a todos los estratos de la población, en donde se gobierna para sectores específicos, en donde un puesto público es un principado y no una oportunidad de servir; en donde los recursos públicos sirven para granjearse simpatías y en donde el que no chilla no mama, es lógico que la gente se tenga que echar a las calles a solicitar lo que por ley, y en un ejercicio republicano de la administración pública, le corresponde.

Puestos de acuerdo en que los manifestantes —casi— siempre tienen razón, el asunto ya no es el fondo sino la forma. En este punto la justicia, que es un bien universal inalienable y siempre de un mismo tamaño, se puede dividir en justicias de diferentes medidas.

Tomemos, para ejemplificar lo anterior, a los manifestantes del sábado en Xalapa y en el Puerto de Veracruz. Un grupo de personas que se manifestaban contra el alza de los combustibles —una causa justa, sin duda— cerraron como a las diez de la mañana las salidas carreteras de Xalapa, tanto en el norte, rumbo a la ciudad de México, como las salidas a Veracruz y a Coatepec; en el Puerto de Veracruz cerraron también varias de las salidas. Las consecuencias fueron inimaginables, miles de vehículos detenidos, miles de personas varadas —en pleno inicio del “puente” vacacional— y millonarias pérdidas económicas en el transporte público de carga y pasajeros. La causa justa de la protesta se volvió, por la afectación a terceros, una causa injusta contra éstos, como lo decía hace un momento, justa pero no tanto.

Los afectados fueron miles, los manifestantes eran apenas unas cuantas decenas, ni siquiera cientos, pero las pérdidas de tiempo y dinero fueron incalculables. Sin embargo, ante una cualificación de un evento siempre hay que remitirse, no a los resultados parciales sino al producto final, mismo que se puede tratar de averiguar con una sencilla pero toral pregunta: ¿Se consiguió algo haciendo el mencionado bloqueo?

Que alguien se atreva a decirme que sí; que alguien, con un rollo de papeles en la mano con la firma del secretario de Economía, del de Hacienda o del mismísimo presidente de la República, me diga que las molestias de los miles que estuvieron cuatro o cinco horas varados, que los millones de pesos en pérdidas económicas, consiguieron un decreto que diga que los combustibles, los alimentos, o lo que sea que no querían que siguiera subiendo, dejarán de aumentar de precio.

Las cosas siguen igual, no cambiaron; si acaso alguien les habrá prometido que se mandarían oficios, inconformidades, etcétera, pero, al final, nada en concreto, lo cual nos pone ante otro cuestionamiento: ¿Hay que conformarse entonces, no hay que protestar, hay que condenar a los manifestantes aunque tengan razón? En este caso lo único que yo creo es que el fin no justifica los medios.

Sí hay que protestar, sí hay que mostrar nuestro descontento, sí hay que hacer oír nuestra inconformidad de cómo se está manejando el país, pero no, y perdón por la expresión, jodiéndonos entre nosotros mismos. El pueblo, en este caso los automovilistas y los choferes de camiones y autobuses, no son el enemigo. No se puede protestar por el bienestar del pueblo fregando, precisamente, al pueblo.

Quienes creen que la anarquía es la solución han equivocado el camino, definitivamente. Para dar la pelea que puede transformar el país están los mecanismos republicanos. Para cambiar el rumbo están los procesos electorales y las urnas. Si no nos gusta cómo nos gobiernan podemos retirar el voto a unos y darlo a otros, sin embargo, para lograrlo hay que ejercer nuestros derechos ciudadanos y eso, desgraciadamente, pocos lo hacemos. No quiero hablar sin pruebas, sin embargo, ¿cuántos de esos manifestantes aguerridos, que cerraron las carreteras la semana pasada, serán abstencionistas irredentos durante los procesos electorales?

Hoy por hoy debemos ser congruentes con nosotros mismos y nuestros principios. Si queremos que el país cambie, si queremos que nuestros políticos se den cuenta que ya estamos hartos de cómo hacen política, primero debemos demostrarles que somos un pueblo maduro y consciente de sus derechos y obligaciones; para exigir respeto a la ley hay que comenzar respetando la ley; y bloquar una vía de comunicación no lo es, definitivamente no lo es.  

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