Dieciséis años de Vive Latino

Dieciséis años de Vive Latino

 

El movimiento “Rock en tu idioma” representó el primer esfuerzo por conglomerar a un conjunto de grupos que hacía música en español.

Jorge A. Romero*

CIUDAD DE MÉXICO, 25 de marzo (Al Momento Noticias).- Faltaría a la verdad si dijera que recuerdo todas las veces que he ido al Vive Latino. Ni siquiera estoy seguro de los años en que he asistido. Según Andrés Sánchez, uno de los organizadores del festival, la primera emisión del evento musical tuvo lugar en 1998, es decir hace 16 años.

En ese tiempo las bandas fuertes del rock en español eran aún parte o eran herederos del movimiento conocido como “Rock en tu idioma”, identificado por una etiquetita que los diseñadores de cedes, discos y casetes colocaban en las portadas.

El movimiento “Rock en tu idioma” representaba el primer esfuerzo por conglomerar a un conjunto de grupos que hacía música en español y que por efectos de economía mercadológica así fue denominado, pese a que en él hubiera grupos que tocaran ska, oscuro o pop.

El experimento funcionó y el movimiento tuvo buena acogida entre quienes en ese tiempo eran jóvenes y adolescentes mexicanos. Sintonizabas cualquier estación de radio y no era difícil encontrarte con rockeros cantando en español. Eso ocurrió a finales de la década de 1980, principios de la de 1990, y no llegó más allá de 1995.

No obstante, los grupos de rock en español continuaron apareciendo y produciendo discos, aunque ya sin la difusión de los grandes medios de comunicación. Justo en ese momento, al final de la década de 1990, aparecieron los Vive Latino, que funcionaron como plataforma para catapultar al movimiento musical en lengua española que, pese al desdén de los medios, ahí seguía.

Es probable que el desinterés de los medios masivos de comunicación haya generado, paradójicamente, mayor interés sobre lo que ocurría con el Vive Latino. El movimiento de rock en español entonces se convirtió en asunto de prensa especializada, lo que no impidió que los primeros festivales tuvieran buena respuesta del público.

Ante la escasa oferta de rock, el festival disparó su demanda.

 

Pero además los Vive Latino fueron pioneros en cuanto a presentar decenas de bandas durante más de un día, al menos en nuestro país.

Antes un concierto de rock era sinónimo de precariedad. FOTO: CAURTOSCURO.

Y fue novedoso que el festival tuviera cabida para otras actividades que no era común ver en un concierto: desde tianguis de discos y toda clase de parafernalia rockera, performance, concursos para ganar camisetas, exposiciones de artistas plásticos y fotógrafos, hasta microescenarios para movimientos emparentados como el de música electrónica y hip-hop.

El Vive Latino además fue de los primeros festivales que ofrecían al asistente comodidades que antes eran consideradas un acto de fresez. Me explico: antes un concierto de rock era sinónimo de precariedad: ibas y no tenías certeza si habría baños suficientes, si podrías comprar algo de comer o si podrías sentarte de vez en cuando para descansar.

Estas comodidades y servicios fueron vistos por ciertos sectores ultras como una tendencia domesticadora del rock, que a partir de entonces sería visto ya no como un acto de contracultura, sino más bien como un espectáculo asimilado que ofrece diversión en un sistema capitalista moderno.

En otras palabras, desde esta postura radical, ir a un festival de rock se convirtió en un acto equiparable a ir al cine en un centro comercial.

Mi postura es contraria a este pensamiento y considero adecuado que un concierto tenga estas comodidades. Porque además de que es necesario tener baños suficientes, también es importante velar por la seguridad en eventos tan grandes y donde hay miles de personas.

Más allá de todo, los festivales Vive Latino se han convertido, por sus ya casi veinte años de existencia, en música de fondo de miles de historias individuales. Cuántos amores declarados en tal año y cuántos amores rotos en otro. Incontables seguramente, aunque lo importante es que la música y el humor, y las ganas de echar desmadre siguen intactas.

A mis 36 años sigo asistiendo al festival (no a todas las fechas porque mi espalda descompuesta, mi bolsillo y mis obligaciones me lo impiden) y aún disfruto de la música y el relajo. Compro mi carísima cerveza (esto sí, mal capitalista de los festivales) y la degusto tranquilamente, ya sin saltar ni meterme al slam.

Ahora soy del público que aguarda no en los primeros lugares, pero sí desde ángulos que permiten apreciar y escuchar adecuadamente.

Este año iré a ver, sobre todo, a Arcade Fire, banda que juzgo de las más interesantes en la actualidad. De los grupos en español, me gusta Lost Acapulco por su desenfado y porque tocan rock puro y ruidoso, como debe ser.

Los demás grupos, dada mi ignorancia sobre el movimiento actual, serán para mí motivo de estudio y para enterarme en qué va hoy el rock hecho en habla hispana.

Y mientras mi cuerpo y mi bolsillo lo permitan, seguiré asistiendo a estos actos de fe, de catarsis que, a falta de religión, se convierten en actos de purificación espiritual.

*Jorge A. Romero es periodista, subdirector editorial del diario El Independiente de Hidalgo y socio de la editorial Elementum. Ha colaborado esporádicamente en diversos medios de comunicación, los más conocidos: El Financiero, Etcétera, Marvín, y últimamente escribe un artículo semanal en el portal SDP noticias.

AMN.MX/jcm