
POSTRADO EN UNA CAMA, LO ÚNICO QUE ACOMPAÑÓ A CERATI LOS ÚLTIMOS CUATRO AÑOS FUE EL SILENCIO.
Todo terminó. Esta vez la información resultó cierta, irrefutable: este jueves al mediodía, hora de Argentina, murió Gustavo Cerati, luego de permanecer en coma los últimos cuatro años. La de hoy fue en realidad la segunda muerte del músico argentino, porque la primera ocurrió el mismo 15 de mayo de 2010 cuando sufrió el accidente cerebro vascular en Caracas, Venezuela.
Es verdad, hoy se anunció oficialmente su deceso, tal y como lo confirmó minutos después la clínica ALCLA, donde se encontraba internado; no obstante, el exintegrante de Soda Stereo dejó de existir aquel día cuando su voz se apagó definitivamente.
Postrado en una cama, lo único que acompañó a Cerati los últimos cuatro años fue el silencio. Un silencio abrumador que estuvo con él cada minuto de su vida. Una tortura para un músico que no entiende la vida sin el sonido. Sólo escuchaba su propio cuerpo, sus latidos, como cuando uno está sumergido en una alberca.
Aquel día de mayo en Venezuela, el propio Cerati, con el atisbo de conciencia que aún tuvo consigo, supo que ese era el fin. Que aquel había sido el concierto del adiós para dar paso a una gira sin retorno. Había que pagar la factura de sus excesos.
Sabía también que a partir de entonces, aquel hombre que estaba postrado en aquella cama –a veces pasaba las tardes sentado- rodeado de familiares y amigos no era él, sino otro, en una suerte de usurpación. Ni músico ni cantante ni nada.
No era Cerati, el grande, el ídolo, el que llegó a ser considerado uno de los mejores músicos del rock en español, sino apenas un hombre disminuido que deseaba que este castigo pasara pronto.
Aquel que estaba postrado en esa cama, aquel que le apretaba la mano a su madre, Lilian Clark, cada que ésta le hablaba, no era ya el Cerati que todos conocieron arriba del escenario, fuerte, apasionado, entregado siempre a su público. Ese se había ido y no regresaría jamás.
Así lo sabían sus seguidores, quienes, no obstante, aseguraban que aún aguardaban el día que Cerati despertara. Sólo era una forma de darse ánimos frente a una cruel realidad: el músico ya había muerto; estaba agarrado a la vida apenas por un delgado hilo que se rompería en cualquier momento. Daba igual, porque no hacía ninguna diferencia.
El luto de cuatro años de miles de seguidores entra hoy a una nueva etapa. Más dolorosa. Y es que, no por conocida, su segunda muerte es menos amarga. Nada queda por hacer, salvo escuchar su voz una y otra vez en un intento por combatir el silencio que ya empieza a ahogarnos a todos nosotros, los vivos.
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