
Durante la administración de Marcelo Ebrard, se llevaron a cabo una serie de reformas en derechos civiles que acompañas de una fuerte inversión pública y privada en infraestructura, permitió al ex Jefe de Gobierno venderse como “el mejor alcalde del mundo”.
En seis años, la Ciudad de México pasó a ser un reducido territorio que marcaba diferencia con el resto del país: es legal la interrupción del embarazo (se permite a las mujeres abortar antes de rebasar las 12 semanas de gestación); son legales las bodas entre parejas del mismo sexo además de que pueden adoptar hijos (1). Agregado a lo anterior, se ha instrumentado un modelo experimental para impulsar el uso masivo de la bicicleta como transporte, el alcoholímetro es permanente, hay sensores que permiten multar a vuelta de correo a los automovilistas que cometan infracciones, el periférico cuenta con un segundo piso en buena parte de su extensión, hay autopistas privadas, pistas de hielo y playas artificiales públicas, se construyeron un sinnúmero de rascacielos, se recuperaron espacios públicos como la Alameda Central, en fin, una serie de elementos que permitirían concluir (al menos en términos de propaganda) que el DF es una ciudad de Primer Mundo, claro, sin olvidar los encantos propios de una metrópoli.
Sin embargo, hay un detalle que don Marcelo pasó por alto y que cualquier ciudad de Primer Mundo tiene entre sus elementos básicos: una política contra el maltrato animal.
Así pues, en este contexto, en la olvidada Iztapalapa (solo se acuerdan de la Delegación en tiempos electorales), dónde no hay hoteles de cinco estrellas, una jauría de perros habría cobrado la vida de cuatro personas a decir de la PGJ-DF.
Esta jauría de canes, que no surgió por generación espontánea, sino por la falta de una estrategia que vaya más allá de la barbarie de atrapar perros callejeros y matarlos a palazos, desnudó la realidad de la capital del México: aun le falta mucho para ser una ciudad de Primer Mundo, aunque se gaste carretadas de dinero en promover lo contrario.
La ciudad friendly con el turismo internacional gay (lo cual en sí no está mal, debería ser friendly para todo mundo), como lo declarara en su momento el ex secretaría de Turismo Alejandro Rojas, no es lo es con cientos de miles de animales que pululan por sus calles, muchos de los cuales fueron abandonados por sus irresponsables poseedores.
Ninguna ciudad puede alcanzar la categoría de desarrollada sino incluye una política y leyes de avanzada en el tema de la protección animal, por más logros que se tengan en los derechos civiles, claro, eso si aceptamos que los humanos no somos los dueños del mundo, sino que lo cohabitamos con cientos de especies.
Sabemos que existe una arraigada tendencia al antropocentrismo, además de que los perros y gatos, ni aportan votos, ni pagan en dólares, pero si el problema no se ataca desde la raíz y con métodos humanitarios, difícilmente podrá resolverse, considerando que aparte del ataque de una enfurecida jauría, existen riesgos de plagas y cuestiones de carácter sanitario. También sabemos que la Asamblea Legislativa acaba de aprobar leyes que sancionan el maltrato animal, pero nos queda claro que la bronca en México no es aprobar leyes, sino que se apliquen y no todo se limita sanciones, se deben incluir los aspectos preventivos.
Por lo demás, para ser justos, el tema no es exclusivo del DF, lo es de todas las zonas urbanas del país que crecen anárquicamente.
Por otro lado, hay que admitir, que a pesar de sus fallidos propagandistas y sus cotidianos entuertos, la Ciudad de México, es la digna y bella capital de todos los mexicanos.
(1) Muchos podrán estar en contra en lo referente a la interrupción del embarazo y las bodas entre parejas del mismo sexo, pero de que marca diferencia es innegable. En el fuero íntimo, cada quien puede concluir si para bien o para mal.
