
La realidad que padece México, de extrema violencia, es algo extraordinario, fuera de serie; los mexicanos, o no somos así, o no sabíamos que podríamos ser así. El crimen organizado y desorganizado, el narcotráfico, corrupción de autoridades y ejecuciones de sicarios es el rostro de esta horrible realidad y también es el síntoma de un padecimiento que subyace en el fondo de toda esta descomposición putrefacta que no es otra cosa sino decadencia moral.
El lunes 23 de febrero, en un correo electrónico personal, el papa Francisco expresó a un amigo suyo la necesidad de evitar “la mexicanización” en Argentina. Su expresión se refiere a la realidad horrible que se padece en México, no a la nación mexicana ni a la mexicanidad de sus habitantes.
La expresión del Papa provocó extrañamientos y rechazos crispando la emotividad de muchos que se sintieron “citados” por el Papa. El Gobierno de México, por su parte, presentó una nota de inconformidad a nivel de embajada. Rápidamente, el miércoles 25 de febrero, el Servicio de Información del Vaticano, emitió un comunicado en respuesta a los diversos reclamos: “El Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Padre Federico Lombardi S.I., informó que ayer tarde la Secretaría de Estado entregó una Nota al embajador de México ante la Santa Sede en la que aclara que con la expresión ‘evitar la mexicanización’, el Papa no pretendía en ningún modo herir los sentimientos del pueblo mexicano, por el cual nutre un especial afecto, y menos aún minusvalorar el compromiso del Gobierno en la lucha contra el narcotráfico.
Como es sabido, la expresión ‘evitar la mexicanización’, fue utilizada por el Papa en un e-mail de carácter estrictamente privado e informal, en respuesta a un amigo argentino muy comprometido en la lucha contra la droga, el cual había usado dicha frase.
La Nota refiere que, evidentemente, el Papa no pretendía más que destacar la gravedad del fenómeno del narcotráfico que aflige a México y otros países de Latinoamérica. Es precisamente esta gravedad la que determina la lucha contra el narcotráfico como una prioridad en los programas del Gobierno mexicano; estos tienen como objetivo combatir la violencia y devolver la paz y la tranquilidad a las familias mexicanas, incidiendo sobre las causas que originan dicha plaga social.
Se trata de un fenómeno, como otros en Latinoamérica, por los cuales en varias ocasiones, también en los encuentros con los Obispos, el Santo Padre ha llamado la atención sobre la necesidad de adoptar a todos los niveles políticas de cooperación y concertación”.
Hasta allí el texto de la respuesta por parte de la Santa Sede a la expresión del papa Francisco. Ahora, con calma y sin ánimos de sentirse ofendidos, los mexicanos podemos aprovechar esta circunstancia para percatarnos de que la nuestra es una realidad que en el mundo es ya un referente de lo que debe evitarse en toda sociedad, y que aunque tengamos que estar parados en este suelo ensangrentado sobre el que caminamos todos los días, eso no es pretexto para dejar de preguntarnos a nosotros mismos qué es lo que nos pasó.
¿Fue el Gobierno impotente? ¿El consumo de drogas? ¿Fue la corrupción de las policías? Es todo eso, por supuesto que eso es, pero principalmente es la consecuencia de haber sacado a Dios de la vida pública, de la política, de las escuelas, de las instituciones y hasta de la familia. La decadencia moral que muchos promovieron con engaños de libertad se ha traducido hoy en una decadencia social. ¿Qué se esperaba tras promover el ejercicio de una sexualidad desordenada? ¿Qué se supone que vendría como consecuencia de desfigurar el matrimonio, desdeñar a la familia y promover el aborto? A la fecha han sido asesinados más de 120 mil mexicanos, antes de que pudiesen nacer, solamente en la ciudad de México. ¿Qué puede reclamar una sociedad que se ha lanzado contra la vida de sus propios hijos?
El Gobierno mexicano hace todo su esfuerzo -es lo menos que debe hacer- por perseguir al crimen organizado, pero esto ya no se resuelve con balazos ni cárceles. Para salir de esta “mexicanización” es necesario volver al orden de la recta razón y de la sana moral, enmendar los errores y restaurar la moral para después comenzar a reconstruir la sociedad.
En uso de la misma expresión del Papa, para evitar “la mexicanización” es obligatorio de toda sociedad reconciliarse con Dios y volver a mirarlo, respetar y tutelar la vida humana desde su auténtico principio y no hasta un arbitrario número de semanas, revalorar el matrimonio y promover el honor y la dignidad de la familia.
