
Era tal su pobreza, que sus únicos bienes eran su perfil de Facebook y su cuenta de Twitter
Rebasamos la mitad de diciembre, mes de grandiosos fastos, y para no variar, nos encontramos sumidos en una profunda crisis de dimensiones globales, aunque eso sí, en algunas zonas la pobreza es más insultante.
Si Jesús de Nazaret hubiese nacido en la actualidad, quizá los pastores solo le llevarían puñados de tierra y abrojos, los reyes, bonos de deuda.
Esta es la realidad que vivimos, desde luego, el fenómeno es recurrente y cada fin de año escuchamos los mensajes de los gobernantes prometiendo mejores cosas para el porvenir, somos la generación del “futuro”, porque en el presente, nomás nada.
Bajo la anterior premisa podríamos citar el verso del enorme poeta Jaime Sabines que dice: no te deseo nada para lo porvenir, te deseo que puedas hacerte un pasado feliz o, en su defecto, la máxima del economista John Keynes: a largo plazo, todos estaremos muertos.
Ya sabemos que es el mes de la reflexión y del encuentro con los seres queridos, no queremos parecer trágicos, pero sí hacer hincapié en que el ciclo de muchos de nosotros avanza inexorable y, por desgracia, solo hemos oído hablar de la crisis y padecido los perniciosos efectos que sobre el desarrollo de nuestras vidas tiene.
Como una suerte de escape sicológico solemos decir: estamos vivos, ya es ganancia, pero ¿no será esta expresión un mecanismo represivo que nos impide luchar, en términos ciudadanos, por lograr mejores expectativas de vida?
Lo peor que nos puede ocurrir es llegar a considerar que los procesos sociales que vivimos son un designio superior, nuestro destino, nuestro karma. La acuciosa situación que enfrentamos nos hace, por lo general, escépticos, pero mal haríamos en sucumbir como sociedad ante tantas adversidades.
La utopía social no puede ni debe morir, de ser así, sería la más grande concesión que haríamos a los malos gobernantes (casi todos los existentes) y al puñado de hombres y mujeres que detentan el poderío económico del mundo.
La rebeldía con teoría, la generación de ideas, las propuestas viables y, en su caso, la fuerza ética del voto, son elementos que deben coadyuvar a sentar las bases de una civilización, sino perfecta, más justa.
Cuando hablamos de tal justicia, no nos referimos a la posibilidad de que el alcalde de Miami envíe un pavo a la familia inmigrante para que pueda celebrar el Día de Acción de Gracias, tampoco al “pollotón” que permita a los menesterosos tener una cena de navidad.
Hablamos de la justicia que promueve la igualdad de oportunidades para que a través de estas, mujeres y hombres tengan la factibilidad de acceder a una vida digna es todos los aspectos que ello contempla. Pero mientras esto ocurre, digamos ¡salud!...y República.
Posdata: cualquier parecido de este comentario con la realidad de los potenciales lectores veracruzanos, es mera coincidencia.
Javier Roldán Dávila Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
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