La renuncia del embajador, Carlos Pascual, es un hecho muy significativo por las implicaciones que tiene ser el representante de los Estados Unidos, aun con todo y su decadencia. A esto tenemos que agregar el lugar común: compartimos 3,000 kilómetros de frontera y nuestra economía depende de los vaivenes del vecino del norte.
Sin embargo, son de extrañar las voces que lamentan la salida de Pascual por considerar que es un diplomático de “primera” y que lo revelado por los cables de WikiLeaks era parte de su trabajo.
Efectivamente, lo único que los despachos nos revelan es la percepción del embajador y los analistas políticos a su cargo, lo cual de suyo, no quiere decir que sea correcta. Muchos textos son un monumento a Perogrullo y ya sabemos cómo se las gastan estos personajes, que son capaces de ver armas nucleares donde no las hay.
Lo que es innegable es que todos somos discretos hasta que aparece WikiLeaks. Lo que se pierde de vista es que la premisa fundamental de esas comunicaciones con el Departamento de Estado es su confidencialidad y que cuando esta desaparece, todos se convierten en víctimas de sus propios dichos.
Que Luis Téllez dijera que Carlos Salinas le metió mano a la partida presidencial en torno de una sobremesa pudo ser intrascendente, pero que la plática se trasmita en los medios le costó la chamba.
En todo caso Pascual fue un chivo expiatorio de la falla de los servicios secretos de EU que fueron vulnerados, no de un berrinche presidencial. En política los errores del adversario se aprovechan, no se dejan pasar de largo, eso es todo.
