Los cambios a voluntad se deben dar para que las cosas mejoren. Aunque hay cambios que se dan involuntariamente, cambios naturales en los que no interviene la mano del hombre. Como dice la canción de Mercedes Sosa: “Cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo, cambia el clima con los años, cambia el pastor su rebaño y así como todo cambia que yo cambie no es extraño”.
Por lo mismo, así como todo cambia, que el gobernador Javier Duarte haga cambios no debería parecernos extraño. Sin embargo, resulta que algunos de esos cambios no se dieron tanto por la voluntad del gobernador, tampoco se dieron de forma involuntaria, factores externos intervinieron para que esos cambios se tuvieran que dar; factores sociales, factores políticos.
Lo que extraña es que esos cambios se dieran como en un juego de ajedrez, por medio de enroques. No se sacrificaron piezas incómodas, antes bien sólo se cambió de lugar a las torres y se desplazó a los alfiles. ¿A eso se le puede llamar cambio?
El cambio es para muchos la solución a la necesidad de que la historia siga avanzando. Si la historia se estanca, es como si el tiempo se detuviera. Pero el cambio no conviene a la mayoría, sobre todo a aquellos que en la inmovilidad de los procesos sociales ha fincado la acumulación de bienes, su permanencia en el poder y hasta su sucesión.
En la antigüedad algunos gobernantes no fueron indiferentes a los cambios sociales, que son la esencia de los procesos evolutivos. Los que sí lo fueron, tuvieron que pagar las consecuencias y hoy día, mermados en sus riquezas, viven evocando esos años de inmovilidad.
Es por ello que una estrategia para acceder al poder o para continuar en el poder es hacer parecer a los demás que las cosas cambian, aunque en realidad sigan igual. A esa estrategia política, histórica, se le llama “gatopardismo” y la referencia viene de la novela El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, escritor italiano.
La novela relata un momento particular de la historia de Italia, de hecho el principio de la república italiana. La unificación de los principados que rodeaban Roma era necesaria para evitar que los grandes imperios siguieran invadiendo esas tierras. Pero el problema radica en que el movimiento unificador surge de la clase burguesa. Los nobles contemplan, atemorizados, desconcertados, como ese movimiento adquiere el apoyo de las clases populares.
La novela de Lampedusa inicia con el arribo del General Garibaldi a Sicilia en el año de 1860. El temor en algunos se refleja en llanto y no son pocos los que huyen auxiliados por los ingleses. Pero el príncipe Fabrizio Salina, conocido como “El Gatopardo”, hombre acostumbrado a mandar siempre, decide esperar hasta que los acontecimientos definan el rostro verdadero de la revolución. Él sabe del respeto que el pueblo le confiere y por eso siente menos temor.
Es su sobrino preferido, el príncipe Tancredi, quien le enseña una lección que es como una sentencia y al final un estigma que lo marca de por vida. Estando el ejército de Garibaldi en Sicilia, los jóvenes nobles tienen que decidir si son hechos presos por los revolucionarios o si se unen a las tropas y pelean hombro a hombro por el cambio. El príncipe Tancredi, sobrino de “El Gatopardo”, decide lo segundo y a punto de partir le dice a su tío la frase que llena el libro: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Lampedusa no sabe que con esa frase inaugura una filosofía que se acomoda muy bien en la clase burguesa: el gatopardismo. La novela El gatopardo es un símbolo de los cambios y de la actitud que los nobles y poderosos asumen ante esos cambios.
Poner a Alberto Silva en Comunicación Social, a Jorge Carvallo en SEDESOL y a Juan Manuel del Castillo en la Particular parece una apuesta como la del príncipe Tancredi: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”.
Sin embargo es muy temprano para hacer juicios. La actuación de estos funcionarios en cada una de las dependencias a las que se les mandó será lo que defina la verdadera voluntad del gobernador para que las cosas cambien. Pero si las cosas siguen igual, entonces tendremos en Javier Duarte a nuestro gatopardo, un príncipe a la veracruzana.
POSTDATA 1: EL DÍA DE LOS CAMBIOS CON AMIGOS Y AFUERA
Estuve afuera del salón donde se dieron los cambios del gobierno de Javier Duarte. No pudimos entrar, estaba repleto. Algunos compañeros periodistas se quejaban de que adentro estaban los aplaudidores y afuera los comunicadores. Me encontré, y me dio mucho gusto, a mi amigo Santos Solís, compañero de los tiempos de Diario de Xalapa; a Ezequiel Castañeda, hermano de mi amigo Jesús Castañeda, miembro de Otero Ciudadano. Me dicen que Ezequiel tendrá mucho que ver de ahora en adelante en la Comunicación Social y eso me parece buena noticia.
POSTDATA 2: EL CRISTO QUE MUEVE LAS AGUAS EN MUNICIPIO
Me dio gusto saber que Cristo Pantoja, quien ha estado muy cerca del alcalde Américo Zúñiga, desde que éste estuviera en la Secretaría del Trabajo, fuera el administrador de la Comisión Municipal del Agua. Se necesita a alguien de mucha confianza para arreglar el desorden que dejaron en CMAS. Por ahí se comenta que las fuerzas anteriores todavía presentan resistencia. Pero Cristo no caminará sobre las aguas, pero tiene muy presente que él sí debe entregar buenas cuentas a su jefe.
Armando Ortiz
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