El niño policía

El niño policía

A los policías
(Sólo a los buenos, que todavía quedan)


Cuando chico mi padre presumía a sus amigos que yo quería ser policía. Según él, cuando me preguntó yo le dije que quería serlo para tener gorra y pistola. No lo recuerdo, debí haber sido muy chico; pero si mi padre lo decía, es porque quizá fue cierto.

Supongo que temprano me di cuenta que la carrera de policía no era para mí. La primera vez que un irresponsable me dio un arma para dispararle a una rata que salió del jardín, no pude tener más de cinco segundos la pistola en la mano. Era muy pesada, fría, dura, “a luego” se sentía que cargaba muerte. No disparé y con eso evité el reculo que el arma da apenas disparada y que en manos de un chamaco como yo, de 11 años, me hubiera lastimado. Creo que no he vuelto a tener un arma en mi mano; me dan miedo, son un poder con el que no podría conciliar. ¡Vaya policía iba a ser yo!

La labor del policía es injusta. Con la mala fama que se han ganado por culpa de unos cuantos, que cada vez son más, todo mundo les tiene tirria. El delincuente es, tal vez, aunque usted no lo crea, el sujeto que menos miedo les tiene. Claro, a menos que el policía tenga consigna de detenerlo. Y es que según datos, un policía es la persona más fácil de corromper. Unos doscientos pesos te sirven muchas veces para sobornar a un mal policía. Bueno, algunos se conforman hasta con 50 varos. Por eso me dan muchas ganas de conocer al policía que no le aceptó los 250,000.00 pesos a Celestino Rivera, el violador perredista.

El gobierno debería de buscar a ese hombre y ponerlo al frente de toda la policía en el estado. Bueno por menos de ese dinero, en muchos estados, no en Veracruz (¡válgame Dios!), muchas mujeres entregaron a sus hijas, reinas de carnaval y de belleza, al hombre del poder en turno.

La policía es una institución necesaria a la que sólo debería temer quien delinque. Pero todos le tenemos miedo a los policías. Y es que si quieren, pueden ser cabrones. Un día unos amigos escritores de Oaxaca vinieron a Xalapa. Cenamos en La Sopa del “Negro” Ochoa y ya cerca de la medianoche caminamos por la ciudad que es encantadora. En el Parque Juárez nos asomamos por el mirador para ver las luces y las estrellas. Hasta allá fue un policía. No tenía más de 20 años de edad, se le veía en la cara y en el uniforme que le quedaba grande; en todos los sentidos. Iba acompañado de su “pareja”, así les dicen aunque se preste a confusiones. Nos preguntó qué hacíamos y le dije sin ningún temor que contemplábamos la noche. El cabrón mocoso que jugaba a los policías nos dijo que no podíamos estar ahí a tan altas horas de la noche; que porque días antes se había cometido un crimen cerca del lugar. Le dije que no se preocupara por nosotros, que nos sabíamos cuidar bien. Pero el policía nos pidió, esta vez con más autoridad, que nos retiráramos del lugar. Le dije que no podía pedirnos eso. Dijo que se había aprobado una ley para no andar en el parque a altas horas de la noche. Le dije que me mostrara esa ley y que con mucho gusto nos retirábamos. Me tomó del brazo y me dijo, pues vamos al cuartel y allá aclaramos todo.

Yo estaba dispuesto a llegar a las últimas consecuencias para demostrarle al pendejo mocoso que no se puede portar un uniforme y ponerse a jugar al policía. Pero mis amigos me tomaron del hombro y me pidieron ser más prudente. “Mejor vámonos, para qué meterse en pedos”. Me zafé de la mano del policía, mis amigos me cubrieron y nos retiramos.

Cuando viví en la colonia Progreso, todo mundo sabía dónde estaban las tienditas de droga; es más, todo mundo sabe. Enfrente de una escuela había una y cada rato se paraban los policías a hablar con los delincuentes, como quien conversa con sus pares. Iban por la cuota, nunca tuvieron problemas esos distribuidores.

Pero hay policías buenos. También los conozco. Un día en viaje a la playa nos ponchamos. Para colmo no llevaba llanta de refacción. Después de lamentarlo un rato se paró una patrulla de policías que se dispuso a ayudarnos. Levantamos el auto con el gato hidráulico que llevaban y en su patrulla fuimos a buscar un lugar donde me repararán el ponche. Yo no lo podía creer, pero gracias a ellos se evitó que esas vacaciones fueran un desastre.

Claro que hay policías buenos, con vocación. Personas que tienen familia, hijos, que salen orgullosos de sus casas portando el uniforme, que se ganan su dinero con el bíblico sudor de la frente. Pero ser buen policía tiene pocas recompensas. Los sueldos apenas alcanzan para vivir. Muchas veces ellos tienen que comprar su uniforme y las herramientas que utilizan. Luego está el repudio de la sociedad y para colmo tienen que combatir delincuentes que están mejor armados que ellos y muchas veces son malhechores dispuestos a todo, que no piensan en la familia del policía, que sólo piensan en cobrarle a la sociedad el haberlos orillado a delinquir.

Claro que hay buenos policías y valdría la pena que la sociedad no estigmatizara a todos, no los considerara su enemigo. Mucho menos lo debe hacer el gobierno. No se vale que con vara rasa se mida a todos, buenos y malos y se le quite a los buenos su legítimo trabajo, su única manera de sobrevivir.

Cuando niño, dice mi padre, quise ser policía. Quién sabe, a lo mejor estaría más orgulloso de mí.

Armando Ortiz: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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