Mi ciudad está llena de gente que tiene su vida puesta en un trebejo, léase: aparato electrónico, mecánico y/o combinación de los dos. Hay quienes no viven si el celular se les descompone, otros que no son nada sin su computadora o sin su automóvil. ¿Pero, cuándo empezamos a depender tanto de estos artilugios creados por nosotros mismos (o por un chino, coreano o taiwanés? Creo que fue así:
Cuando el hombre antiguo se dio cuenta de que un coco se podía partir mejor con un garrote que estrellándolo contra el suelo, se inició una callada y paciente revolución: la rebelión de los trebejos (pude haber puesto: la rebelión de las máquinas, pero ése es el título de una película hollywoodense y no me quise arriesgar a una demanda por derechos de autor). Ese inocente pedazo de madera sin más aspiración, en ese momento, que la de servir como precursor de las herramientas modernas, se convirtió casi al mismo tiempo en utensilio y arma (si un coco se podía partir con facilidad el cráneo de un enemigo también). Miles de años después los garrotes se volvieron arcos, flechas, lanzas, espadas y también: mangos para arados, azadones y hoces; todos, unos y otros, traerían una era de bienestar para la humanidad. De ese momento, en que la agricultura y la caza primitivas aprovisionaron de lo necesario para vivir a sus creadores, hasta el período en que empezó la revolución industrial pasaron siglos, pero, de esa incipiente industrialización a la era tecnológica moderna en que vivimos no hubieron de pasar más que unas cuantas décadas.Hoy estamos tan acostumbrados a tener un aparato para hacer cualquier cosa que ya lo vemos como una circunstancia natural y mero ni asombro nos causa. De esas licencias se están aprovechando los trebejos para empezar a dominarnos.
Usted, escéptico lector, será el primero en darme la razón cuando le empiece a dar ejemplos de cómo ese dominio se ensancha y de cómo, nosotros, ya lo admitimos de manera inconsciente.
— ¿Qué tienes mi amor, te noto molesto? —Dirá la esposa a su marido— al llegar éste a casa.
— ¡Es que el pin$%& carro no quiso arrancar y me tuve que venir en taxi! —Contestará el agriado hombre.
Note, querido lector, el uso del verbo querer en la contestación del marido. Dice éste: “el carro no quiso arrancar” ¡Demonios! ¿De cuándo acá los carros no quieren esto o aquello? Será, quizá, desde que empezaron a pensar por sí mismos sin que nos diéramos cuenta.
Veamos otro ejemplo, esta vez en una conversación entre conductores de taxis (ustedes perdonaran lo mal hablado, pero es que así son ellos).
— No hombre, te digo que el pin$%& Jetta se metió en sentido contrario y se le vino encima a la pu&% Explorer.
— Qué poca mad… y la Explorer, ¿qué hizo?
— No “pus” que se sube a la banqueta, que le pega a un pin$%# poste y del put#”$%& hasta allá aventó un faro y dos molduras…
Otra vez: ¡Demonios! ¿Qué trataban de hacer esos dos automóviles, émulos de los “Transformers”? Lo más probable es que se estuvieran peleando por el territorio o que se hubieran hecho de claxonazos y hayan llegado a las manos (en este caso a las defensas). Y por cierto ¿No traerían choferes adentro de ellos?
Y si eso ocurre con los autos, con las licuadoras, las ollas exprés, los hornos y las lavadoras no es menos grave la situación. Salpican las paredes, explotan por sí solas a la menor provocación, queman la comida y son capaces de manchar la camisa favorita del marido de la dueña, de la manera más vil que se pueda uno imaginar.
Las televisiones se encargan, en una especie de complot maligno, de fastidiarnos la existencia. Fallan en el final de la telenovela, se hacen que se les va la señal en lo más interesante del programa de Paty Chapoy (justamente cuando va a decir si Daddy Yankee es gay o no) y son capaces de congelar la imagen segundos antes de que empiece el partido de la final de futbol.
Los teléfonos celulares iluminan su pantalla, diabólicamente, cuando los hemos dejado olvidados en casa, en el momento exacto que nuestra esposa se encuentra cerca y, apenas ella ha tocado cualquier botón, ponen el mensaje de texto más comprometedor que tengan en sus demoniacas tarjetas de memoria (aun y cuando ya lo hayamos borrado, perdón, aun y cuando nunca nadie, ni en nuestras más húmedas fantasías, nos lo haya mandado).
Todos los trebejos mecánicos, eléctricos o electrónicos maquinan en contra nuestra, nos acechan pacientes y atentarán contra nosotros apenas tengan la menor oportunidad. Lo más irónico es que han sido creados, en nuestro triste afán de trabajar menos, por nosotros mismos.
Sin embargo, el enemigo más peligroso, más terrible y despiadado es nuestra propia computadora… ... mil disculpas, yo no teclee eso; les decía … ¡Maldita porquería!, perdón… este condenado aparatejo no me deja terminar… }:-) }:-) }:-) ¿Qué?... ¡No te atrevas!... Perdón señores, esta mugre me acaba de abrir un cuadro de dialogo en el que me informa que se va autodestruir en… diez… }:-) }:-) }:-) ocho… }:-) }:-) }:-) … tres }:-) }:-) }:-) … dos… }:-) }:-) }:-) ¡Luego les sigo contandoooo
Alejandro Hernández y Hernández
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