La humillación de Brasil, más que fútbol

La derrota de la selección brasileña ante el equipo alemán, es más que un resultado futbolístico. El futbol es en Brasil el principal generador de orgullo nacional, sobre todo de los pobres. Es una mística y quizá el único instrumento que conjuga la oportunidad para que ciudadanos de la sociedad más desigual de Latinoamérica y una de las primeras del mundo, puedan tener un camino de superación en conjunto con el espíritu nacional de Brasil como país. La propia leyenda de Pelé, oriundo de una de las favelas más pobres es un ejemplo.

La derrota es algo peor que terrible de acuerdo a la historia. Brasil había organizado en 1950 la cuarta edición de la Copa Mundial en donde la selección verdeamarela cimbró a su país al ser derrotada en la final de campeonato frente a Uruguay con un marcador de 2 a 1. 64 años después del Maracanazo, los brasileños querían sacudirse esa deuda histórica.

Ganar cinco Mundiales no es suficiente frente a la asignatura de ganar la gloria en su propio país, confesaban los diversos analistas y futbolistas del gigante del sur. Aunado a ello, los costos por realizar el Mundial que superan en más de 15 mil millones de dólares (el 85% de fondos públicos) en una sociedad tan asimétrica, plagada de altos índices de corrupción tanto en la esfera pública como privada, es un insulto para la sociedad brasileña.  Para el ejercicio de una ciudadanía más demandante de sus derechos, la derrota ante Alemania es más que un resultado de futbol. Si se cae el mito, se desatan los demonios y más cuando la crisis brasileña estaba contenida, en razón de un juego mediático de la Copa Mundial. Planalto, la casa presidencial intentó justificar la inversión insistiendo que eran más millones los invertidos en salud y educación en toda la historia de Brasil, lo cual puede ser cierto, pero la batalla de la percepción ganó entre los brasileños cuando se abusó de ciudades mundialistas haciendo estadios donde ni siquiera existen equipos de futbol (en contra de la propia advertencia de la FIFA) o bien la terrible calidad de obras, el más evidente un puente hecho para la justa deportiva que se desplomó.

Hace poco más de un año en la Copa Confederaciones se dio el primer manifiesto de que el boom brasileño había llegado al final. Los brasileños reconocían que los gobiernos democráticos desde el académico Cardoso y el emblemático Lula da Silva, habían sacado de la pobreza a 30 millones de habitantes, pero no había espacio para seguir en el laberinto de la corrupción, el desgaste de la clase dirigente, la mala calidad de los servicios de sanidad y educación.

Si Lula llevó a Brasil al mundo y a los BRICS además de lograr el Mundial y Olimpiadas (que desde México no había ocurrido en los juegos olímpicos de 1968 y el Mundial en el 70, en un país en vías de desarrollo), la crisis política con Dilma Rousseff, sentenció: “volvamos al interior que las cosas no están bien”. La célebre diplomacia brasileña de Itamaraty trabajó más para asegurar al mundo que Brasil transitaba por un período de escuchar las demandas internas, propias de una democracia vibrante. La propia mandataria ha insistido que no usará la fuerza para despejar las manifestaciones. Su origen en la guerrilla y sus convicciones democráticas las ha subrayado con excepción de que no toleraría actos de vandalismo. Después de todo Brasil seguirá en los ojos del mundo ante las Olimpiadas de Río de Janeiro en el 2016, asunto que hoy el Comité Olímpico Internacional ya ve con lupa.

La crisis brasileña viene "desde dentro". En los últimos años fueron del exterior. En un mundo interdependiente en el sistema financiero y Brasil como el tercer  receptor de Inversión Extranjera Directa en el mundo (en el 2013 recibió casi 65 mil millones de dólares en inversión productiva), un quebranto interno tendría repercusiones allende sus fronteras nacionales. Resurgiría la derecha privatizadora continental y tras las manifestaciones una élite procuraría la derrota en la reelección de Dilma Rousseff  y de su partido histórico, el PT.  Ello es más rentable y menos costoso...gracias al futbol, que injerencias en el proyecto de ALBA en Venezuela. Los planes de contingencia de la dirigencia del PT, que ha apostado a ser una clase dirigente y no una élite en el poder como los grupos conservadores de Sao Paulo, deberán tener más que creatividad y honestidad política para octubre, fecha de las elecciones presidenciales, pero también para los próximos 20 años. En ese desafío la socialdemocracia tendrá un reto formidable de responsabilidad política más allá de dar la pelea por regresar al poder.

Pero, ¿a quién le conviene una crisis brasileña? Le conviene a EEUU y sus grupos conservadores, incluidos sectores ultraderechistas de Florida. ¿Qué logra?

1- Debilitar al segundo esfuerzo de integración supranacional sólo después del europeo que es el MERCOSUR, además de vulnerar los esfuerzos de los BRICS y al chavismo venezolano, que aunque agotado por Maduro, sigue de pie.

2- Impulsar una derecha privatizadora en el gobierno brasileño despejando las opciones políticas que han aprendido a regular con responsabilidad desde el Estado además de tener políticas de distribución de la riqueza.

3- Detener a China en su presencia en América Latina, de manera especial en América del Sur, donde se ha convertido en el principal socio comercial para varios países y donde EEUU ha prácticamente abandonado la región. Recuperar esos espacios perdidos es urgencia que va más allá de la administración de Barack Obama.

4- Consolidar la idea que la crisis global sólo se soluciona con más neoliberalismo, pero unipolar no multipolar.

5- La caída de Brasil, arrastra a Argentina y se pueden paralizar todas las acciones regionales contra los fondos buitres que en EEUU están haciendo el gran negocio del siglo en base a la deuda argentina.

Un partido entre Honduras y El Salvador en 1969 fue pretexto para una guerra entre ambos países. La caída de la leyenda brasileña en su propio hogar puede ser más arriesgado y se entenderá que el deporte de la patada es más, mucho más que eso. Saber canalizar el descontento social cuando el dique se ha roto será tarea monumental para todos los brasileños, pues a nadie le conviene ni en Brasil ni en América Latina ni en el mundo reeditar un efecto samba al cuadrado.

 


 

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