Tinta, no sangre; lente, no mira…

La expresión tiene un aliado, más que complemento, es un instrumento para tratar de comunicar. No se trata de un texto en el mirador de la posteridad, ni un ensayo que encumbre una teoría, sino de acreditar en el presente los diversos caminos que van cimbrando el entrecruce de turbulencias entre historia y futuro. Eso hace el periodismo que tiene una noble misión, informar, pero también sensibilizar contextos, actores, acciones y dar viento al debate que construye.

La tarea periodística es de vocación cuando se sabe comunicar con claridad, contundencia y prueba de fuentes confiables. No es una isla el periodismo, aunque en batallas de una soberbia intelectual se le encasille así. Siempre tiene un puente con la realidad, una cruda realidad que marca distancias de años luz con saber ser independiente del poder político que añore cambiar la dirección de ese puente. ¿a que dirección? A la de la autocomplacencia del gobernante que tiene caducidad institucional, a la del cacicazgo que en pleno siglo XXI sigue afirmando que las batallas democráticas son del papel, a la farsa de la adulación al mesías y a la actitud cancerosa de buscar divisiones que enfrentan al tejido social consigo mismo.

No es casual que diversidad de hombres hayan abrazado al periodismo en diversas fases de su vida en la política, el arte e incluso en las guerras. De cuando en cuando, excepciones en el corredor de la política aparecen recopilaciones de artículos periodísticos de hombres que han inspirado más que luchas políticas, la edificación de nuevos rumbos históricos. Lo que escribieron desde el aula universitaria, levantan ancla décadas después.

En la línea periodística, entre líneas, informando, debatiendo y exponiendo, sale a la luz el rayo de un batalla. ¿Cuántos corresponsales cubrieron con magistral visión eventos históricos? ¿Cuántos hombres con investiduras supieron ejercer el periodismo en capítulos de nacientes estructuras? Tan sólo un Ernest Hemingway en la Guerra Civil Española siendo corresponsal o un Octavio Paz, describiendo “el silencio que nace cuando se hace la paz” cuando nacía la ONU en San Francisco.

El periodismo como medio, instruye la vocación. Un medio para informar, para sembrar conciencia crítica y para identificar acontecimientos. En los distintos caminos algunos retoman la misión del periodismo y otros nunca la abandonan porque es la carrera de vida que abrazan. Los primeros, entran a una nueva fase que no cualquiera se percata, saben y conocen a los medios, al oficio, lo respetan y entienden los códigos. Los segundos, cultivan su misión como apostolado y en nuevas luchas entre la prensa escrita y casi olvidada con el poder de los medios electrónicos masivos. La nueva dimensión, casi mágica del Internet, otro instrumento que bien recuerda que antes de tuiteros, son ciudadanos (y a veces unos ciudadanos de consigna o pago….) y no alquimia cuantitativa que parece desafiar cualquier valoración cualitativa.

Ryszard Kapuscinski, decía que en el buen periodismo, además de la descripción de un acontecimiento, tiene también la explicación de por qué ha sucedido; en el mal periodismo, en cambio, encontramos sólo la descripción, sin ninguna conexión o referencia al contexto histórico.

Sí la Declaración Universal de Derechos Humanos establece en su artículo 19 la libertad de expresión y en los diversos mandatos constitucionales aparece con su responsabilidad máxima, ejercer el periodismo responsable sigue siendo una de las actividades más peligrosas del mundo. El dique se rompe cuando la tinta se convierte en sangre y el lente en mira de rifle para cegar una vida. Vergüenza cuando se asesina y se calla de manera cobarde, y más cuando se trata de latitudes donde los “procesos democráticos existen”, ya no por referir naciones donde es un anhelo las elecciones o un mínimo de Estado.

Un periodista libre es uno de los conductos del puente democrático. Cuando se silencia, el puente vulnera confianza y sostén democrático demostrando no una sociedad y gobierno de la mano, sino una vival lucha entre clanes, resbaladilla pre moderna y rupestre de lo que llamamos Estado democrático, al que aspiramos ser y que es el principal apostolado de un periodismo libre.