Tu Nombre me Sabe a Hierba

La prohibición ha hecho eso y mucho más. La prohibición hizo al tráfico de drogas –especialmente al de la marihuana–, más atractivo y rentable; hizo de la criminalidad una forma de vida y ayudó a que la corrupción permeara hacia todos los ámbitos: sociedad y gobierno en sus tres niveles.

Hay varios mitos que se tejen en torno a la marihuana. El primero es sobre el consumo, el cual aparentemente no está penalizado pero ante una autoridad (o cuerpo de autoridad) corrupta, se hace fácil criminalizar a quien la consume haciéndolo pasar por vendedor. Por ello (y no por otra cosa como muchos suelen afirmar), es que algunas cárceles efectivamente tienen una sobrepoblación compuesta por consumidores que, ya en la cárcel, sí aprenden en un buen número a ser criminales.

El segundo mito (que va de extremo a extremo) es que la marihuana te vuelve creativo o te vuelve idiota. Ni una, ni otra. La marihuana es un estimulante –igual que el alcohol, pero menos adictivo–, que podría eventualmente ayudar a generar una gran idea tanto como ayudar a decir una estupidez. Como toda droga (alcohol y tabaco incluidos), estimula algunas funciones cerebrales y crea un tipo de adicción, mayor o menor, de acuerdo con una sola cosa: la cantidad que se consume. Es un hecho que si se consume poco (y sí se puede), crea una adicción menor que si se consume en grandes cantidades.
El tercer mito es sobre la legalización misma. Cuando la ley seca terminó en el Chicago de los años veinte, no se terminaron los bebedores de alcohol: se acabaron los gángsters. Es decir, la prohibición lo único que ha ahijado es el incremento de cárteles que cuidan la producción, traslado y comercialización de la marihuana a costa de derramar mucha sangre. Legalizar (o regular) más allá del consumo con los fines que el consumidor requiera, sería un gran paso para cortarle al crimen organizado lo que más necesita: ingresos.

Un mito más va en función de lo que el gobierno hace o deja de hacer con respecto a la atención de adicciones. Muchos señalan (no sin algo de razón), que el gobierno estaría rebasado en atender adictos a la marihuana. Supongo que imaginan cantidades desmedidas de gente llegando a solicitar ayuda para su familiar o para sí, con tal de deshacerse del vicio. No va por ahí. El gobierno mexicano invierte cada año más de 45 mil millones de pesos en atacar sólo cuatro de las enfermedades relacionadas al tabaco; incluso podría ser más porque entre 15 y 20 tipos de tumores malignos son provocados por esta adicción.

El presupuesto para la atención a la adicción al alcohol (por cierto, la adicción más recurrente y costosa de todas), es de casi la misma cantidad que la destinada al tabaco; de hecho, lo que se lleva el 10% del presupuesto del sector salud es la atención al sobrepeso y obesidad por la cantidad de enfermedades relacionadas con ellos. Y ahí hay un tema de probable adicción que implica otro análisis.

En cambio, el Centro Nacional para la Prevención y el Control de las Adicciones (CENADIC), ha visto reducido cada vez más su presupuesto anual debido a que los aumentos presupuestales van destinados a la atención, no a la prevención. Es un hecho que el gobierno al no haber entendido el asunto, no ha sabido comunicar y ha generado –como ya es su costumbre–, una mayor confusión sobre el tema. Es en la prevención de adicciones, todas, cualquiera, donde debería enfocarse una política seria de Estado.
De acuerdo con la estrategia de combate a las adicciones presentada por este gobierno desde el inicio de su gestión, hay 12.7 millones de adolescentes expuestos a usar o consumir drogas (con un número similar de adultos). En ese sentido es muy importante aclarar dos aspectos: el primero que la cifra se refiere a cualquier tipo de droga (entre las que se incluye el tabaco y el alcohol), y el segundo que los adolescentes expuestos consumirán –de así quererlo–, con marihuana regulada o no. Es decir, que es muy importante que el asunto del consumo es importante verlo desde la perspectiva de que existe, haya o no acuerdo para regular.

Hay un dato que a muchas buenas conciencias les resultará inaudito: no hay escuela o lugar de esparcimiento en las zonas urbanas del país donde un adolescente que quiera, no encuentre cualquier tipo de droga. Sin embargo hay otro par de datos que deberían parecerles alentadores: ni todos consumen –porque, ojo, a nadie obligan–, ni una enorme mayoría de quienes han consumido por primera vez vuelven a hacerlo, a diferencia del alcohol o el tabaco.

Un último punto a considerar –aspecto obligado, sin duda–, es el que toca al consumo visto como el respeto a la libertad individual que, como en todo caso, no debe afectar derechos e intereses de terceros. Finalmente el tratar a la ciudadanía como adulto (aunque muchas veces parezca no merecerlo), también es un paso a enfrentarla, en este particular sentido, a las consecuencias de sus propias decisiones tal y como sucede con el aborto, el voto, la libertad de culto o con libertades como la afiliación y la expresión –y ya en ese tono–, también con la libertad de consumir alcohol o tabaco.

La libertad, a final de cuentas, es un hábito que uno tiene que adquirir, no es sólo un privilegio que se nos otorga.

Nos leemos la próxima semana. Los invito a seguirme en Twitter como @ManuelMR.