Tres Millones de Dólares

Los paraísos artificiales acaban en infiernos naturales, escribía en este libro su autor, suponiendo la posibilidad de una occidentalización en los países islámicos y el asumir que en esta región la política está sometida a la religión.

En 1998 –ya muerto Khomeini–, y en el marco de un acuerdo diplomático que ampliaba los apoyos comerciales de Gran Bretaña a Irán, la fatwa fue levantada por el gobierno iraní, pero como esta sólo puede ser revocada por quien la emitió (Khomeini) y éste había muerto 9 años antes, la cacería contra Rushdie continúa hasta nuestros días sin importar ya si se les paga por matarlo o no.

Hace una semana en Beirut, el grupo extremista que se denomina Estado Islámico provocó la muerte de cuando menos 41 personas y, un día después en París, en diferentes atentados, mató a cuando menos 127 personas en uno de los días más negros que se hayan registrado en lo que va de este siglo y conformándose sin duda como el grupo terrorista más peligroso en la actualidad.

El Estado Islámico está formado por un autonombrado Califato que controla un territorio importante entre Siria e Irak y cuyo líder (político y religioso de acuerdo con la Sharia), pretende obtener el apoyo de todos los gobiernos islámicos en contra de Israel, Estados Unidos y algunos de sus aliados de Occidente para “liberar Jerusalem”.

Un año después de la invasión en Irak, Abu Musab Al-Zarqawi (el jordano que creó el grupo radical Tawhid Wa Al-Jihad), juró lealtad a Osama Bin-Laden y fundó la célula de Al Qaeda en Irak. Sin embargo, después de la muerte de Zarqawi en 2006, al Qaeda creó una organización alterna llamada el Estado Islámico de Irak (ISI, en inglés).

Esta organización fue debilitada por las tropas de Estados Unidos y por la creación de los consejos Sahwa (Despertar), liderados por tribus sunitas que no estuvieron de acuerdo con la brutalidad de ISI (chiíta).

En 2010, Abu Bakr Al-Baghdadi se convirtió en el nuevo líder y reconstruyó la organización. En 2013 se unió a la rebelión contra el presidente sirio, Bashar Al Assad, junto al frente Al-Nusra, grupo terrorista asociado a Al Qaeda que opera en Siria y Líbano. En abril de 2010, la fusión de los grupos de Irak y Siria crearon ISIS (Estado Islámico de Irak y el Levante). A mediados de 2013 –ya consolidado el control sobre diferentes puntos importantes de ambos países–, cambia su nombre a solamente Estado Islámico.

Sin embargo, el Estado Islámico –aunque representa una de las células más violentas del radicalismo musulmán que se han registrado hasta ahora–, puede ser vista como una de las muchas manifestaciones de la responsabilidad que Occidente ha tenido en el escalamiento del yihadismo hasta llegar a lo que ahora estamos viendo.

No es necesario remontarse mucho en la historia de las intervenciones occidentales en el mundo árabe: el tratado Sykes-Pycot de 1916 sobre reparto del medio oriente entre las potencias coloniales de Francia y Gran Bretaña; la posición occidental en el conflicto árabe-israelí; al colonialismo francés en Argelia; el golpe de Estado en Irán contra el gobierno progresista de Mosaddeq a principio de los cincuentas; el apoyo permanente a las autocracias petroleras de Arabia o a las dictaduras pakistaníes. Una gran parte de lo que estamos viendo hoy, tiene raíces en toda esta historia.

Hay mucho de doble moral en los discursos que hoy escuchamos. Occidente ha contribuido a destruir países que, a pesar de ser dictaduras –incluso políticamente despiadadas–, eran países estructurados dentro de la región, y la intromisión de Occidente no ha sabido cómo edificar nada en cambio, es decir, ha sabido destruir pero ha sido incapaz de construir algo mejor. Y no vale la excusa de que el objetivo era acabar con dictaduras crueles, cuando los mismos países occidentales tienen como aliados a gobiernos corruptos y dictatoriales por todas partes; sólo hay que mirar a la propia Arabia Saudita.

Es a partir de la invasión soviética a Afganistán (curiosa lucha entre un gobierno marxista y un fundamentalismo islámico) y la persecución a los muyahidines –el grupo rebelde que encontró ayuda en Estados Unidos–, que el apoyo económico y logístico tanto de EUA como de Arabia Saudita comenzó a fluir. Ronald Reagan calificó a los muyahidines como “luchadores de la libertad” (un enfebrecido Hollywood mandó a Rambo a ayudarlos), sin enterarse que entre ellos estaba Osama Bin-Laden, creador de Al Qaeda, fuente del yihadismo actual.

Ya después vienen los conflictos donde Bush decide atacar Irak con un pretexto jamás verificado desapareciendo el Estado iraquí pero, como ya mencioné, dejando de construir algo cualitativamente mejor, expandiendo con ello el islamismo radical a través de una rama de Al Qaeda.

Nuevamente, en 2011, se vuelve a dar esta situación ahora en Siria, cuando hay un levantamiento contra la dictadura laica de los Assad y los rebeldes wahabitas vuelven a contar con el apoyo de Estados Unidos, Arabia Saudita y Qatar, y quienes, basados en doctrinas fundamentalistas islámicas generan un conflicto armado donde nace y crece el Estado Islámico que aprovecha Estados fallidos (como Somalia o Yemen) para expandir esta forma aún más violenta de yihadismo.
Acostumbrados como estamos a generalizar (la generalización es la madre de los prejuicios y los prejuicios son la razón de los tontos –decía Voltaire–), tendemos a pensar el en “malvado” cuando este es tan diferente a nosotros.

Occidente ha querido ver occidentalizado a todo el planeta a lo largo de la historia y no ha sabido respetar otras formas de cultura por muy grotescas que, a nuestros tan occidentalizados ojos, parezcan.

Nada justifica la violencia y nada justifica los crímenes cometidos en Beirut, París o el posible desplome del avión ruso. Absolutamente nada.
Sin embargo hay cosas que nos ayudan a entender el fenómeno y equilibrar las culpas. Dice mi amigo Fidel (@rampateg): “La guerra no es un asunto de buenos y malos. La guerra es un asunto de muertos”.

Nos leemos la próxima semana. Los invito a seguirme en Twitter como @ManuelMR.