Vidas pasadas

Vidas pasadas

 

Mi ciudad está llena de gente que, según los budistas, fueron otras personas diferentes en vidas pasadas. Los que creen en la reencarnación aseguran que todos hemos sido otro ser antes de nacer en esta vida. Quizá humano, quizá animal, todo depende de cómo nos hayamos portado.

Partiendo del punto de vista de esas creencias, mucho me gustaría saber quién fui en una vida anterior y por qué diantres estoy pagando un karma de escritor atormentado en esta.

Aunque francamente, con todo el respeto que me merecen los que sí creen en la reencarnación, yo dudo que sea verdad esa aseveración. No imagino filas de almas esperando a entrar en cuerpos de chamacos chillones, ni espíritus enanos de cucarachas haciendo cola para reencarnar en un exterminador de plagas —digo, como hay que evolucionar—.

En fin, ya habrá oportunidad de comprobarlo; siempre y cuando, una: sea verdad; y dos: que los que sí creen no vayan de chismosos con el que recicla las almas y reparte los cuerpos y, en castigo a mi incredulidad, me mande reencarnar en pavo real. Sí, sé que no es un animal tan feo, pero nadie me quita la idea de que es como un guajolote gay.

Algo que siempre me “brinca” cuando escucho hablar a los convencidos de la reencarnación es el hecho de que, en sus vidas pasadas, todos  han sido reyes, princesas, generales, reinas madres, etcétera; nunca he escuchado a alguien decir: “En una vida pasada fui un cerdito botijón y morí invadido de triquina”; “yo fui el que le cortó la cabeza a María Antonieta”, “la Llorona fue mi mamá y me dio ‘chicharrón’ en uno de sus ataques” o, ya de perdida “Yo era sacerdote azteca y le dije a Moctezuma que había llegado Quetzalcóatl; me equivoqué ‘regacho’, lo que tenía que decirle era que nos iban a conquistar”.

Ninguno dice que en una vida pasada fue una prostituta inglesa en la época de Jack el destripador, ni que se murió de hambre porque los clientes tenían miedo de salir por las noches; o que fue un tlaxcalteca traidor, de esos que se pusieron de acuerdo con los españoles para darle en la torre a los aztecas. No, todos fueron héroes, mínimo sirvientes de uno que “las podía”. Aunque hay algunos que son un poco más humildes —y desentendidos— que dicen que fueron la esposa de un molinero y que vieron pelear a Don Quijote con las aspas de su molino.

Y ya entrados en gastos, ¿por qué no imaginar posibles vidas pasadas? A mí me hubiera gustado ser uno de los Borgia y organizar unas “pachangonas” de miedo con camisones mojados en la fuente de Trevi; o tal vez un jeque árabe riquísimo, con un harem de veinte esposas y una necesaria dotación diaria de ostiones del Golfo de Omán.

Eso sí, jamás Van Gogh, la madre Teresa o Gandhi. Esto porque, perder una oreja es un riesgo latente por tanto secuestrador con imaginación que anda suelto; dar hasta que duela igual —nomás vean el paquetito económico que nos quieren endilgar para el otro año— y una huelga de hambre el día menos pensado me la aviento de a fuercitas. Se trata de irse superando, creo, no de ir empeorando.

¿Pero saben sí quién, pero ni de chiste, me hubiera gustado ser en una vida pasada? El monje portero de un monasterio en tiempos de la Colonia.

Vean porque: imaginen un convento, de esos monumentales que los franciscanos se aventaban antes —sin lástima caramba, que al fin no eran ellos los que los construían—, algo así como el de Santo Domingo, en Oaxaca.

Los que ya lo hayan visitado ubíquense en donde está el jardín de los cactus; a la derecha estaban las celdas de los monjes, sitúense en una y vean al monje portero dándose de reatazos en la penitencia de la tarde, ya bien “calientito” —como nos decía mi madre después de una cinturoniza— imagínenlo durmiendo plácidamente después de cenar un pan seco y chocolate con agua ¿Ya lo ubicó? Bien, de pronto a mitad de la noche tocan el portón del convento, ¿quién se para a abrir? Exacto, el monje portero.

Y ahí va, se pone el habito, se enrolla en su sarape y baja doscientos treinta y dos escalones, cruza la biblioteca, camina por el salón principal —dos mil metros cuadrados de construcción—, echa carrera por los corredores, por si La Llorona, atraviesa la huerta y pisa algo blandito blandito, ¡chin… otra gracia del padre Prior!, —cuando le caen “de peso” las tlalludas caiga donde caiga—, se limpia las sandalias en el pastito y se dirige al atrio; camina cien metros hasta la sacristía de la capilla, que es donde guarda las llaves, las toma  y le da un rodeo a la huerta para no pisar otra “prioridad” (los golpes en el portón cada vez son más apremiantes), se apresura por si es alguien que necesita la extremaunción, se tropieza con el cordón del hábito, se levanta, corre los últimos treinta metros del recibidor y llega por fin. Quita dos cadenotas como de alma en pena, una tranca de encino verde, tres pasadores oxidados y una piedra bola de río; cuando, empapado en sus propios jugos abre, ve a un naquito con una olla humeante que le dice: “¡Padrecito! Qué no me compra los ricos tamales… tamales oaxaqueños… de dulce, de rajas, de mole… llévelos, calientitos…” ¿No es como para morirse pidiendo ya no reencarnar nunca más?

Alejandro Hernández y Hernández

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