Mi ciudad es un sitio lleno de personas con nombre propio, y casi cada una de ellas, por una costumbre muy arraigada en nuestro país, con un apodo.
Dios creó a Adán y al mundo en menos de siete días. En cambio Adán, después de tomar posesión del paraíso, debe haber tardado décadas en ponerle nombre a todas las cosas. Situación muy normal en un mundo recién estrenado.Me imagino a nuestro padre Adán, caminando y nombrando cada cosa que veía. Que pisaba hierba, hierba le ponía; que después vio que había de muchas clases, pues muchos nombres les inventó para no confundirse. Al principio debe haber sido relativamente fácil, zacate al zacate, tréboles a los tréboles y epazote al epazote. Los problemas deben haber empezado cuando vio que, entre más nombres se inventaba, más hierbas se encontraba; y lo mismo debe haberle pasado con los animales, las piedras y todas las demás cosas.
La solución a sus problemas nominativos llegó cuando Dios hizo a Eva, pues las mujeres son buenísimas para poner nombres y hasta de a dos o tres le inventan a cada cosa. De ahí que Juan Pérez, así bautizado y así asentado en el Registro Civil sea llamado, por su mujer en el entorno doméstico, con apodos cursilísimos: “Pichurris”, “Gusanito” o, el muy clásico, “Puchunguis”.
Esta costumbre de poner sobrenombres, sin embargo, permeó del género femenino a la sociedad en general y se implantó como una práctica común en todas partes, en todas las culturas y en todos los ámbitos sociales y económicos.
¿Por qué y para qué se le llama con un apodo a alguien si éste ya tiene un nombre? Sólo Dios, y el que lo pone, lo saben.
Pudiera ser —ya entrados en concebir una hipótesis— que poner un sobrenombre sea una técnica de nemotecnia instintiva que permitiría, al que apoda, recordar cara y circunstancias del apodado. O tal vez una forma de burlarse discretamente, o de vengarse, con una ocurrencia socialmente aceptada, de él o ella.
El apodo puede llevar todas las buenas intenciones del mundo y agregar, al apodado, características heroicas, humanísticas e intelectuales; o ser —en la mayoría de los casos— el más devastador de los estigmas sociales. Nunca será lo mismo que le digan a uno “el matador”, Pérez o López; que “el matadito”, López o Pérez.
Así entonces, tenemos apodos célebres cuyos propietarios no se concebirían igual sin ellos: Benito Juárez, “El Benemérito de las Américas”; Miguel Hidalgo, “El Padre de la Patria”; Napoleón Bonaparte, “El gran Corzo”; etcétera. U otros, menos virtuosos pero no menos célebres: Jack, “El destripador”; Daniel Arizmendi, “El mocha orejas” y muchos otros más por los que nadie quisiera ser conocido.
Muchos apodos, sin embargo, no admiten en su designación características de personalidad, sino de estructura física. De ahí que conozcamos a tantos “Pollos”, “Tinacos”, “Porkis”, “Mantecas”, “Charales” y “Volovanes”. Algunos más obedecen a dificultades verbales en la infancia del apodado, o en la de sus hermanos menores: “Mamicho” por Mauricio; “Tela” por Estela, etcétera. Están también los de las damas de sociedad: la “Chiquis” Torrentera, La “Nena” Gorostiza u otros por el estilo, que aluden a épocas más núbiles de las, muchas veces, ya ajadas propietarias.
Otros van aparejados al oficio que desempeña el bautizado: “el Tuercas”, “el tabiques”, “el remache” o “el resobado”. En este rubro profesional, y más directamente en el ámbito burocrático, el jefe siempre es “el Ogro”, “el Rabietas” o el “maldito desgraciado hijo de su &%#$%#”.
Están también los que los publicistas —más en uso en tiempos ya idos— les consiguen a los artistas: “El tenor continental”, “El flaco de oro”, “El lujo de México” o, el muy falto de verdad histórica: “Novia de América”.
Como estos ejemplos ustedes, seguramente, conocerán muchísimos más, y si no es así seguramente los inventarán porque poner apodos es una costumbre, sino sana, sí bastante gratificante. ¿Porque dígame si no, ahora que vea a un gordito chaparrito, y que además sea su conocido, no va a empezar a buscarle un sobrenombre? “Tapón de alberca” es muy bueno, pero ya está bastante choteado.
Cuando estaba en la primaria, un grandulón de sexto año —yo estaba en quinto— me puso un apodo —que por falto de ingenio nunca caló en el ánimo de mis conocidos, pero sí en el mío— y siempre que me lo encontraba me lo decía. Esto fue al principio del ciclo escolar. Como yo no quería pasar a la historia siendo conocido así me decidí a terminar con esa situación. Un día —lunes de homenaje a la bandera— llegué a la escuela llevando tres tomates maduros —que sustraje de la alacena de mi madre— y, no bien habíamos empezado a formarnos, se los aventé en la ropa.
Si bien nos expulsaron a los dos porque nos peleamos en plena formación, ese día también se inventó una de las frases más famosas de que se tenga memoria. No fue la mentada de madre —esa ya existía—, sino una frase universalmente usada hasta nuestros días. Cuando el susodicho se vio lleno del rojo puré, antes de echárseme encima, exclamó: ¡No manches buey!
P. D. “Buey” no era mi apodo. Y no se les ocurra decirme así porque desde entonces, si bien no traigo tomates en mis bolsillos, sí porto una bolsita Abre-fácil de salsa “Valentina”. Por si los apodos nomás.
Alejandro Hernández y Hernández
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