El difícil oficio de ser xalapeño

El difícil oficio de ser xalapeño


Mi ciudad es Xalapa y aquí viven, obvio, xalapeños, aunque ya muy pocos, o cuando menos pocos químicamente puros. Y es que el otro día que vino a visitarme un pariente que vive en el Puerto de Veracruz, y mientras lo estaba oyendo hablar, llegó a mí una especie de iluminación. Algo que acabó de abrir mi entendimiento hacia un conocimiento que antes ya me había devanado los sesos al grado de la calvicie.

Supe en ese momento crucial, de los que se dan sólo una vez en la vida, que una teoría, que desde que estaba en la secundaría he ido escribiendo, era cierta como la Biblia.

Ésta, en su esencia, sólo tiene un axioma: Los xalapeños somos unos entes que, como los mayas, estamos condenados a desaparecer.

¿Qué cómo oír hablar a un jarocho me llevó a comprobar mi teoría estudiantil? Pues, ahora les cuento; pero primero déjenme citarles algo de la Teoría de la Desaparición del Homus Xalapeñus, que es la que he estado escribiendo desde la secundaria: “Este antepasado, cuyos más antiguos vestigios se encuentran en las piedras encimadas (como tres del tamaño de un tabique, nada más) que están por el rumbo del Macuiltepetl; ha transitado en la historia con la misma majestuosidad de un guajolote cuando se esponja; esta situación es lo que lo llevó, en la antigüedad, a desaparecer casi de la faz de la tierra y la misma que, en la era moderna, nos tiene, a sus descendientes, al borde de lo mismo.”

Aquí mi teoría tiene un bache, pues la razón de esta cretina esponjosidad (como la esponjosidad del guajolote), no me queda claro aún; sin embargo, debo decir que por alguna razón, la misma que no he encontrado, los xalapeños de pura cepa (iba a poner sepa, de sepa la m… pero es cepa, de estirpe) nos sentimos hechos a mano. Yo me figuro que cuando los antiguos dioses nos hicieron nos pusieron mucho de orgullo y poco de modestia; así que, para cuando los conquistadores españoles llegaron nosotros, en vez de pelear contra ellos, nos les arrejuntamos para codearnos con la clase dominante, lo que a la postre dio, en la época de la Colonia, con una promiscuidad de tlatoanis nativos con condes y duques europeos. Circunstancia que nos ha llevado hasta el día de hoy a presumir de tener, los xalapeños de pura cepa (de cepa, de estirpe y no de sepa, de sepa la m… etcétera), antepasados españoles; esto con todo y que seamos más prietitos que un volador de Papantla requemado por el sol.

Así que de ahí creo que nos viene esa falsa fastuosidad con que los xalapeños nos movemos por la vida; y también, todas las particularidades que nos hacen una raza amenazada por la extinción. Pondré unos ejemplos:

Si usted no es xalapeño (olvídese de la cepa o de la sepa) sabrá que entablar relaciones con un nativo de esta ciudad será en grado sumo difícil, harto complicado, cuando no imposible. Somos taimados, vemos de reojo, somos desconfiados por naturaleza y nuestros círculos sociales son cerrados; a estos sólo se puede entrar con invitación o por accidente, nunca damos una dirección cuando nos preguntan y si podemos nos hacemos los sordos. No somos como los jarochos que hasta te acompañan a donde vas; o como los chilangos, que también te acompañan… pero para ver qué te quitan; pero aún con todo y te acompañan. A final de cuentas, los xalapeños sólo hablamos y nos entendemos entre nosotros y ya casi nomás nos reproducimos entre nosotros mismos; sin embargo, como somos tan sangrones a veces ni entre nosotros nos aguantamos por lo que, concluyo en mi brillante teoría, tarde o temprano vamos a desaparecer.

Y es que volviendo a lo del pariente porteño que llegó de visita y que me sirvió para acabar de completar mi hipótesis, sucedió que oyéndolo hablar me di cuenta que aunque él no dijera de dónde era por el puro hablar se le conocería. En cambio los xalapeños no hablamos de ningún modo; ni cortamos costeñamente las palabras en las vocales como los jarochos, ni hablamos a pujiditos como los peroteños; ni tenemos el sonsonetito de los naolinqueños, ni empleamos muletillas como “primo” o “pariente”, como los sotaventinos. Mucho menos tenemos el desparpajo de los tuxtleños; o la franqueza huasteca de los panuquenses. Si acaso lo que nos delataría sería un sonoro “abrón”, dicho en un momento de incredulidad.

Y ya entrados en carencias acotemos que no tenemos para comer, a manera de identidad, tortas ahogadas como los tapatíos; o chongos zamoranos como los michoacanos; o enchiladas mineras como los hidalguenses; o mole negro como los oaxaqueños. No tenemos más monumento distintivo que el monumento a la madre, porque ni modo que ni de madre podamos presumir; no poseemos, a fin de cuentas, más que el orgullo de haber sido Xalapa de las Ferias (en el siglo XVIII); Xalapa de las Flores (en otro tiempo más húmedo también) y ya mero no nos queda ni el orgullo de ser la Atenas Veracruzana. No teníamos ni libramiento, para acabar pronto. Pero ya lo inauguraron y lo pusieron de a cien pesos, como pa que nadie nos visite.

A lo más que podemos aspirar es a tener los chiles xalapeños, que ni se dan, ni se dieron, ni se darán nunca y ni ya tampoco se empacan aquí. Triste es reconocer que los xalapeños, para presumir, no tenemos más que un chile hipotético, o sea: puro chile.

Pero no teman, ya tenemos la “Araucaria” de Sebastian, que ni tampoco es de aquí, ni el árbol es de aquí, pero es el símbolo que la xalapeñidad necesitaba ¡Gracias!

Así que, si usted quiere analizar mi teoría, hágalo y cuénteme qué concluyó; a lo mejor y encuentra algo que, verdaderamente y sin remitirnos forzosamente al pasado, nos distinga como xalapeños y a la larga, eso mismo nos mantenga en el mapa.

Alejandro Hernández y Hernández
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