Mi ciudad fue Xalapa de las ferias, luego de las flores y aún es la Atenas veracruzana, sin embargo, no tardando su apellido será: de los ambulantes.
En esta ciudad hay tantos vendedores ambulantes —informales me parece más apropiado— en las calles que baches, lo cual ya es decir bastante.
El problema del comercio informal es tan viejo como Xalapa misma, pues el hecho de que se hiciera famosa en la antigüedad por sus ferias revela su vocación por los puestos callejeros y el comercio informal. Si a ello agregamos la displicencia de quienes la han gobernado a lo largo de su historia, tendremos el génesis del ambulantaje más que claro.
No es éste, desde luego, un asunto exclusivo de nuestra ciudad, sin embargo, tratándose esta columna de temas locales trataré de enfocarlo particularmente.
Hoy por hoy el asunto del comercio informal parece insolucionable, pues más que una circunstancia administrativa —como la de quitar a los que venden en calles y áreas públicas de donde están— es un problema social y político que nadie quiere abordar como se debe. Es decir, en el supuesto caso de que se pudieran borrar de un plumazo todos aquellos que venden en las calles, parques y áreas públicas de la ciudad, la cantidad de personas que se quedarían sin un modo de ganarse la vida sería monumental, casi el 4% de la población laboralmente activa, según cifras del INEGI del año 2000. Además, claro, de la dificultad de hacerlo por los convenios y entramados que los líderes de los comerciantes informales y gobernantes establecen en base a cuestiones políticas y, digámoslo aunque suene feo, económicas.
El asunto también parece ser de usos y costumbres, pues de algún modo el establecerse en una banqueta, parque o lugar público, le crea al comerciante informal cierto tipo de derechos, tanto o más fuertes que los que tienen aquellos que están en el sector formal. Y ejemplos hay muchos, pues un comerciante establecido puede en cualquier momento ver clausurado su negocio por alguna falta administrativa y no poder hacer nada; en cambio un informal es casi dueño, y ente inamovible, del lugar del que se ha apropiado. Mi memoria trae a colación una frase maravillosa que ilustra esto último, dicha por nuestra actual alcaldesa, refiriéndose a los vendedores que usufructúan diversas áreas del parque Juárez: “no se pueden quitar porque ya son parte del paisaje urbano”.
Es innegable que también se trata de un asunto de dinero, no del que se reparten subrepticiamente los inspectores del Ayuntamiento y los líderes que “venden” las banquetas como si fueran suyas, que también cuenta y mucho, sino del que perciben desarrollando su actividad quienes se han decantado por la informalidad, pues mientras un empleado de mostrador, por ejemplo, gana dos salarios mínimos, un vendedor de elotes y esquites puede estar ganando lo doble o lo triple —y en menos horas de trabajo−.
Así puestas las cosas el asunto no parece nomas de quitar por quitar, sino de entender el trasfondo del problema y tratar de establecer las bases que lo solucionen. Un buen comienzo sería fortalecer la cultura empresarial entre los comerciantes informales, pues no siempre la informalidad se trata de un asunto de falta de dinero, pues muchos de estos comerciantes llegan a poner sus puestos en grandes camionetas y tienen varios empleados —informales y sin prestaciones laborales también—, lo cual nos dice que sí tienen dinero pero que prefieren vender en las calles para no pagar impuestos, rentas, servicios, etcétera. Asimismo urge una reeducación de la población en sus hábitos de consumo, pues no son pocas las veces que habiendo un negocio de comida y un puesto callejero en el mismo lugar, el negocio establecido se encuentra vacío y el negocio informal está lleno a pesar de la insalubridad y la incomodidad. Para abundar en ejemplos pongamos el caso del popular Marquitos, amo, dueño y señor ya del primer tramo de la calle Clavijero, el cual todos los días tiene miles de clientes alrededor de la carcacha en la que vende; si a ese señor lo pusiéramos en un local, limpio, con agua potable, con baños y con sillas y mesas, tengan la plena seguridad de que aunque estuviera en la misma calle la gente no acudiría en la misma cantidad como lo hace ahora. Los mexicanos somos así, tenemos la mentalidad de un tameme precolombino y preferimos “taquear” a cielo raso y “sobre la marcha”, que sentarnos comer en una fondita, aunque cueste igual la comida en ambos. Por eso el comercio informal, creo yo, es un mal que sólo lo va a curar el tiempo… el tiempo del Apocalípsis.
Alejandro Hernández y Hernández
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