
CIUDAD DE MÉXICO, 6 de agosto (Al Momento Noticias).- El lunes 6 de agosto de 1945 a las 8:00 AM, el presidente Truman de Estados Unidos ordenó arrojar la primera bomba atómica del mundo sobre Hiroshima. Tres días después, el 9 de agosto de 1945, era lanzada la segunda bomba atómica sobre Nagasaki. En segundos las dos ciudades fueron arrasadas y miles de personas murieron en un instante.
En los días posteriores fueron muriendo los que se encontraban más alejados de los centros de la explosión y los pocos supervivientes sufren aún hoy las consecuencias de la radiación que se han ido transmitiendo a las generaciones posteriores. Días después se producía la rendición del Imperio japonés, marcando el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Las bombas de Hiroshima y Nagasaki acabaron con la vida de más de 250 mil personas y dejaron un legado de horror que aún perdura en nuestros días. En los siguientes años, la destrucción de ambas ciudades quedó asociada con las imágenes de edificios arrasados y llanuras llenas de escombros.
Pero, ¿dónde estaban las víctimas?
A principios de 1946, las autoridades estadounidenses habían ordenado la destrucción de centenares de fotografías y prohibido la difusión de cualquier testimonio de la masacre. Se prohibió a la población japonesa cualquier comentario sobre los bombardeos o las informaciones que pudieran “alterar la tranquilidad pública”.
Con los años, salieron a la luz algunos de los documentos clasificados como “alto secreto”, pero Hiroshima y Nagasaki siguieron quedando como un terrible dato en la enciclopedia; a diferencia de lo que sucediera con otras infaustas masacres – las pilas de cadáveres de Mauthausen o los gaseados en el Kurdistán -, en Hiroshima y Nagasaki no quedó imagen ni conciencia del horror, solo unos centenares de miles de víctimas sin nombre, convertidas en una cifra escalofriante a la que nadie ponía cara.
En muchas superficies el calor y la fuerza salvaje de la explosión dejaron una impronta sobre paredes y suelos. En algunos casos, se ve claramente la denominada “sombra nuclear” que dejó la deflagración detrás de los pilotes.
En otros lugares, la explosión imprimió las siluetas de algunas personas, cuyos cuerpos fueron pulverizados de forma instantánea.
En un lugar situado a unos 250 metros del centro de la explosión, se puede ver la sombra de una persona que estaba sentada en las escaleras de un banco, probablemente esperando a que abriera. Las temperaturas de hasta 2 mil grados centígrados lo incineraron sobre el escalón.
El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, la bomba lanzada por el Enola Gay estalló a una altura de 580 metros sobre el centro de Hiroshima y mató a unas 70 mil personas al instante. La onda expansiva, a unos 6 mil grados de temperatura, no dejó un edificio en pie y carbonizó los árboles a 120 kilómetros de distancia.
Varios minutos después, el hongo atómico se elevó a unos 13 kilómetros de altura y expandió una lluvia radiactiva que condenó a muerte a las miles de personas que habían escapado del calor y las radiaciones. Dos horas después habían muerto unas 120 mil personas, 70 mil habían resultado gravemente heridas y el 80% de la ciudad había desaparecido.
Según Wikipedia, el área inmediatamente afectada fue de 5 kilómetros cuadrados densamente poblados. Hubo miles de casos de incineración súbita, carbonizaciones parciales y quemaduras de personas expuestas hacia el hipocentro del estallido, a más de 10 km de la zona cero.
Pero el horror no había terminado. Días después de que la bomba atómica destruyera la ciudad, los médicos comprobaron asombrados que la gente seguía muriendo en forma enigmática y aterradora, de síntomas desconocidos; “al principio los médicos y cirujanos trataban las quemaduras como cualquier otra, pero los pacientes se licuaban por dentro y morían. Ningún médico había visto nada igual”.
“Sin alguna razón aparente, su salud comienza a deteriorarse -escribía Wilfred Burchett en su reportaje-,… Los médicos japoneses les inyectan vitaminas, pero la carne de los enfermos se pudre al contacto con la aguja. Hay algo que acaba con los glóbulos blancos, pero no sabemos qué es”.
Muchas personas fueron víctimas de “cataratas por radiación”. Muchos de los afectados estaban en un radio de dos kilómetros. La mayoría de los casos aparecieron años después.
“Hibakusha” (persona bombardeada) fue el término con que los japoneses designaron a los supervivientes. Oficialmente hubo más de 360 mil hibakusha de los cuales la mayoría, antes o después, sufrieron desfiguraciones físicas y otras enfermedades tales como cáncer y deterioro genético.
Paradójicamente, muchos de los hibakusha fueron víctimas dobles: de los norteamericanos y de sus propios compatriotas, que le discriminaron durante años debido a que “la radiación se creía contagiosa”.
“La gente normal no nos dejaba acercarnos”, explicaba uno de los hibakusha años después. “Algunas víctimas de las bombas ocultaron los ocurrido y pudieron encontrar trabajo, pero, en cuanto se les declaraba alguna de las mil y una dolencias derivadas de la radiación, eran fulminantemente despedidas”.
El día 10 de Agosto de 1945, menos de 24 horas después del estallido de la segunda bomba, Yosuke Yamahata, fotógrafo del Ejército japonés, llegó a la ciudad de Nagasaki con el encargo de documentar los efectos del “nuevo tipo de arma”. Yamahata caminó durante horas entre los escombros del escenario más dantesco que jamás hubiera imaginado. Sus fotografías son una de las pruebas más desgarradoras de la monstruosidad humana:
“Un viento caliente comenzó a soplar – explicó años después – En todos lados se veían pequeños incendios, como antorchas apagándose: Nagasaki había sido totalmente destruida… prácticamente tropezábamos con cuerpos humanos y de animales que yacían a nuestro paso…”
“Era en verdad el infierno en la tierra. Aquellos que apenas pudieron sobrevivir la intensa radiación -con los ojos quemados y la piel calcinada y ulcerada- deambulaban apoyándose en palos para poder sostenerse esperando ayuda. Ni una sola nube amortiguaba los rayos del sol de ese día de agosto, brillando inmisericorde en ese segundo día después del estallido”.
Testimonios de las víctimas
La mañana del 6 de agosto de 1945, Akihiro Takahashi, de 14 años, estaba haciendo una fila con sus compañeros en el patio del colegio cuando vieron un avión B-29 acercarse y volar sobre ellos. “Nos dijeron que nos formáramos cuando se produjo la explosión. Luego, sentimos un ruido tremendo y nos quedamos en la oscuridad, no podía ver nada. No me di cuenta de lo que había pasado hasta que desapareció la oscuridad: yo había volado 10 metros y mis amigos estaban tirados en el suelo, todo había colapsado”, relató Takahashi en el sitio web estudiantil, Atomic Archive.
“Sentí que la ciudad de Hiroshima había desaparecido. Entonces, me miré y vi que mi ropa estaba completamente destruida producto del calor. Probablemente la parte de atrás de mi cabeza, mi espalda, mis brazos y piernas estaban quemados. Mi piel se estaba saliendo y colgaba”, añadió.
Akihiro es uno de los hibakusha, nombre que reciben los sobrevivientes de la tragedia. El ataque nuclear provocó 140 mil muertos y tres días después otra bomba fue lanzada contra Nagasaki, la que provocó 70 mil muertes, y llevó a la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
En esos momentos el conflicto estaba viviendo sus capítulos finales. La guerra en Europa ya había terminado, con la derrota de la Alemania nazi. Según varios historiadores fueron tres las razones por las que Estados Unidos hizo estos ataques: la voluntad de evitar que los coletazos de la guerra se prolongaran demasiado, el deseo de venganza contra Japón después de Pearl Harbor, y la voluntad de demostrar a la Unión Soviética -que por entonces era su aliada, pero sería su próximo rival en el tablero mundial- su poderío atómico.
Sin embargo, para Japón la destrucción no sólo se produjo por las bombas. En agosto de 1945 era un Estado empobrecido porque había destinado todos sus recursos a defender su territorio, tras casi cuatro décadas en conflicto debido a una política de expansión imperialista (sobre todo a partir de 1930) y de colonización que le costó la vida a millones de asiáticos.
Un tercio de la población japonesa vivía en la calle, estaba mal alimentada, la mortalidad infantil era elevada, las epidemias eran algo cotidiano, al tiempo que la delincuencia se extendía por todo el país. Pero la propaganda nacionalista del gobierno del primer ministro Hideki Tojo (1941-1944) impedía al pueblo saber que el país estaba perdiendo la guerra.
Japón quedó destruido, los escombros cubrían un 40 por ciento del territorio, estaba traumatizado y con sus recursos agotados. Como si fuera poco, tuvieron que “soportar lo insoportable”, como dijo entonces el emperador Hirohito, al referirse a las bombas atómicas. Más aún, debieron acostumbrarse a la idea de que su imperio, que había llevado una vida totalmente autónoma, ahora era ocupado por un invasor perteneciente a otra cultura. Esto porque tras la rendición, Japón fue controlado por las fuerzas aliadas, lideradas por Estados Unidos.
Durante los siete años de ocupación norteamericana, el país adoptó una política de defensa que se vio traducida en su Constitución de 1947, de marcado carácter pacifista. En el artículo 9, se limita explícitamente el uso de fuerza militar exclusivamente a la defensa del territorio y del pueblo de Japón. El propósito era impedir que el país se convirtiera en una potencia militar agresora nuevamente.
Sin embargo, siete décadas después, Japón parece tomar un nuevo rumbo. A mediados de julio pasado, la cámara baja del Parlamento nipón aprobó dos controvertidas leyes, propuestas por el gobierno del primer ministro Shinzo Abe, que cambian las leyes de seguridad del país. Estas permitirían a los soldados japoneses combatir en el extranjero por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial.
Incluso más, en el futuro, las Fuerzas de Autodefensa podrían, en principio, asistir a las fuerzas de un país extranjero en situaciones en las que no esté en riesgo ni la supervivencia ni la seguridad de Japón y sus ciudadanos.
La nueva interpretación es muy controvertida, dado que representa un abandono profundo del consenso político posterior a la Segunda Guerra. John Swenson-Wright, director del Programa de Asia del centro de estudios británico, Chatham House, dijo a la cadena BBC, que los cambios (que deben ser aprobados todavía en la Cámara Alta) suponen un riesgo para el país, pero también pueden mejorar su posición política y diplomática.


AMN.MX/fm
