Después de que el “caudillo”, experto local en regar siempre el tepache, utilizara la tribuna virtual de la ONU para ensalzar la comparación entre los nombres de pila de Juárez y Mussolini, ha corrido demasiada porquería bajo los puentes. Las críticas acerbas al atrevimiento inconsulto inundan los periódicos y las redes internacionales en franca sorna al gazapo.
Algo es desgraciadamente cierto: es la plataforma desde la que se está convirtiendo el aparato mexicano en una repetición bufa de las conductas que caracterizaron el fascismo, ahora en nuestras tierras. Algo es lo que huele mal, lo que está pervirtiendo aceleradamente la forma de vida, desde los desplantes inauditos del gobierno.
Desde la aniquilación de los competidores políticos hasta la instauración de la dictadura, pasando por la oposición a la democracia y al parlamentarismo, el rechazo a la creencia del progreso y del pacifismo, el desprecio a los derechos individuales, hasta la exaltación del Estado como suprema entidad histórica, como última ratio de la justicia y de la posible vida en sociedad.
Pretendía resucitar la gloria del Imperio Romano
“El Estado siempre tiene la razón “, máxima expresión de Mussolini echó las bases de un totalitarismo intelectual, potenciador de la creencia en la posesión de la verdad, para dictarla en toda ocasión, para imponerse por encima de todos.
Conformó una enorme estructura de propaganda que comenzaba por la movilización de sus huestes y alcanzaba el monopolio de los medios de comunicación italianos, con frases agresivas y el desarrollo de una especie de imperialismo autóctono que pretendía resucitar la gloria del Imperio Romano.
Las formaciones juveniles (figli della Lupa, balilla y avanguarditi), grupos femeninos de choque (Picole italiane) y demás chusma financiada, otorgaron la mayoría al gobierno. El 3 de enero de 1925 se proclamó oficialmente el Estado Fascista.
Muerto il Duce, el fascismo sigue influyendo hasta hoy
Para velar por su estricto cumplimiento, se creó una policía política, la Organización de Vigilancia y Represión del Antifascismo –OVRA– y un tribunal de excepción que subordinó todas las libertades, razones o derechos individuales a la supremacía del Estado que, a su vez, estaba personificado en su caudillo. Mussolini acaparó todo el poder… y así le fue.
La desaparición del Duce, una especie de tlatoani, no acabó con la muerte del fascismo; su influencia durante los siguientes ochenta años, desde posiciones de poder y clandestinas, ha permanecido latente en numerosos grupos filofascistas que no se atreven a decir su nombre, y operan generalmente desde las cavernas pertrechadas por las armas.
Aquí, los fascios son las pandillas de reventadores
En México, engordarles el caldo es como pensar que el fascismo de Donald Trump necesita vejigas para nadar. No hemos aprendido que se manda solo y que correrá la misma suerte de los paladines criollos.
Puede ser el huevo de la serpiente, y algunos todavía no acaban de darse cuenta. No saben que por ese camino se va a la regresión histórica, al derrumbe de la convivencia y al enfrentamiento armado entre hermanos. Es tiempo de detener el alebrestamiento chairo que trata de destruir las bases de la conciencia política sobre el desastre que nos inunda.
Giovanni Sartori, víctima de los excesos del fascismo ordinario
En nuestra sociedad política en constante formación se trata de obedecer el imperio de las leyes. Normalmente la razón está del lado de la sociedad crítica y demandante del respeto a las libertades, a la democracia y al desarrollo general. Nunca ha sido de otro modo.
En esa óptica coinciden los estudiosos de todos los tiempos acerca de la cultura cívica. Funcionalistas y estructuralistas, desde Robert Dahl y David Easton, precursores del tema, hasta Samuel P. Huntington y Giovanni Sartori, este último, víctima de los excesos del fascismo ordinario y depredador.
Como la civilización y la dignidad indican, estamos cansados de los imitamonos. Los que oyen libertad y fraternidad, y sólo alcanzan a repetir “tad” y “dad”, parafraseando al gran Jean Paul Sartre de los viejos tiempos del colonialismo europeo. Estamos en el siglo veintiuno y, definitivamente, no se vale.
