
Sólo para malosos: un mismo hecho da dos interpretaciones, cuenta regresiva: 10, 9, 8…o, cuenta progresiva: cero y va uno
La cárcel, al igual que el manicomio, son dos instituciones, a pesar de los derechos civiles, que fueron creadas para castigar, reprimir.
En tal sentido, el ingreso a cualquiera de ambos habitáculos, implica un trauma muy grande que “quiebra” las más fuertes personalidades.
Este ablandamiento del espíritu, cuando de mafias se trata, es un peligro muy grande, tanto para el detenido como para el que queda libre.
Así pues, para preservar la existencia mutua, el preso debe callar y la organización respetar la vida, bienes y familia del caído en desgracia.
La omertá o ley del silencio, es como los sicilianos definen este particular código de honor. Transgredir el juramento de la omertá tiene consecuencias terribles, por lo tanto, el compromiso asumido ayuda a sobrellevar el encierro.
Podríamos suponer que quienes deciden amancebarse en una pandilla, saben a lo que le van tirando, no pueden alegar ignorancia.
En el lado contrario (dejemos al margen a los encarcelados por delitos famélicos o por ser utilizados por otros para cometer crímenes), están los prisioneros de conciencia, el más emblemático de estos, quizá, sea el fallecido Nelson Mandela.
A lo largo de 27 años estuvo recluido, sin embargo, su voluntad por combatir el apartheid nunca pudo ser doblega, salió de chirona y gobernó Sudáfrica por varios años.
El problema viene cuando no se tiene un código de honor al estilo siciliano o ideales tan elevados como los del señor Mandela, surgen los: yo no fui, fue Teté.
A los que buscan reducir su castigo inculpando a otros, la PGR les llama “testigos protegidos”, pero la verdad sea dicha son chivatos, o sea, hasta en los mafiosos hay niveles.
Viene lo mejor.
