
No es lo mismo un prisionero de conciencia, que el prisionero quiere dormir a conciencia o lo que es lo mismo: a pesar de traficar con toneladas de narcóticos, no encontró uno que lo hiciera dormir.
En los últimos días hemos atestiguado una disputa mediática, en la que por un lado el equipo de abogados que defiende a Joaquín Guzmán Loera, así como su esposa, Emma Coronel Aispuro, señalan que el famoso capo es torturado por el gobierno federal, en virtud de que no lo dejan dormir.
En este contexto, para la señora Coronel de Guzmán, la vida de su esposo está en riesgo, porque también padece de una elevada presión arterial.
Por su parte, el Comisionado Nacional de Seguridad, Renato Sales Heredia, afirma que el narcotraficante “está durmiendo perfectamente”. Además agregó que los derechos fundamentales del sinaloense están garantizados.
No sería nada dudoso que las autoridades penitenciarias le estuvieran dando un escarmiento encubierto, al personaje que ha hecho pasar uno de los mayores ridículos a la actual administración, en este sentido, Guzmán debió tener perfectamente claro que si lo volvían a apañar, la reclusión sería infernal. Sin embargo, a pesar del avance en los derechos humanos, no deja de llamar la atención que el más perseguido de los criminales mexicanos del presente siglo, ahora pida clemencia.
Desde luego que las leyes mexicanas y los tratados internacionales le otorgan a “El Chapo” la posibilidad de inconformarse por el trato recibido en la cárcel de alta seguridad en que se encuentra, no obstante…
No obstante, entrándole por otra vertiente, algo hay en los modos del mafioso que llama a sospecha.
Podría tratarse de un extravío del principio de realidad o de…un reclamo.
Un reclamo de alguien que tiene sentido de pertenencia al sistema, del que exige trato de accionista, no de huésped. Se aprecia un tufillo de insolencia en las declaraciones de abogados y esposa, no vengo a ver si puedo, sino porque puedo vengo.
Porque la verdad sea dicha, cuesta trabajo imaginar al enamoradizo delincuente siendo sometido a las sofisticadas torturas practicadas en la película Naranja Mecánica (basada en la novela del mismo nombre), en donde el protagonista, reo de retorcida maldad, es medicado y expuesto a una serie de imágenes de ultra violencia, a la par que escucha música clásica. La idea era que el individuo sufriera una especie de reeducación, al asociar inconscientemente la violencia y la música clásica, con el dolor que la droga administrada le propiciaba. El objetivo final era que se volviera “bueno”.
Aquí no llegamos a tanto, la cosa pareciera remitirse a cláusulas incumplidas, nada más.
Pero no hagan caso, este es un análisis muy trasnochado, ya saben, la crisis provoca insomnio.
Javier Roldán Dávila Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
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