Dos veces me pidieron hablar con Gina Domínguez Colío, entonces poderosa vocera del gobierno de Veracruz. Las dos veces me negué. No sé si la persona que me lo ofreció lo hacía motu proprio o si la vocera se lo había pedido.
La segunda ocasión cruzaba la calle de Enríquez, salía del café. Esa persona me encontró caminando por el parque Juárez, me preguntó: “¿Vienes a palacio?”. Le dije que no, que iba a mi trabajo. Entonces me ofreció: “¿No quieres pasar a hablar con Gina?”. Le dije de inmediato que no. “¿Para qué?”. Por esos días tenía invitación para dar una conferencia en la Universidad Autónoma de Tampico, mi conferencia era sobre los riesgos de ejercer el periodismo en Veracruz. Esa persona lo sabía y quizá pensaba que hablando con Gina, ella podría persuadirme para no dar la conferencia.
Ante la insistencia de esa persona le dije que no me interesaba, que la del agravio era ella, que yo era el agraviado. “Pero ella no escribió nada”, la defendió. Yo le dije que como si lo hubiera escrito, “porque ella es la dueña del perro y si ella quiere que el perro se calle, lo calla”.
Semanas antes un servidor había sido objeto de injurias publicadas en un medio servil a la entonces vocera. Sucedía que cada vez que hablaba de la vocera, de sus propiedades y de sus excesos, no faltaba el esbirro que publicara cosas en mi contra. Pero el colmo fue cuando se metieron con la memoria de mi hermano recién fallecido. Mi hermano, como algunos de ustedes saben, murió en el intento por rescatar a una persona de la tercera edad que se estaba ahogando en la playa; pero la vocera y sus esbirros ya hablaban de “las extrañas circunstancias de la muerte de su hermano (mal de familia)”. Esas cosas no tienen perdón.
Gina Domínguez lo dicen quienes la conocen siempre ha sido una mujer ambiciosa. Es lugar común decir que salió huyendo de Quintana Roo donde fue encargada de prensa de un narcotraficante al que apodaban “El Chueco”; ah, también era gobernador. Llegó a Veracruz a buscar refugio. Yo la vi algunas veces en el programa “Tierra nuestra Veracruz” con Jorge Saldaña y Juan Antonio Nemi Dib. Poco a poco se fue colando y llegó a estar en el periódico Milenio donde siempre ambicionó ser la directora. Se le metió entre las narices a doña Rosa Borunda, a quien estafó con el negocito de Manos Veracruzanas. Dos veces me la encontré en Milenio, era una mujer hosca que sin ser nadie ya se sentía alguien. Luego la vi en la campaña de Javier Duarte, cuando le hicieron un convivio al candidato entre artistas e intelectuales. Llevaba el pelo corto y la mirada turbia. Veía a todos como si se escondiera, como si supiera que era nadie en ese mundo de intelectuales.
No esperábamos que llegara a ser la coordinadora de Comunicación Social. Se pegó como las sanguijuelas y chupó sangre como las mismas. Ahora que lo pienso bien, sólo un político como Javier Duarte podía permitirse tener a una jefa de prensa como la señora Georgina. Un político de a de veras no se hubiera permitido ese desliz.
Gina sabía que con Javier se había sacado la lotería. Un gobernador ausente, ligero de oídos, que no lee los medios de comunicación locales, que gusta de delegar sus responsabilidades a otros, que es fácil de engañar, era el gobernador ideal para una mujer ambiciosa y ruin como la ex vocera de Mario Villanueva Madrid.
Gina llegó con el encargo de reducir los dineros que el gobierno del estado entregaba a los “succionadores profesionales”, palabras del entonces gobernador Fidel Herrera. El desorden y los excesos de Fidel los tenía que arreglar Gina. Parecía una labor titánica y hasta cierto punto responsable. Pero la señora no nada más rasó los convenios y redujo los dineros, Gina Domínguez permitió que algunos de sus medios favoritos se enriquecieran y la enriquecieran a ella. Pagó a sus esbirros y pagó a sus amanuenses; algunos periodistas temen que la señora, todo este tiempo estuviera cobrando dinero por ellos, sin que estos recibieran un solo centavo.
Era común encontrar en algunos portales informativos, a tres de sus “textoservidores” hablando del mismo tema, en los mismos términos y a veces con las mismas palabras. La defensa que estos “textoservidores” hacían de sus ruindades hubiera servido para escribir un capítulo más de la historia universal de la infamia; lástima que Borges ya no esté vivo. La llegaron a comparar con Juana de Arco, por su estoicismo; la llegaron a llamar valiente; la llegaron a calificar como única, profesional, crítica y aguda. Pero Gina era más vil que estoica, más ruin que valiente, más sectaria que crítica, más ambiciosa que profesional.
La vocera alcanzó a tener una gran influencia en el gobernador, era de las pocas que le hablaba al oído. En algún momento la llamaron “vicegobernadora”. Duarte la dejó actuar con tanta libertad que hasta permitió que formara su propio grupo político, “Los Ginos”. Este grupo pretendía colocar a uno de sus miembros como candidato a la gubernatura en 2016. Mientras eso se lograba se pusieron a acumular riquezas y vaya que lo consiguieron. Nada más la señora guardaba, para gasto corriente, 50 millones de pesos en su caja fuerte. Eso lo supimos porque un día unos asaltantes lograron robar en su casa el día del último informe del gobernador.
Pero ahora Gina ha caído; no era la voluntad de Duarte. Tenía al gobernador tan endiosado que éste la hubiera mantenido hasta el último día de su gestión. Pero la presión nacional e internacional obligó a que el mandatario le pidiera, con todo el dolor de su corazón, la renuncia.
Claro, Gina no saldrá del presupuesto. Algo le crearán para que logre sobrevivir. Si hubiera justicia, la Contraloría del estado le buscaría y le fincaría responsabilidades. La fortaleza que mandó construir en La Pitaya, los restaurantes “El Dragón Rojo” y “Casa Veracruz”, el periódico “El Águila” y la radiodifusora que tiene sus oficinas en la calle de Moctezuma, así como las muchas casas que compró y que renta a la Secretaría de Seguridad Pública, una de ellas en la calle de Murillo Vidal, todo eso y más, sería suficiente para enjuiciarla. Una servidora pública, que regresó con lo puesto de Quintana Roo, si hubiera sido honesta no podría haber amasado semejante fortuna.
La ignominia pronto será la residencia de la señora Domínguez Colío; alguien podría decir que con todo el dinero que logró ni va a extrañar el poder. Pero el poder es una droga y los adictos requieren su dosis diaria.
Imagino a Gina Domínguez como el Segismundo de La Vida es sueño de Calderón de la Barca. Segismundo, después de estar encerrado en una mazmorra llegó a ser rey. Pero tan mala fue su actuación como rey que nuevamente lo regresaron a su condición de cautivo. Así Gina despertará por las mañanas con la sensación de que alguna vez fue alguien y entonces las palabras de Segismundo le recordarán que nunca dejó de ser nadie:
“Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son”.
Armando Ortiz
