La impunidad que impera en el estado de Veracruz es la que asesina a los periodistas. Porque si desde la primera agresión en contra de un periodista se hubiera dado con los responsables, si se hubiera encontrado a los verdaderos culpables, entonces los que atentan contra la vida de los periodistas se disuadirían de hacerles daño.
Pero en el estado de Veracruz, según cifras de organizaciones internacionales y de la misma Comisión Nacional de los Derechos Humanos, es la misma autoridad la que lleva la delantera en agresiones en contra de periodistas. Lo vimos hace unos meses, periodistas violentados, bajados de la moto, golpeados por tomar fotografías para su trabajo, acusados como delincuentes por ser testigos del trato que se da a los manifestantes y como cereza del pastel, el mismo secretario de Seguridad soltando por la boca lo que abunda en su corazón: “Pinches medios”. Por supuesto los policías que comanda este secretario imitan la actitud despectiva de su jefe, para ellos los periodistas son una pinche plaga que no los deja “trabajar” en paz.
Pero eso sí, qué buena la Procuraduría para inventar historias, qué buena para ensuciar el nombre de las víctimas, para hacerlos ver como responsables de su propia desgracia. Por ello, los que asesinan periodistas ni se inmutan, saben que ustedes están ahí para encontrarles un “chivo expiatorio” que justifique el holocausto.
La complicidad que impera en el estado de Veracruz es la que asesina periodistas. La complicidad de los policías con los criminales, que pudiera no ser sólo una complicidad activa, sino una complicidad pasiva. Porque hay veces que la autoridad conoce a los agresores pero prefiere mantenerse con los brazos cruzados. Y qué decir de la complicidad activa de los malos policías, que sin orden de aprehensión, pasando por encima de la constitucional presunción de inocencia, levantan gente y la desaparecen.
Pero además está la otra complicidad, la de los “periodistas” que se coluden con el mismo gobierno, volviéndose repugnantes voceros oficiosos, tratando de vender a la ciudadanía las versiones distorsionadas que les dictan desde Comunicación Social. Hoy dicen en la Procuraduría que la muerte de Gregorio Jiménez no tuvo nada que ver con su trabajo periodístico, sospechosamente ya esa misma versión la manejaban esos pseudoperiodistas; y es que había que sembrar la semilla de la infamia, aunque más tarde la realidad los contradiga.
Pero también nuestro silencio mata periodistas, nuestra apatía, nuestro miedo. Sí, da miedo, ya mismo miro a mis espaldas porque siento que alguien me sigue los pasos. Da miedo porque uno a uno los periodistas van cayendo y no hay nada que detenga esta matanza.
Tengo miedo, lo decía en una carta que publicara primero por la muerte de Milo Vela, después por la muerte de Regina Martínez y ahora por la muerte de Gregorio Jiménez:
“Tengo miedo de que los hombres estén por encima de Dios.
Tengo miedo y ya no me asomo ni por la ventana.
Tengo miedo de que me venden los ojos, de que me tapen la boca, de que me aten las manos.
Tengo miedo de los malos gobernantes y de los buenos delincuentes.
Tengo miedo de que este miedo se contagie como gangrena a mi esposa y a mis hijos.
Tengo miedo de la indolencia, tengo miedo de la apatía, tengo miedo de la sinrazón.
Tengo miedo de la estulticia y del rencor.
Tengo miedo del miedo de los otros a ser descubiertos.
Tengo miedo del amor al dinero que corrompe hasta a los honestos.
Tengo miedo de las personas que sostienen que aquí no pasa nada.
Tengo miedo de que en realidad no pase nada.
Tengo miedo de la impunidad, ese caballo desbocado, el quinto jinete de este Apocalipsis social, que se lleva entre las patas a gente como mis hermanos periodistas”.
Tengo miedo, pero sigo escribiendo, porque hoy tengo más coraje que miedo.
Armando Ortiz
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