En los últimos años, dada la gran cantidad de portales noticiosos que han surgido, también ha crecido exponencialmente la cantidad de personas que aparte de sus actividades cotidianas se han propuesto ofrecer al público su opinión por escrito.
Cualquiera, con profesión o sin profesión, con conocimiento del español o sin conocimiento de éste, con nociones de ética periodística o sin ninguna idea de ello, creen que tienen algo que decir y pues lo dicen. Se piensa que todos tenemos derecho a expresarnos, es la libertad de expresión que nos da nuestra Constitución.
Sin embargo, últimamente el periodismo se ha convertido en el hobby de algunos políticos, líderes sociales, empresarios, maestros, estudiantes, advenedizos, hijos de papi, hijos de mami, etcétera. Y montados en el periodismo han hecho de éste una trinchera para lidiar batallas, en muchos casos infames.
No importaría mucho si el que da su opinión es o no periodista; no importaría si al menos supiera de lo que hablara. Es más, agradeceríamos mucho que un experto en su tema desarrollara un texto y lo brindara a manera de artículo. Porque un artículo es lo que pretende escribir aquel que dice dar su opinión. Ese debería ser el primer paso de todo aquel que quiera ser columnista en algún medio de comunicación.
Antes entregabas tus artículos a un periódico y en la redacción valoraban tu escrito y si era bueno lo publicaban en algún espacio determinado. Pero era tu opinión, un artículo que tú escribías porque tenías algo que decir.
Se ha olvidado que para ser un columnista tenía que pasar algo de tiempo en el que agarrabas cierta práctica. Tal vez antes habías reporteado, tal vez hacías notas informativas, tal vez corregías las notas de otro y de vez en cuando escribías un artículo y te lo publicaban.
Todavía recuerdo mis primeros escritos en el suplemento Caligrama del periódico Crónica que entonces dirigía José Miranda Virgen. Guardaba los recortes en un cajón y a cada rato me ponía a leerlos. En aquel tiempo ni a articulista llegaba. Era sólo un colaborador ocasional. Pero con el tiempo me fui haciendo más constante y fue en Diario de Xalapa, después de un tiempo de mandar mis colaboraciones, donde me ofrecieron un espacio determinado, un día a la semana; mi primera columna se llamó “En Concreto”.
Hoy día, de manera indiscriminada, cualquiera puede ser columnista; puede serlo sin siquiera pasar por ser articulista, sin siquiera ser antes un colaborador ocasional.
Pero un espacio de columnista se gana a pulso. El nombre de nuestra columna se va forjando en cada artículo que entregamos, en el cuidado que ponemos en la redacción de esos artículos, en el aprecio que sentimos por las palabras, por las ideas, por el mensaje que mandamos.
Alguien que quiera dar su opinión debe saber que para ser un buen columnista debe tener presentes las tres C: Claridad, Congruencia y Constancia. Sin ellas se naufragará en el intento de ser leído. Si el texto no está escrito claramente, de manera que el lector pueda entenderlo sin mucho esfuerzo, el mensaje se perderá; si el autor no es congruente y en su mensaje un día dice algo y al día siguiente se contradice, el lector se perderá; si la columna se escribe sin constancia, cada que al articulista le viene en gana, entonces el espacio se perderá.
Pero no importa, pueden seguir surgiendo más columnistas. Pueden llenar los portales y los medios impresos. La gente, que es la que lee al columnista, es la que va a tomar, a fin de cuentas, su propia decisión. Al desechar a unos y apreciar a otros, los lectores le harán un gran favor al periodismo, segregando a aquellos articulistas que expresan su opinión sin oficio, sin las habilidades necesarias; a veces con la simple intención maledicente, con el propósito de denostar gratuitamente, de “sacar raja” como se dice por ahí, de llevar agua a su molino. En el peor de los casos, de alquilarse como las putas para hacer favores orales a sus amigos políticos.
Armando Ortiz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
