A la memoria del hermano de Maqroll, el gaviero,
muerto el 22 de septiembre de 2013
Tengo en mi casa un ejemplar de Reseña de los hospitales de ultramar y otros poemas de Álvaro Mutis reeditado por la Universidad Veracruzana, que tuvo el acierto de colocarle una cinta de papel rojo en el que se ostentan dos de los reconocimientos más relevantes del autor: El Premio Príncipe de Asturias 1997 y El Premio Reina Sofía 1997.
Decir que soy un gran conocedor de la obra de Álvaro Mutis sería una mentira, apenas ganó el Príncipe de Asturias, entró a mi panorama literario. Ese mismo día mi amigo Jaime Renán me habló por teléfono y me dijo que en el espacio que tenemos en “La Revista” de Radio Universidad íbamos a hablar de Mutis. Busqué entonces en mi biblioteca y encontré algunas entrevistas realizadas al autor en revistas y suplementos. Mi participación en la radio estuvo llena de citas del artículo de La Jornada en donde Álvaro Mutis hablaba de Maqroll el gaviero y mencionaba en un último párrafo su especial cariño por los caminos que llevan a Xalapa.
Poco después, el primero de agosto, tuve la suerte de asistir a la presentación del libro que dio pie a estas cuartillas. El evento era a las siete. Apenas entré al museo de antropología de la ciudad, reconocí a la élite literaria de Xalapa, Sergio Pitol, José Luís Rivas Luis Arturo Ramos, Marco Tulio Aguilera Garramuño y muchos otros. Desde que entré me di cuenta que el ambiente estaba cargado de espera. Todos hacían como que platicaban con todos. Los más jóvenes se refugiaban en la charla banal o en la risa descarada. Pitol fumaba ávido un pequeño cigarro y eso me hizo suponer que su enfermedad bronquial, de la que tanto se quejaba, podía ser a causa del tabaco.
Marco Tulio Aguilera conversaba con su pareja. Liliana Calatayud entrevistaba a Adolfo Castañón y por ahí ausente, un joven como de unos treinta años jugaba con un libro en sus manos; era Aurelio Asiaín, que ya en la presentación nos confesaría acababa de recibir su ejemplar del libro ahí presentado. Unos minutos después por los pasillos del museo vimos la figura del autor esperado, saliendo de una tarde típica xalapeña.
Presuroso entró. Saludó de mano sólo a los más importantes y presto nos invitó a entrar al auditorio.
La presentación, puedo decirlo, tuvo de todo. Sergio Pitol explicando su nerviosismo, “pues yo nunca presento libros”, excusó; sin embargo, para ser la primera o una de las pocas veces que lo ha hecho, lo hizo muy bien. Habló de Maqroll, como el hermano gemelo que Álvaro mutis hubiera deseado tener, de la tenacidad del autor por no dejarse contagiar por las corrientes literarias de los sesentas y setentas, pero sobre todo, en un tono suave y ya acompasado nos habló de un Álvaro Mutis, dueño de sus propias vivencias, las mismas que comparte con Maqroll, el Gaviero.
Cuando Álvaro Mutis discursó, inmediatamente sentí el contacto del hombre que ha convivido toda su inteligencia con la palabra. En ocasiones como locutor, pues su voz clara, su pronunciación fuerte y la presencia de su tono nos remiten a los cronistas de radio, o a los presentadores de los últimos estrenos en cine, o más aun a los que anuncian las cervezas “Corona”, o “Bohemia, la crema de la cerveza.”
No sé si para darnos gusto, o tal vez porque así lo sienta, nos habló de su placer por esta nuestra ciudad; como xalapeño orgulloso de mi tierra, quiero pensar que lo hizo por el encanto que posee esta ciudad. Narró dos anécdotas geniales, una sobre su madre y las ansias de conocer algo más que el DF, y de la misma ansiedad que compartía Gabriel García Márquez, recién llegado a nuestro país; los dos, Madre y amigo, cada uno por su lado y en su tiempo, conocieron Xalapa, la ciudad encantada, piedra de toque para Mutis si se quiere conocer el verdadero espíritu de provincia.
Aunque no nos invitaron al brindis, discretos esperamos a que alguno subiera a la planta alta y pronto detrás de ellos subimos. Tomamos vino blanco “Castillo del Rhin”, tibio; comimos canapés dulces y salados y nos miramos nuevamente las caras unos a otros disimulando nuestra intromisión en pláticas insignificantes.
De nuevo, varios minutos tarde, llegó Álvaro Mutis, y por suerte al primero que saludó fue a mí. Le entregué mi libro que ya de antemano había adquirido, y le pedí que me lo firmara prestándole mi pluma.
“Tengo una hora firmando libros allá abajo” me dijo. “Una firma más” le rogué y con gusto accedió. “Así debe de ser en todas las presentaciones”, le comenté. “Peor aún” dijo. “Para la otra mejor tráigase un sello y nada más lo aplica en los libros”, le aconsejé. “No, cómo crees”, dijo. “Bueno siquiera tráiganme algo que me refresque” añadió. Rápido corrí a traerle una copa de vino, pero ya no había.
Mientras firmaba los demás libros con mi pluma, le volví a comentar, “Esto es para que para la otra piense dos veces antes de aceptar un premio”. “Que lo piensen dos veces los que me lo dan”, dijo y con natural amabilidad me devolvió mi pluma. De inmediato abrí mi ejemplar de Reseña de los hospitales de ultramar y otros poemas y me di cuenta de la singular firma de Álvaro Mutis.
Todavía me quedé escuchando la plática que sostuvo con José Luís Rivas, y Marco Tulio Aguilera. Escuché su risa fuerte y sencilla cuando recibió el tímido saludo que le brindó José Homero. Mutis sonrió así porque se dio cuenta que su interlocutor se llamaba igual que el autor de La Odisea; el festejó se hizo más notable cuando Virgilio Solís le pidió que firmara su libro. “Cómo, por un lado Marco Tulio y Virgilio y por el otro Homero, ¿díganme, quién sigue ahora?”. Todos nos unimos al festejo de la coincidencia.
La presentación finalizó con una anécdota sobre Lecumberri y la estadía del poeta en el Palacio Negro. Cuando salimos, los grandes se fueron juntos y los pequeños aparte, satisfechos de haber compartido al menos por unas horas el tiempo y espacio con un miembro de la realeza literaria, un “Príncipe de Asturias”.
Armando Ortiz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
