El legado de Don José Iturriaga a los coatepecanos

El legado de Don José Iturriaga a los coatepecanos


Convertid un árbol en leña y podrá arder para vosotros;
pero ya no producirá flores ni frutos.
(Rabindranath Tagore)

Un legado es un acto consciente de generosidad, es un gesto bondadoso que se otorga hacia una persona o un grupo de personas que por diversas razones se han ganado el afecto de una persona. Pero un legado es también un patrimonio que se debe de merecer, los legados no son gratuitos, ni se los puede adjudicar alguien por el simple hecho de sentirse merecedor.

El legado intangible que Don José Iturriaga ha dejado a los mexicanos es invaluable. Años y años dedicados a defender, desde varias trincheras, a un país con devoción extranjerizante. Sus estudios sobre la relación de México con los Estados Unidos son testimonio de una lucha que se ha tenido que librar con la potencia más influyente en el ámbito internacional y cultural. Don José Iturriaga dejó constancia de que el dicho porfiriano “México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, no sólo era una lamentación, sino una advertencia que obligaba a estar constantemente alerta a ese influjo imperialista, a esa vocación norteamericana de intervenir en todo aquello que consideraba afectaba sus intereses materiales.

Los últimos días de su vida don José Iturriaga los vivió en el mágico pueblo de Coatepec, Veracruz. No es difícil de comprender. Esa vida que llevan los coatepecanos, vida de provincia (que poco a poco se está terminando), más cerca de la naturaleza, de las mañanas con olor a pan, de las tardes con olor a café, pueden cautivar a un hombre de gran sensibilidad. Ahí terminó sus días haciendo más amigos, más alumnos, enriqueciéndose y enriqueciendo a un pueblo por denominación mágico.

Ahí estableció su biblioteca que, según datos recientes, cuenta con cerca de 15 mil ejemplares. Bibliófilo de corazón, Don José Iturriaga recopiló una gran cantidad de volúmenes que van desde la historia, la literatura, el periodismo, las artes gráficas, arquitectónicas y las memorias. Entrar a su biblioteca es como acudir a un templo; dan ganas de quitarse los zapatos, de despojarse de cualquier vanidad, despojarse de ese orgullo malsano que viene de la presunción de haber leído cuando menos toda la obra de Borges, Rulfo o García Márquez. Entrar a esa biblioteca es acudir a un recinto de sabiduría que nos empequeñece, pero que al mismo tiempo nos enaltece y nos obliga a buscar, buscar, buscar, pero sobre todo encontrar. Porque una biblioteca es como los laberintos a los que la comparó el escritor argentino Jorge Luis Borges; pero a diferencia del laberinto del Minotauro, en esta biblioteca nadie está perdido, todos los que acuden, saben que se han “hallado”.

Esta biblioteca inmensa, tan llena del amor por los libros, por la palabra, es un legado que Don José Iturriaga ha dejado a los veracruzanos, particularmente a los coatepecanos. Pero desafortunadamente ese legado se encuentra en litigio. Y es que hay personas que en ella ven, no la riqueza cultural, sino la riqueza material.

Ellos son como el hombre que mira el árbol y no ve su fruto, no ve a las aves que se refugian en él, no ve a los hombres que descansan en su sombra, no ve los nidos y menos escucha el canto que provoca el viento al pasar por sus ramas. Ese hombre sólo ve la leña con la que asará su carne, con la que calentará sus manos y sus pies. Ese hombre no ve un árbol, ve combustible; ese hombre no ve que derribando el árbol, su soledad lo consumirá a él.

Un legado no se desprecia, pero un legado se merece. Hasta el momento, algunos de los que se decían amigos de Don José Iturriaga han demostrado que no merecen ese legado. Presidentes, gobernadores, funcionarios públicos e intelectuales se refugiaron en la sabiduría de este hombre centenario, pero ahora que se busca que se cumpla la voluntad de Don José Iturriaga, ellos guardan silencio, apáticos, cobardes, mezquinos. Uno de ellos, el rector de la UV, preferiría que la biblioteca se desmembrara, como si fuera animal en canal. Preferiría exhibir los retazos de ésta en sus USBIs, preferiría derrumbar el edificio y erigir en ese mismo sitio un monumento a la infamia. Porque la voluntad de Don José Iturriaga fue que ese legado se quedara en Coatepec. Lástima que el tiempo se vino encima y no se pudo concretar esa voluntad por escrito.

Queda pues en los mismo coatepecanos defender ese legado, queda en ellos mostrar su aprecio por la generosidad de un hombre que los quiso en los últimos días de su vida; por eso se quedó ahí, con ustedes, porque le gustaba mirar por las mañanas sus calles adoquinadas, contemplar sus tardes en la hora del ángelus o sentir la presencia de la neblina en las noches de invierno.

Salgan pues coatepecanos a defender ese árbol que sembraron para ustedes, salgan pues a refugiarse en su sombra, coman de su fruto y quédense a escuchar el canto que el viento provoca al atravesar sus ramas.

Un legado es un acto de generosidad que se merece. Don José Iturriaga lo dijo: “Donaré a Coatepec los 20 mil libros de mi biblioteca”; ¿lo merecerá el Pueblo Mágico de Coatepec?

Armando Ortiz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Las ideas y opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan el punto de vista o la línea editorial de Informaver y Arcadeleer. Respetamos y defendemos el derecho a la libre expresión.