Desde siempre la figura de los jóvenes ha sido utilizada por todos los gobiernos como un slogan de progreso, como la promesa de un gran futuro, como la imagen de lo puro, lo límpido, lo incorruptible. Sus rostros sonrientes han sido enmarcados en un halo de salud, de diversión, de conocimiento.
En publicidad ellos invitan a conducir un auto, a usar un dentífrico, unos zapatos deportivos, un desodorante que puede hacer que los ángeles caigan del cielo; a tomar un refresco que es la chispa de la vida, a pasar la noche aferrado a una botella de licor, acompañado de las chicas más hermosas; en publicidad los jóvenes lo venden todo, lo consumen todo.
Pero la realidad en nuestro país, en los últimos sexenios, es que la mayoría de los jóvenes ni estudia ni trabaja. Ante la falta de oportunidades ha sido muy fácil para el crimen organizado sumar a los jóvenes a su fuerza armada; ya sea de manera voluntaria o forzada. Y la resistencia a pertenecer a una banda no es mucha ya que si no hay expectativas de vida, no hay razón para temer a la muerte.
El grupo de jóvenes privilegiados, universitarios que cuentan con la posibilidad de un mejor futuro, se ha dado cuenta que las buenas calificaciones, el esfuerzo en las aulas, la dedicación, la capacitación y el adiestramiento no son garantía para obtener un mejor empleo.
La realidad, una vez egresados de la universidad, es un empleo mal pagado, realizando una actividad que poco o nada tiene que ver con la carrera universitaria que cursaron.
Al principio todo se quedaba en uno. Dejábamos que los demás triunfaran, que los demás fracasaran, mientras buscábamos nuestro rincón para lamentarnos, para cultivar nuestra apatía en una maceta de barro, regada por las lágrimas de nuestra frustración.
Pero teníamos el consuelo de la televisión. Adal Ramones nos hacía sentir triunfadores con su “pum, pum, arribotota”. Thalia hacía creer a las niñas que el futuro estaba en conseguirse un marido con suficiente dinero para hacerle la liposucción; Yordi Rosado y Gaby Vargas escribían las normas distractoras del joven domado, del joven que no alcanza la categoría de tal y tiene que ser tratado como un simple chavo o chava; opacaron con la venta de su libro a Octavio Paz, al recientemente fallecido Carlos Fuentes, al mismísimo José Emilio Pacheco.
Pero no era suficiente y por eso Televisa, además de su constante desinformación brindaba un espacio a los jóvenes que pensaban que el futuro de México estaba en esa empresa. Espacio se convirtió en un vertedero de frivolidades, banalidades, fruslerías. Se convirtió en la Meca de la vanidad y la egolatría; en el sinsentido, en la Disneylandia de los niños y las niñas bien. Hasta ahí acudían para escuchar las conferencias del miembro emérito de la Academia Mexicana de la Lengua “El Borrego Nava”, para solazarse en las técnicas de la comunicación de la licenciada “Pamela Juanjo”, para comprender las clases de ética periodística de Joaquín López Dóriga.
Pero llegaron las redes sociales y los muchachos que estaban en la Ibero, en el Tec. de Monterrey, en el ITAM y en otras universidades privadas pudieron asomarse, sin el filtro de las televisoras, a la realidad de sus iguales.
Por las redes sociales contemplaron la masacre del 18 de septiembre de 2001 en el boulevard de Veracruz. Contemplaron las fotos en jpg, cadáveres con sus cuerpos desnudos, las nalgas al aire, las palmas de las manos expuestas. Por el tamaño de los cuerpos pudieron advertir que algunos de ellos fueron adolescentes, jóvenes como ellos; su piel morena, sus pies pequeños, sus tragedias enormes.
Y así se empezaron a armar de una cámara fotográfica, de un teléfono móvil con video; pero sobre todo se empezaron a armar de valor y empezaron a subir a las redes sociales pedazos de esa terrible realidad. Repudiaron a quienes los habían tenido engañados, a los número uno de la radio en México; a la periodista más conocida del país; al noticiero más visto en la república. Empezaron a salir de su sueño de comodidad, de dolor, de desesperanza y corrieron a manifestarse.
La primera reacción del gobierno fue injuriarlos, señalarlos, con la ayuda de esos medios que se ganaron su repudio, como rijosos, acarreados, radicales. Pero 131 de ellos tuvieron el valor de contestar, de dar la cara y mostrar su credencial de estudiante para con ello dejar en claro que tenían más valor, más principios, más ética que los que andan anunciando: “Tienes el valor o te vale”.
Al no funcionar lo primero, la segunda alternativa era partirles la madre. Había funcionado en el 68, ¿por qué no iba a funcionar en el 2012? Y así, mientras los jóvenes se manifestaban pacíficamente, mientras repudiaban a quien ellos consideraban los responsables de la tragedia nacional, llegaron los grupos de choque. Los golpeadores superaban en número a los manifestantes, porque para eso el gobierno si tienen dinero, para pagar golpeadores y por ello entre cinco madrearon a un joven de 16 años, y otros cinco a una mujer a la que despojaron de sus pertenencias y otros cinco se fueron contra la madre y otros cinco se cagaban de la risa.
Pero entonces despertaron al 132 que ahora son todos y junto con ellos, indignados como ellos, hartos de tanta mentira, de tanta corrupción, de tanta vileza y de tanta aflicción salimos a manifestarnos y por eso estamos aquí, en esta plaza pública, acompañando a los jóvenes en ésta, que es su hora.
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