¿Y luego de la marcha qué?

¿Y luego de la marcha qué?
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Mi ciudad vio pasar por sus calles, como sucedió también en otras ciudades del Estado, una marcha de personas que protestaron por la inseguridad la tarde del domingo pasado.

Muchos de los que caminaron cargaron pancartas con fotografías de familiares y amigos desaparecidos, otros gritaron consignas en contra de las autoridades encargadas de impartir y procurar la justicia y en contra del gobierno del Estado; enojo, impotencia y quizá alguna leve esperanza se pudo observar en los ojos de todos los participantes.

Ya se han visto marchas de ese tipo antes, ya han desfilado cientos de ciudadanos cargando las fotos de sus familiares desaparecidos en otras ocasiones, ya han hecho sentir su enojo y no ha pasado nada; la gente sigue desapareciendo como si se la tragara la tierra y las autoridades sólo demuestran, con su ineficiencia ante tales hechos, que han sido rebasadas por el problema.

Que la gente demuestre su enojo y exija lo que por derecho les corresponde, que son la justicia y la atención adecuadas, está bien, sin embargo, luego de la marcha sigue una pregunta lógica: ¿y ahora qué?

Quizá, los que han perdido el rastro de un familiar o amigo seguirán luchando calladamente como lo han hecho desde que los perdieron; tal vez, en un acto de “magnanimidad”, algún alto funcionario se dignará en recibirlos para prometerles llegar “hasta las últimas consecuencias”, o el consabido “aplicaremos todo el peso de la ley”, o el “no descansaré hasta encontrarlo”, etcétera; o, lo más seguro, aun en contra de la ineptitud de las autoridades seguirán buscando sin descanso hasta encontrarlos, aunque sea, tristemente, muertos.

Luego de la marcha, luego de la liberación de la presión social que ello significa, no debieran quedar las cosas en un simple anecdotario de la expresión del hartazgo de la sociedad, no debieran las autoridades hacer como que no pasó nada, no debiera el propio gobernador hacer oídos sordos al clamor justo de las personas que no encuentran a sus seres queridos. Y no debiera ser así porque tarde o temprano una marcha pacífica, con personas dolidas vistiendo de blanco y cargando pancartas con fotos, pudiera convertirse en una protesta violenta de gente indignada y harta, dispuesta a cosas no tan pacíficas como marchar cargando una fotografía.

Es cierto que la sociedad civil ha actuado con mucha madurez cívica, que han antepuesto la vía pacífica por sobre las protestas violentas, que han exigido con una valentía social resultados a las autoridades, pero la violencia a la que ha sido sometida la sociedad tarde o temprano tendrá que ser respondida con, precisamente, más violencia.

Ahí están las autodefensas de Michoacán, por poner un ejemplo palpable y claro; ¿cuántas veces no pidieron los michoacanos justicia?, ¿cuántas veces denunciaron las extorsiones, las violaciones, los secuestros y las desapariciones sin recibir respuesta?, ¿cuántos desparecidos, secuestrados y ejecutados, hubo antes de que la gente se tuviera que armar para defenderse porque el gobierno nunca le hizo caso?

Después de la marcha el gobernador tiene sólo dos opciones, poner verdaderamente todos sus esfuerzos en resolver el grave problema de inseguridad que existe en todo el Estado, empezando por admitirlo como un acto de honestidad valiente, y si eso significa pedir la Gendarmería, más marinos o despedir a quien no haya dado los resultados que la sociedad exige, hacerlo sin titubear o, esperar a que la gente, desesperanzada, olvide las marchas pacíficas y la civilidad y se organice para defenderse ella misma como un acto de mera y natural supervivencia.

Alejandro Hernández y Hernández

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