De Juárez y juarismos…

De Juárez y juarismos…
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Mi ciudad es, como todas las ciudades del país, un lugar que tiene dedicados espacios públicos a los grandes protagonistas de la historia del país. Y también goza de puentes vacacionales gracias a ellos.

Entre estos espacios se encuentran algunos con nombres de próceres casi desconocidos o caídos ya en el desuso propio de los héroes, cuyas obras y gracias ya no están acordes a los tiempos que corren; esto porque ahora las virtudes humanas (poco virtuosas en realidad) descansan, ya no en políticos y humanistas preclaros, sino en actores, cantantes y actrices de televisión.

De entre los que todavía son invocados por secretarios de despacho (casi siempre mandados en representación del Sr. Gobernador a inaugurar alguna obra u acto oficial), se encuentra el inconmensurable Benemérito de las Américas, Don Benito Juárez. Nombre que también ostenta el parque principal de la ciudad.

Icono del servidor público moderado y dedicado, Juárez ha transitado en la tradición patriótica como un salvador de la nación; salvador, no obstante, bastante vapuleado por la historia misma y principalmente por quienes la han escrito en su momento, y sin embargo, bastante socorrido para servir de modelo cívico y ético.

La proclividad a ser puesto como ejemplo, por parte de maestros de primaria principalmente (al menos en mis tiempos así era), empieza con su origen: indio zapoteca. Recurso que a mí me parece peyorativo más que educativo, pues la esencia del mismo sería: si un indio pudo llegar a presidente, cualquiera puede.

Y dando por sentado que el periodo presidencial de Juárez fue uno de los más difíciles de la historia, y creyendo que sus acciones para dirigir un país que en su momento tuvo tantos problemas deberían de ponderarse más al hablar de él, veo con cierto resquemor que su famosísima frase sea considerada por muchos como su acto más importante. Explicaré el porqué de esta afirmación.

Dice la máxima juarista: “…Entre la naciones como entre los individuos, el respeto al derecho ajeno es la paz.” Y ante la cual sólo se puede exclamar maravillado, ¡pues sí es cierto! Claro que el respeto al derecho ajeno tiene que ser la paz por donde quiera que se le vea, y el que no lo crea que se robe una vaca y que me cuente. Además, esa frase, se presume, es de la autoría de Emmanuel Kant aunque, oportunamente, fue tomada por el Benemérito.

Y considerando que Juárez es un personaje que va más allá de este apotegma y más allá de los que han querido fundamentar su personalidad histórica en él y no en su brillante desempeño, asiento que hay otros discursos más loables que, por exigentes y por hablar con más rigor, no se han difundido tanto como la frase que todo mundo conoce y repite sin ton ni son.

Como ejemplo de esto, que obviamente los políticos no han difundido y que no difundirán, esta aquel que dice: “No se puede gobernar a base de impulsos de una voluntad caprichosa, sino con sujeción a las leyes. No se pueden improvisar fortunas, ni entregarse al ocio y a la disipación, sino consagrarse asiduamente al trabajo, disponiéndose a vivir, en la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley les señala.” Como esta diatriba sí compromete una conciencia ética, no es tan socorrida y mucho menos practicada, lo que demuestra que los políticos, antes que una memoria patriótica, lo que exhiben es una conciencia acomodaticia. Ante esto uno quisiera que Juárez no hubiera muerto para que su presencia sirviera de ejemplo a todos ellos, aunque lo anterior sólo nos llevaría a invocar otra frase conocida acerca de Juárez y que, aparte de ser una joya del sentido común igual que aquella de “El respeto al… etcétera”, también es la letra de un danzón y que dice: “Si Juárez no hubiera muerto… todavía viviría”.

Y como disculpa a los que crean que peco de irrespetuoso, no me queda más que recurrir a otro “juarismo”, porque que en realidad este artículo, irrespetuoso o no, a la memoria de Juárez le hace, válgase la redundancia, “…lo que el viento a Juárez”.

Alejandro Hernández y Hernández
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