Las empresas imposibles

Las empresas imposibles
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Mi ciudad está llena de gente que se compromete siempre con empresas imposibles, les cuento una anécdota personal para que entiendan de qué les hablo. Ayer, desde las nueve de la mañana en que llegué a mi oficina, hasta las doce del día en que me salí a la calle, frustrado y con ganas de patear un perro —que afortunadamente no se me atravesó—, estuve tratando de instalar el programa de una impresora en mi Lap-top. Como aclaración para esos expertos que, con una sonrisilla de autosuficiencia, deben estar pensando en las mil cosas que pude haber hecho mal, les diré que seguí, a conciencia, la ortodoxia de los procedimientos computacionales, luego las instrucciones del equipo de colaboradores del señor Bill Gates —que vienen incluidas en una cosa que se llama “Asistente de Windows”—; después, las recomendaciones de un amigo, que yo creía —ahora ya no— era una “chucha cuerera” para eso de las “compus” y, por último, el recurso infalible de darle de palmaditas por un costado a los aparatos para ver si se destraban o encienden.

Tal y como dice el manual no escrito de “Las reparaciones milagrosas” primero lo hice suavemente, luego, siguiendo un cierto ritmo, o un intervalo de tiempo (como para agarrar desprevenido al aparato y lograr que en su descuido, deje su terquedad de lado y funcione) y por último, creando un protocolo entre lo que el instructivo dice y lo que no dice: se conecta o desconecta la clavija, se aprieta un botón, o varios, se espera un tiempo prudente (dos segundos) y se repite el proceso pero siguiendo aleatoriamente la secuencia… Nada funcionó.

Y si la alguna vez critiqué la irresponsabilidad colectiva de no leer los instructivos de los aparatos, hoy tengo que reconocer que hacerlo de nada ha de servir si uno de ellos se niega a funcionar como Dios, o el fabricante, mandan.

Empecemos con los que tienen partes que evidentemente se mueven —o que deberían hacerlo—; uno va y compra un taladro casero, por ejemplo, según que para ahorrase unos pesos haciendo un “librero fregón”. Se llega de la tienda (casi siempre del “súper” o de un Home Depot) con un taladro “nuevo de paquete”. Se procede a cambiarse de ropa y se pone uno algo que se parezca al overol de Pedro Infante en “Nosotros los pobres” —igualito, pero sin la musculatura—, se allega uno una cervecita, se saca el aparato de su caja, se le pone la broca, brillante y hermosa, se mete uno un puño de taquetes en la boca y con decisión se ataca la pared.

Casi siempre el taladro tiene otros planes, no produce ningún ruido y parece inerte en nuestras manos. Se procede entonces a revisar la broca, todo bien; se inspecciona el gatillo de encendido, entra y sale con facilidad; se acerca el oído para comprobar que la energía fluye —¡Ja! Cómo si se oyera— y nada.

Se revisa de nuevo. Hasta el instructivo se lee, todo parece en orden. Cuatro horas después, cuando nada parece funcionar el cuadro resulta patético: un taladro nuevo yace en el piso —en partes— y uno, en cuclillas desde un rincón, lo mira fijamente como si a base de mesmerismo se quisiera poseer su alma de metal. En un omento dado uno voltea a la pared y se da cuenta de una cosa, simple pero importantísima y al verla se exclama lo siguiente: ¡Me carga la… conecté la extensión pero no el taladro…me lleva la… ching&$%/#! En este punto se sale al patio y se patea al perro.

Y si eso pasa con lo que se mueve —o debería— con lo que no tiene evidencia dinámica es peor; uno conecta una plancha y tiene que poner la manota en ella para ver si calienta. Las malditas, invariablemente, siempre calientan.

Es forzoso en un refrigerador nuevo, a pesar de oír el zumbido del motor, meter la cabeza y echar vaho para ver si enfría; y no pocos han visto la luz al fondo del túnel en su afán de comprobar que, verdaderamente, el foco se apaga cuando la puerta se cierra.

El tubo de desagüe de cualquier fregadero es un artilugio prodigioso cuyo funcionamiento sólo entienden algunos seres iniciados, llamados: plomeros. Si uno quiere arreglar el de su casa, ha de enfrentarse a varías circunstancias (todas ellas de carácter ignominioso). Primero hay que ir, con su cara de neófito por delante, a que el dependiente de la ferretería se burle de uno.

—Mira, necesito el “dése” que va debajo de la cosa ésa, por donde se va el agua en el fregadero. Se pedirá, aparentando seguridad, al dependiente.
— ¿El “dése”, dice? Nos preguntará burlón, a su vez, un mozalbete de pelos parados.
—Bueno, no sé cómo se llama; es una pieza como mohosa y redonda que tiene rosca.
—Mmmm… se llama cespol; ¿lo quiere con junta de cuero o normal?
—Pues no sé… dámelo con junta de cuero.

En este punto el dependiente se dará la vuelta sonriendo sarcástico y regresará en diez minutos, sonriendo más sarcástico que cuando se fue y nos dirá, enfrente de cinco plomeros de carrera que esperan por material:

—Aquí está su cespol; y por cierto, cuando nuevos vienen cromaditos  y todo mundo sabe que desde 1934 no se fabrican las juntas de cuero.
Pasada esta humillación uno se va a su casa —si en el camino se encuentra a un perro, se le patea—, toma el cespol, unas pinzas que sirven para todo —casi siempre la única herramienta que se sabe usar— y se procede a meterse bajo el fregadero.

Y ahí se queda uno hasta que alguien —casi siempre un vecino extrañado de no vernos en toda la tarde— llega con el plomero y, entre los dos, nos tratan de convencer de que no poder cambiar un cespol no es el fin del mundo (eso, desde luego, ya se sabía horas antes, pero no se puede admitir, así como así que si no se sale de donde se está no es por obstinado, sino porque entumido y con las piernas muertas, no se puede ir a ninguna parte).

Estas cosas, y otras tantas más, son las que yo llamo empresas imposibles; uno sabe cómo, sabe con qué, pero nunca se logra entender por qué nunca salen bien. Sin embargo, emprenderlas de vez en cuando es lo que hace interesante la vida. Ah, y también logran que uno ande por ahí pateando perros.

(Nota aclaratoria: Durante la realización de este artículo, ningún perro, dependiente de ferretería —con todo y que el buey sí se lo merecía—, plomero y ni el propio escritor; resultaron lastimados o heridos.)

Alejandro Hernández y Hernández
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